Opinión, Política / 1 de mayo de 2016

Habrá que pasar el invierno

Un análisis del escenario económico que viene en una Argentina muy conservadora y reacia al cambio.

Por

JamesN

Cuando asumen, todos los gobiernos quieren transformar el poder político que acaban de conseguir en pujanza económica. El de Cristina creyó que la mejor forma de hacerlo consistiría en reemplazar a la vieja oligarquía por una burguesía nacional nueva encabezada por ella misma, para entonces enseñarle al mundo que los admiradores del capitalismo liberal no entendían nada. Al darse cuenta de que su “modelo” voluntarista no serviría para mucho, la señora y sus acólitos se dedicarían a otra cosa.
Mauricio Macri es más humilde. No se imagina un revolucionario capaz de liderar una rebelión mundial contra la ortodoxia imperante. Quiere que la Argentina haga lo mismo que muchos otros países antes pobres que han sabido prosperar, pero para lograrlo tendrá que convencer a los demás de que valdrá la pena sacrificar el presente en aras del futuro.
No le será fácil. La sociedad argentina es muy conservadora. Se resiste a cambiar. A muchos les asustan las reformas que serían necesarias para que se adaptara al sistema competitivo que, desgraciadamente para quienes sienten nostalgia por las variantes del corporativismo que, décadas atrás, radicales y peronistas procuraban instalar en el país, ha resultado ser incomparablemente más eficaz. Para desarmar a los defensores de intereses creados que son incompatibles con los cambios que tienen en mente,  Macri y Alfonso Prat-Gay, el primus inter pares de los muchos economistas convocados por el gobierno, tendrán que ganar una larga batalla cultural que apenas está en sus comienzos.
Aunque nadie pide a Macri, Prat-Gay y los demás que nos regalen un plan quinquenal detallado como aquellos que encantaban a los visionarios estalinistas, muchos ya están criticándolos por su presunto fracaso comunicacional.  Dicen que  el país merecería tener un relato sencillo que serviría para que la gente sepa adonde se proponen llevarlo. Tal exigencia puede entenderse. Puesto que a pocos les gusta la incertidumbre, un relato claramente fantasioso sería mejor que nada, pero parecería que los macristas, ya aleccionados por la negativa de la inflación a comportarse como habían pronosticado, prefieren no arriesgarse. Y, como el camionero Hugo Moyano les ha recordado, previsiones aventuradas que resulten prematuras serán tomadas por promesas incumplidas.
No es que los macristas hayan optado por dejar todo en manos del mercado, esta entelequia inmanejable cuya conducta suele desconcertar a quienes creen entender cómo funciona.  Es, más bien, que son conscientes de que en cualquier momento podrían chocar contra obstáculos imprevistos que les obliguen a revisar sus cálculos, como ya sucedió al privarlos las lluvias torrenciales que están inundando amplias zonas del país de una parte del dinero que esperaba recibir del campo.
Sea como fuere, lo que ven los encargados de la economía nacional en los meses próximos es una etapa dificilísima de reordenamiento, seguida por otra más tranquila al moderarse la inflación y ponerse en marcha “el aparato productivo” y, después, una prolongada etapa brillante en que la Argentina, liberada por fin de las muchas trabas, políticas, burocráticas y mentales que han frenado su desarrollo, recupere con rapidez el terreno que comenzó a perder a inicios del siglo pasado. Parecería que, a su manera, la mayoría comprende lo que se han propuesto los macristas, pero aún no se siente totalmente convencida de que sea alcanzable, lo que no es demasiado sorprendente; no sólo los kirchneristas, sino también muchos otros creen que los únicos beneficiados por la economía del mercado son los ricos.
Fronteras afuera, las actitudes o, si se prefiere, los prejuicios, son distintos.  El esquema previsto por Macri cuenta con la aprobación entusiasta de la elite mundial, de mandatarios como Barack Obama y François Hollande, empresarios riquísimos y gurúes renombrados que tienen motivos de sobra para querer que la Argentina salga de su modorra ya casi secular para desempeñar un papel positivo en un mundo en que ya hay demasiados Estados fallidos. Pero, claro está, tales personajes no tendrán que soportar los ajustes dolorosos que serán necesarios para que el proyecto macrista resulte ser algo más que otro cuento de hadas del tipo que, con cierta frecuencia, ha terminado defraudando a quienes lo tomaban en serio.
La parte más dura le corresponderá a los muchos que, hasta nuevo aviso, tendrán que conformarse con ingresos reales más magros que los percibidos en la fase final del kirchnerato. A menos que el gobierno logre convencerlos de que está trabajando para todos, no para una minoría de privilegiados, no le será fácil llegar intacto a la segunda etapa, para no hablar de la tercera. Si bien pocos días trascurren sin que los macristas anuncien más medidas destinadas a hacer más llevaderos los ajustes para los ya atrapados en la pobreza estructural y los que corren peligro de acompañarlos, el impacto político de planes como el de “primer empleo” ha sido escaso, en parte porque las hazañas de los cazacorruptos están acaparando la atención de medios propensos a tratar bien al oficialismo y también porque los sindicatos anteponen la defensa de los derechos adquiridos de afiliados que ya tienen trabajo a los intereses de jóvenes que podrían permanecer excluidos de por vida de la economía formal.
Pero no sólo se trata del escepticismo de los francamente comprometidos con las ruinosas tradiciones socioeconómicas que tanto han perjudicado al país. A veces parece que, para Macri, el enemigo a batir es el empresariado. Con ingenuidad, suponía que lo vería como uno de los suyos y que por lo tanto los empresarios colaborarían con su proyecto aun cuando tuvieran que operar a pérdida por un rato, reduciendo los precios de sus productos, oponiéndose a los despidos y, desde luego, invirtiendo muchísima más plata en sus negocios

