Personajes / 3 de junio de 2016

Gaspar Libedinsky: “Aquí la arquitectura más vanguardista se produce en la villa 31”

Artista plástico, en su última exposición explora el rol social de los trapos. Infancia malabarista, arquitectura en la villa y obra política.

Mientras la escultura de la bailarina de Jeff Koons descansa en la explanada del Malba, a algunos kilómetros, otra versión del concepto se presenta en el universo artístico. Son las “ballerinas” amarillas, esos paños multiuso para limpieza presentes en toda casa, que Gaspar Libedinsky eligió revalorizar utilizándolas para crear prendas en su muestra “Trapología”, expuesta en la galería Praxis. Aunque no sólo abarca “ballerinas”, sino también trapos de piso, franelas y repasadores, resignificado con una moldería precisa y una lectura social de su uso. Artista fuera de lo convencional, las series de Libedinsky son estudios sobre una realidad social que, de tan exhaustivas, casi podrían considerarse tesis. “Mi taller tiene una esencia renacentista, en el sentido del de Da Vinci, donde del mismo espacio podía salir La Gioconda o el invento del helicóptero. Me interesa producir obra de relevancia para las discusiones culturales de nuestro tiempo, pero no me interesa rotularla, eso lo hará luego el mercado”, sostiene.
Noticias: ¿Le molesta ese rótulo que llega después?
Gaspar Libedinsky: No, me parece necesario, no quiero que sea parte del proceso. Mi obra se centra en una observación directa de Buenos Aires, pero de una manera perimetral. Me interesan los sistemas que hacen a Buenos Aires y especialmente los informales que logran institucionalizarse. Uno de ellos son los trapitos: me fascina cómo lograron generar una identidad urbana a partir de una máxima economía de recursos, porque sólo el trapito en mano los hace trapitos. La obra “Vitraux” nació a partir de que durante ocho meses, cada vez que estacionaba y un trapito me pedía dinero, yo le pedía comprarle el trapito. Hice 74 transacciones y cuando pude completar un tapiz de 5 metros por 2,50, que es el espacio de un parking, terminé el proceso. La muestra se llama “Trapología” y su subtítulo es “Del tejido social a la fibra textil” porque lo doméstico pasa a operar como una cuestión urbana.
Noticias: Es casi una tesis sociológica.
Libedinsky: Sí. Siempre hay una intención de volverse el máximo especialista del tema. Por eso toda obra está indeterminada: una obra futura va a seguir informando de una pasada. Pero es importante que la primera reacción sea una emoción primaria y sea accesible a todos los públicos. A la vez, tiene muchísimas capas de información que se develan a través de escritos, entrevistas y otros trabajos. Así, toda la obra es obra política, aunque esa lectura no sea la primera.
Noticias: ¿Cuál es su lectura política en esta serie?
Libedinsky: Mi obra entra dentro del arte pobre; está vinculado en términos de historia argentina al trabajo de Berni y a esos artistas que miran la situación socioeconómica y generan repercusiones. Pero el artista no es un opinador. Lo define llegar antes que los demás. Si llegás después, no sos un artista contemporáneo. No hago el debate de trapitos sí o no. Genero una belleza y un encuentro con aquellos sistemas que decodifico.
Noticias: ¿Cuál es entonces el rol del artista?
Libedinsky: Lo opuesto al opinador. Descreo del artista como provocador, esas ideas son viejas. En otro momento creía que ser artista te permite hacer cualquier cosa, pero hoy creo lo contrario: te pone en un lugar de altísimo compromiso, al mismo nivel que un alto funcionario de la administración pública. Toda obra tiene que ser comprometida porque es la búsqueda de la verdad.
Para llegar a esta búsqueda y creación aceitada, el camino de Gaspar no fue tan lineal. Antes de ser artista, fue arquitecto. Comenzó a estudiar en la UBA, pero desencantado con la cultura argentina de los ’90, el cruce en una fiesta con un historiador de arquitectura holandés que conocía al reconocido arquitecto Rem Koolhaas lo hizo considerar trabajar en dicho estudio, en los Países Bajos. Cuando debió enviar un portfolio de sus trabajos, optó por mandar uno de sus labores de malabarista. La originalidad surtió efecto y lo llamaron para un puesto por un año. Al fin de este, aprovechó las recomendaciones de ese trabajo para lograr una beca en la Architectural Association de Londres, donde sí estudió con ganas y grandes resultados. Tanto, que en tercer año, cuando pensaba abandonar y quedarse con el título intermedio, ganó el mayor galardón para estudiantes de arquitectura de nivel medio y se hizo acreedor de una beca total. “Ahí decidí terminar la carrera, pero nunca tuve la intención de ser arquitecto, quería estar rodeado de mentes brillantes”, revela. Lo logró antes y después: tras recibirse trabajó en la firma Diller Scofidio + Renfro, en Nueva York, donde fue jefe de diseño del célebre parque elevado High Line.
