Mundo / 19 de marzo de 2016

La batalla judicial de Lula para salvar su nombre

Las multitudes en la calle ya lo condenaron, difícilmente su liderazgo resulte indemne.

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ANGUSTIA. Las lágrimas del líder del PT y flamante jefe de Gabinete de Dilma reflejan el momento que atraviesa.

El fantasma de Getulio Vargas sobrevuela Brasil. No es la primera vez que en las cercanías de Lula evocan al primer gran líder populista de Latinoamérica, para compararlo con el primer presidente obrero.
Cada vez que la Justicia y los grandes medios se abaten contra el sindicalista que llegó al Planalto, lo comparan con las embestidas que la oligarquía lanzó contra el fundador del Estado Novo, por sus reformas a favor de los desposeídos.
Cuando estalló el escándalo del “mensalao”, en los aledaños del PT apareció el recuerdo del hombre que empezó a marcar la historia desde la gobernación de Río Grande do Sul.
Comparar a Lula con Getulio Vargas implica elevarlo a la estatura de un líder que cambió la sociedad y la matriz económica del gigante sudamericano. Pero también implica mostrarlo como víctima de intrigas y conspiraciones de oligarquías dispuestas a la destrucción total de quienes la enfrentaran.
En este punto, la evocación se vuelve oscura, porque aquel líder que mezcló el corporativismo de Mussolini con la New Deal de Roosevelt, puso fin a su gobierno y a su vida en el mismo instante.
Por entonces, Río de Janeiro era la capital y la residencia presidencial había pasado del Palacio de Guanabara al Palacio Catete. Allí estaba cuando, en agosto de 1954, apoyó un revólver en su pecho y gatilló la bala que destruyó su corazón.
Cada vez que en las cercanías de Lula hacen flotar el fantasma de Getulio Vargas, se envían dos mensajes a la vez: El primero es que, una vez más, los poderosos desafiados por líderes populares, han lanzado una ofensiva total para destruirlos, hundiéndolos en el deshonor. El segundo, es que esta ofensiva para destrozar la imagen de Lula encarcelándolo, podría hacer que líder del PT, igual que Getulio Vargas, no sobreviva a la destrucción de su honor.

La comparación es errónea en muchos sentidos. El líder que marcó la primera mitad del siglo XX, además de fundar Petrobras y de empoderar a los trabajadores con sindicatos y leyes, ejerció el poder de manera autoritaria.
Aunque sin haber resuelto gran parte de las desigualdades sociales y fragilidades económicas, después de Vargas, hubo otro Estado y otra economía en Brasil. Los gobiernos posteriores, incluida la dictadura militar, mantuvieron buena parte de la realidad creada por Vargas.
Si bien sus políticas sociales tuvieron un impacto importantísimo, las reformas de Lula fueron más módicas. Sus dos presidencias mantuvieron los lineamientos macroeconómicos fijados por Fernando Henrique Cardoso, añadiéndole políticas sociales de gran magnitud cuyas velas infló el viento de cola que aportaban los precios de las materias primas.
Getulio Vargas comenzó a mostrar su talla de gobernante pacificando Rio Grande do Sul de los eternos choques entre federalistas y republicanos, pero luego, con su impronta populista, motorizó duros enfrentamientos políticos. En cambio Lula fue, fundamentalmente, un forjador de amplios acuerdos. Sus coaliciones electorales y gubernamentales incluyeron a la centro-derecha.
Lula no fue el Chávez de Brasil, sino el Felipe González del gigante sudamericano. Aunque su política exterior incluyó estrechos vínculos con gobiernos populistas, ni él ni su sucesora incurrieron en las arbitrariedades, la concentración de poder, el culto personalista y la división de la sociedad.
Fueron liberales en lo político y socialdemócratas en el manejo de la economía. Se quejaron, pero no bloquearon el accionar de la Justicia y, a diferencia del chavismo, el kirchnerismo y otros liderazgos que se inspiraron en Vladimir Putin para blindarse con un escudo mediático propio, ni Lula ni Dilma financiaron desde el Estado la creación de medios que se dedicaran a defender sus gobiernos y denostar a críticos y opositores.
Seguramente, Getulio Vargas no ordenó a su amigo y guardaespaldas Gregorio Fortunato que perpetrara el atentado contra el director del diario opositor Tribuna da Imprenta. Pero el ataque a Carlos Lacerda se hizo desde el “varguismo” y le costó la vida al militar opositor Rubens Vals.
Es posible que el líder del Estado Novo tuviera tendencias suicidas. Lo indiscutible es que la muerte de Vals, además de acrecentar su soledad política, minó su frágil voluntad de vida y, para lavar su honor, lo empujó al aposento presidencial del palacio, donde se mató después de haber escrito: “nada mas os puedo dar, a no ser mi sangre”.

Todavía no está del todo claro si el juez Sergio Moro y la fiscalía actúan con equilibrio y cuentan con pruebas realmente serias sobre la supuesta corrupción de Lula en beneficio propio. Pero las masas que se manifestaron en las calles, más la revelación de cajas de seguridad en las que el ex presidente guardaba regalos de otros mandatarios (aunque aún no está claro que no tenga derecho de quedárselos) ensombrecen su imagen.
Que la Justicia brasileña se distinga en la región y haya encarcelado a jefes políticos y poderosos empresarios, como Marcelo Odebrecht, no implica que automáticamente haya que creerle absolutamente todo. Es mejor que sus pares regionales, pero no es precisamente la justicia escandinava. Y como la acusación contra Lula coincide con la caída de la economía y el paralelo derrumbe de la popularidad del PT, todavía hay lugar para duda que el presidente obrero haya usado la corrupción en beneficio propio.
Al fin de cuentas, entre los ex mandatarios que todavía respaldan a Lula, hay figuras insospechadas de complicidades populistas, como Felipe González y Ricardo Lagos. Pero si, finalmente, las evidencias terminaran de hundir la credibilidad del líder obrero, su historia se parecerá a la de Pierre Bérégovoy, que aquel miembro fundador del Partido Socialista francés, que salió de la clase obrera y llegó a primer ministro bajo la presidencia de Mitterrand.
Humilde y digno, Bérégovoy, había sido un guerrillero maqui contra el régimen de Vichy y luego un sindicalista de la izquierda dura, pero gobernó desde la socialdemocracia moderada y el pragmatismo económico que le reclamó Mitterrand.
Su único desliz fue aceptar un crédito excesivamente barato, para cambiar la casa pobre en la que vivía por una casa más amplia, aunque ni ostentosa ni demasiado cara.
Cuando la prensa y la justicia convirtieron esa falta ética en un escándalo, aquel noble socialista no soportó la verguenza y se pegó un tiro en los bosques de Nevers.
Es evidente que en la oposición más cerril, muchos disfrutarían que Lula termine como Vargas y Beregovoy. Ojalá que la historia no les dé el gusto. Pero lo que tampoco debe hacer Lula, es seguir usando la coartada populista de victimizarse del “imperialismo que quiere encarcelar a los líderes antiimperialistas”.
La mancha del “petrolao” es demasiado grande para que, tanto Cardoso como Lula y Rousseff, afirmen no saber que la empresa estatal creada por Getulio Vargas, terminó convertida en una máquina de corromper políticos y empresarios.

 

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