No se le ocurrió que, con escasas excepciones, los empresarios locales serían tan corporativistas como los sindicalistas y el grueso de los políticos. Distan de ser “neoliberales”. Casi todos son proteccionistas; desde su punto de vista, toda competencia es desleal por antonomasia. En cuanto a la idea de que debieran prepararse para conquistar mercados en el exterior como hacen sus homólogos norteamericanos, europeos, japoneses y surcoreanos, les parece poco patriótica.
Estarán en lo cierto los muchos que señalan que la Argentina posee recursos naturales y humanos suficientes como para ser un país muy próspero en que hasta los pobres disfrutarían de un grado envidiable de bienestar material, pero en nuestro mundo suponerse destinado a ser rico dista de ser una ventaja. La convicción de que el país nada en dinero y que si un gobierno no lo gasta es porque quiere hambrear al pueblo está en la raíz de sus reiterados fracasos socioeconómicos. Igualmente nefasta ha sido la convicción, formulada en una oportunidad por el sociólogo brasileño Helio Jaguaribe y repetida por Eduardo Duhalde, de que “la Argentina está inexorablemente condenada al éxito”, de suerte que no le será necesario esforzarse. Como a esta altura sabemos muy bien, ningún país tiene el éxito asegurado.

Puesto que los macristas son tan reacios como los demás a actuar como gobernantes de un país pobre en que los recursos escasean y hay que usarlos con parsimonia, y también por temor a lo que dirían políticos y sindicalistas de ideas tradicionales, ya se han comprometido a gastar más de lo que, dadas las circunstancias, podría considerarse aconsejable. Rezan para que sus admiradores norteamericanos, europeos, japoneses y, tal vez, chinos aporten el dinero que necesitarán para que no tengan que protagonizar otro desastre atribuible al optimismo excesivo. Tal estrategia no carece de riesgos. Puede que sean hipócritas aquellos populistas que les advierten que si el país se endeuda nuevamente hasta el cuello las consecuencias serían terribles, pero ello no quiere decir que se hayan equivocado.
¿Está el país por recibir el tan ansiado tsunami de inversiones productivas? Es factible. La reacción de los mercados, es decir, de una multitud variopinta de inversores con sus cuarteles generales en Nueva York y Londres, ante la salida del país del default más reciente mostró que en su opinión la Argentina es un país llamativamente promisorio. En vísperas del fin formal del aislamiento financiero, el gobierno logró vender una cantidad descomunal de bonos. Pudo haber conseguido mucho más; la oferta alcanzó casi 70 mil millones de dólares, de los que el gobierno aceptó 16,5 mil millones. Tal reacción se habrá debido menos a la fe que tienen los políticos del mundo desarrollado en Macri o el respeto que es de suponer sienten por el profesionalismo de Prat-Gay que a la falta de alternativas. Las tribulaciones del Brasil, la sensación de que otros “emergentes” en América latina, África y Asia podrían verse en apuros porque se endeudaron mucho en los años de dinero barato, y, desde luego, tasas de interés más elevadas que las habituales hoy en día, han contribuido a hacer creer que la Argentina podría resultar ser una excepción en un panorama internacional deprimente. Puede que ayude la costumbre nacional de hacer todo al revés; si la Argentina se las ingenió para depauperarse cuando docenas de países menos dotados se enriquecían, podría ponerse a crecer con rapidez cuando se frenan otros que, hasta hace poco, parecían más dinámicos. l

 

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