Mundo / 2 de abril de 2016

Revancha Vargas Llosa

Al cumplir 80 años, el célebre escritor ve desmoronarse a los populismos latinoamericanos que fueron blanco de sus críticas.

Por

La historia parece darle la razón a Mario Vargas Llosa. En Perú, sus archi-enemigos, o bien están presos, o bien terminaron aplicando las ideas que él siempre predicó en solitario y por las que tanto lo denostaron. Mientras que, en Latinoamérica, quienes reinaron desde las antípodas de su posición, parecen estar desmoronándose inexorablemente.
En las elecciones de 1990, los peruanos prefirieron al agrónomo de origen japonés, que prometía relanzar la economía con políticas heterodoxas. En la recta final hacia las urnas, Alberto Kenyo Fujimori sobrepasó al célebre escritor, que había decidido postularse para revertir el aislamiento y la debacle económica causada por el izquierdismo adolescente del gobierno aprista.
Desde el poder, el ex rector de la Facultad de Agronomía mostró demasiado pronto su garra autoritaria y su total falta de escrúpulos, encontrando en el autor de “La ciudad y los perros” a su más férreo oponente.
Fujimori está en la cárcel y, cuando Alán García volvió a ser presidente, gobernó más cerca de las ideas de Vargas Llosa que de las que puso en práctica en su primera gestión. También Ollanta Humala, un nacionalista formado en el izquierdismo indigenista de su padre (el ideólogo del “etno-cacerismo” Isaac Humala), a llegar a la presidencia se pasó sin escalas a la vereda liberal.
Con el chavismo y todas sus variantes en franco retroceso, también la región empieza a ser políticamente más amable con el escritor que siempre se atrevió a decir lo que piensa, a pesar de que no es un pensamiento que esté bien visto en Latinoamérica.
Por el contrario, su compulsiva sinceridad política siempre lo hizo blanco de críticas y repudios; al punto que es una muletilla comenzar toda referencia a él, incluso los reconocimientos a su calidad literaria, escupiendo sobre su ideología.

L a mayoría de quienes se identifican con las izquierdas en Latinoamérica, al hablar de Vargas Llosa empiezan por aclarar que “no comparten su posición política”, para luego admitir que es un gran escritor.
Como si su posición política fuera el pecado inaceptable de un genio indiscutido de la literatura.
Nadie aclara que no comparte la adhesión a regímenes totalitarios de izquierda, como preámbulo al reconocimiento de la genialidad de García Márquez o Alejo Carpentier, por ejemplo. Nadie inicia un reconocimiento al oceánico talento de Saramago, diciendo que repudia su afiliación al Partido Comunista Portugués. Nadie repudia la oda al genocida Stalin que escribió Neruda, antes de admitir la grandeza de su poesía.
Sin embargo, en el caso de Vargas Llosa, es casi una regla del “progresismo” denostar su ideología, antes de reconocerlo como un gigante de las letras.
Hacer semejante aclaración sólo puede justificarse, en todo caso, con figuras como Heidegger. El gran filósofo alemán que escribió “Ser y tiempo” y creó la fenomenología existencial, adhirió al nazismo en sus tiempos de rector de la Universidad de Friburgo. Pero hacerlo con un liberal, lo que muestra es una suerte de patología autoritaria en la cultura política predominante en América Latina.
No obstante, la gran repercusión que ha tenido el cumpleaños número 80 de Mario Vargas Llosa, muestra que, a pesar de lo que considere políticamente correcto la autoproclamada “progresía”, el escritor peruano ha logrado ser relevante más allá de las letras.
Por cierto, se puede no estar de acuerdo con la adhesión del ganador del Nobel a pensadores de la ortodoxia económica como Frederich von Hayek, pero señalar como una aberración la adhesión clara, comprometida y sin fisuras de Vargas Llosa con el Estado de Derecho y con la “sociedad abierta” que defendía Karl Popper, es una mala señal.
Vargas Llosa fue un adversario de la dictadura de Pinochet, a pesar de que impuso la economía de mercado con Hernán Büchi como ministro. También enfrentó al fujimorismo, el régimen que aplastó a la guerrillera maoísta Sendero Luminoso y a la insurgencia marxista del MRTA, además de abrir la economía peruana a las fuerzas del mercado. Y cuando tuvo que elegir un modelo de tirano latinoamericano para describir en su novela La Fiesta del Chivo, eligió al conservador dominicano Rafael Trujillo.

No hay contradicciones entre la acción y el pensamiento de Vargas Llosa. Sólo hay coherencia, con una virtud agregada: la franqueza casi ingenua con que siempre expresa una posición erróneamente condenada por la cultura política dominante.
Podría callarse. Al fin de cuentas, igual que las novelas de García Márquez, Saramago o Carpentier, sus libros no están hechos para el consumo ideológico. Pero Mario Vargas Llosa siempre expone su visión del mundo, de la economía y de los gobiernos, porque su compromiso con la sinceridad, con lo humano y con la historia, va más allá de su conveniencia artística y personal.
Hay una suerte de conmovedora compulsividad en su compromiso con la honestidad intelectual. Por su inteligencia y su formación, debe tener en claro que algunas de sus amistades políticas no son recomendables para el mercado literario en el que se mueve. Pero el sobrino de la tía Julia siempre piensa en voz alta. Cuando hace falta y cuando no hace falta. Sencillamente, necesita desnudar su pensamiento en todos los ámbitos, sin especular con conveniencias.
Actuar así no lo convierte en un ideólogo, sino en una rara avis en un ámbito en el que, lo políticamente correcto y redituable, pasa por otras veredas políticas.
Ese compromiso con la sinceridad total, no sólo lo convirtió en blanco del aborrecimiento de la cultura política dominante. También le costó la derrota en la elección que lo tuvo como candidato presidencial.
El comité de asesores de campaña del Frente Democrático, la coalición que unía su fuerza política, el Movimiento Libertad, con los democristianos de Bedoya Reyes y los conservadores de Belaunde Terry, le recomendó cambiar el discurso, porque prometiendo los ajustes que recomienda la ortodoxia en la que cree, estaba perdiendo terreno ante la demagogia de Fujimori, candidato de Cambio 90.
La respuesta del autor de “Conversación en la Catedral” fue categórica: prefería perder, antes que ocultar su pensamiento y el plan de gobierno que proyectaba implementar.
La autoproclamada progresía latinoamericana, que antes de elogiar su literatura aclara su desdén por lo que representa políticamente, debiera al menos reconocer a Vargas Llosa ese compromiso con la franqueza y ese desprecio a la demagogia y a las poses ideológicas.
Con esa misma franqueza, rechazó el pedido que le hizo el régimen cubano de que donara a la revolución el dinero del primer premio literario importante que había ganado, aclarándole que luego le sería devuelto secretamente.
Todavía era de izquierda cuando el castrismo le propuso quedar ante el mundo como un donante desinteresado, cuando en realidad iba a recuperar el dinero donado.
Mario Vargas Llosa no respondió pensando en su imagen, por eso dijo “no”.