Economía / 8 de marzo de 2016

Petróleo sin inversores

La saturación del mercado petrolero y la aparición de nuevos jugadores de la energía no convencional cambió las reglas de juego.

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Los ministros de Irán y Kuwait en un foro energético de urgencia.

El barril de crudo se revalorizó el martes 1° a ambos lados del Atlántico por segunda jornada consecutiva, en medio de las ganancias en los mercados globales. Las declaraciones del ministro ruso de Energía, Alexander Novak, respecto a que las firmas petroleras apoyaron la propuesta de mantener la producción promedio del 2016 en los niveles de enero durante una reunión con el presidente Vladimir Putin también respaldaron los actuales precios, inestables y bajos. Las imitaron los dirigentes de los Emiratos Árabes: el ministro de Energía, Suheil al Marzui, hizo un llamamiento a los socios de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y a los que no pertenecen a ella para que respalden la medida. Por el momento, los primeros países que han acordado congelar los niveles de extracción son: Catar, Arabia Saudita, Rusia y Venezuela.
En ese contexto, la leve revalorización del barril de crudo acompañó las ganancias en los mercados globales. En la Bolsa Mercantil de Nueva York (Nymex), los contratos a futuro del petróleo WTI (West Texas Intermediate) para entregar en abril subieron a 34.40 dólares el barril, su cierre más alto desde el 5 de enero. En el Intercontinental Exchange de Londres, el contrato del crudo Brent (yacimiento del Mar del Norte) para mayo cerró en 36.81 dólares, su precio de cierre más alto desde el 4 de enero.
La actual conmoción en los precios del petróleo está provocando trastornos de enorme magnitud en la la economía, las alianzas y el mercado global de los commodities. Dicen que este proceso prefigura el final de un ciclo y el comienzo de una nueva fase de mutaciones que transformará las relaciones de fuerzas a nivel internacional.
Los analistas coinciden: el detonante del fenómeno planetario fue la explotación de recursos no convencionales por parte de los Estados Unidos: el petróleo y el gas de esquistos, también conocidos por su nombre en inglés (shale), “transformaron de manera radical el mercado mundial de energía”, según la definición de Abhishek Deshpande, especialista de gas y petróleo del banco francés de negocios Natixis. Enceguecidos por los petrodólares que generaban, los países árabes no vieron llegar el tsunami que terminaría por sepultar el viejo orden petrolero. Los grandes productores, nucleados en torno de la OPEP, no imaginaron que los yacimientos no convencionales en los Estados Unidos y Canadá, rentables a partir de 65 a 80 dólares, podían llegar a poner en peligro su propio monopolio. Actualmente, con un ritmo promedio de 5,5 millones de barriles diarios, el shale oil representa la mitad de la producción petrolera total de los Estados Unidos. Gracias a ese aporte inesperado, en menos de una década, ese país, dependiente del mercado energético mundial, pasó a ser un actor mayor. Por primera vez en la historia, la primera potencia industrial del planeta -primer consumidor y primer importador- logra también el codiciado privilegio de ser el mayor productor. Su actual ritmo de extracción, estimado en 11,6 millones de barriles diarios, le permitió desplazar como primer productor a Arabia Saudita, que bombea un promedio de 11,5 millones de barriles. Accesoriamente, sus reservas de 48 billones de barriles, equivalentes a las de Libia, le acuerdan un sólido colchón de protección para hacer frente a una crisis de primera magnitud.
Nuevos jugadores y ganadores. De esa forma, los Estados Unidos cuentan con un margen estratégico de seguridad y tiene cubierta casi la mitad del consumo actual (19,3 millones de barriles diarios, según la Agencia norteamericana de Información sobre Energía (EIA). Cada barril de petróleo que dejó de importar Norteamérica a partir de la “shale revolution” se tradujo progresivamente en una erosión de la capacidad de presión que conservaba la OPEP desde la guerra del petróleo de 1973 en el monopolio energético mundial. “En el 2040, las importaciones representarán solo 4% del consumo” en Estados Unidos, según una reciente proyección de la EIA. Las empresas norteamericanas acaban de obtener incluso autorización para reanudar las exportaciones, congeladas desde 1973.
La presencia de crudo norteamericano en el mercado internacional representará una seria amenaza en materia de precios para los países de la OPEP. El retroceso de 75% que sufrió el precio del petróleo desde mediados del 2014, los arrastró al borde de la bancarrota. En Arabia Saudita, el presupuesto para 2016 prevé un déficit de 87.000 millones de dólares, después de haber cerrado el ejercicio 2015 con un resultado negativo de 97.000 millones. La mejor prueba de sus dificultades es que el gobierno se vio forzado a fin de año a aumentar el precio del combustible en más del 50%.
Las otras petro-monarquías tratan de capear el huracán con los ahorros atesorados en los años de bonanza y con el rendimiento que arrojan los fondos soberanos y las inversiones masivas realizadas en Occidente en los últimos 25 años. Venezuela está al borde de la asfixia, aunque no solo como consecuencia de la crisis petrolera, y Nigeria -primera potencia económica de Africa- está buscando desesperadamente una línea de créditos de 3.500 millones de dólares para financiar su déficit récord. Aunque no es miembro de la OPEP, Rusia también sufrió el impacto de la caída de precios, que pesaron sobre sus exportaciones de petróleo y gas. También penalizado por las sanciones económicas por su injerencia en Ucrania y la anexión de Crimea, el país terminó 2015 con un PBI negativo de -3,7%, una inflación de 16% y una caída del rublo del 30% en dos años, tres factores que precipitaron a 20 millones de rusos -15% de la población- por debajo de la línea de pobreza.

 

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