Noticias: Abandonó la arquitectura luego de High Line. ¿Por qué?
Libedinsky: A mi regreso a la Argentina, después de doce años de estar en Holanda, Londres, Barcelona y Nueva York en distintos estudios, me encontré con una realidad en torno a la arquitectura distinta de la que pertenezco. Aquí la arquitectura más vanguardista se produce en la villa 31. No se produce a través de los arquitectos. La Argentina está fuera del mapa de relevancia de la producción pictórica. En cambio, Chile o Colombia han logrado generar una nueva camada de arquitectos relevantes.
Noticias: ¿A qué se refiere con relevante?
Libedinsky: En ciudades como Medellín y Bogotá se usa la arquitectura como herramienta fundamental para generar tejido social. En Colombia se logró cerrar la grieta del tejido social y la trama urbana generando un puente entre secciones de la ciudad más y menos privilegiadas en lo socioeconómico. Todos los años cambio de lugar mi taller y el espacio en el que lo pongo es en sí una declaración. En su momento lo tuve a las puertas de la villa 31 e hice una muestra llamada “Declaración de principios”, logrando que 300 personas pasaran por la zona, haciendo en una microescala lo que deberían hacer los gobiernos. Eso se está haciendo en Colombia: usando la arquitectura de relevancia como condensador social. Y hay muchísimo empuje desde lo público para que suceda.
Noticias: ¿Por qué regresó al país?
Libedinsky: Por cuestiones de fuerza mayor. De hecho, preferiría no vivir en la Argentina.
Noticias: Pero todo lo que hace está muy ligado al estudio de la cotidianidad argentina. ¿Cómo podría seguir haciéndolo sin vivir aquí?
Libedinsky: Mi serie “Productos Caseros”, acerca de la cárcel de Caseros, jamás fue exhibida en la Argentina y sí en Denver, Colorado. Perfectamente se puede hacer porque hay una lejanía que da perspectiva. De hecho, acá controlo los filtros de mi relación con el entorno. Por eso no tengo TV, vivo en un departamento sin vecinos y entre oficinas. Controlo la interacción que tengo con el medio argentino porque me parece importante no estar empapado del mismo.
Noticias: ¿Cómo es el proceso de venta con esta obra tan distinta?
Libedinsky: Mi obra tiene mucho mayor peso en el circuito cultural que en el comercial del arte. Especialmente en la Argentina, donde el circuito comercial es chico y está centrado en el arte decorativo de pared. Pero a la vez, por ejemplo, fui elegido entre algunos de los artistas más relevantes de la Argentina para diseñar la botella de Absolut de Buenos Aires. Entonces, aunque mi obra no es la clásica de venta, genera repercusiones comerciales de otro tipo. Y parte de lo que le entusiasmó a Absolut para elegirme fue esa dificultad de clasificación.
Noticias: ¿En qué se inspiró para hacer la botella?
Libedinsky: En el 2009 hice un proyecto para que la gente pueda acceder al Obelisco porteño, un ícono que no fue diseñado para tal fin. La fortaleza radica en estar en el Obelisco, no sólo en mirarlo. A la vez, me parecía importante no iconizar Buenos Aires porque creo que es ineficaz publicitándose porque es una ciudad generada por la impronta de su gente, en lugar de una mirada más oficial. Entonces en vez de mostrar los íconos de Buenos Aires, me pareció interesante tomar mi idea de proyecto anterior y hacer que el Obelisco pase a ser la botella y ver la ciudad desde esa mirada. La intención también fue diferenciarse de las otras botellas, quise que sea  arquitectónica en lugar de fotográfica o de graffiti. También quería que tuviera una experiencia larga, que fuera una situación inmersiva. Y la gráfica es tan texturada que hasta a nivel físico se vuelve una relación fetiche, en la que vas leyendo con los dedos.
Noticias: ¿Le costó mucho vivir de su arte?
Libedinsky: Sí. De hecho trabajo a veces como creativo publicitario anónimo para las grandes multinacionales que operan en Buenos Aires. Es una situación normal, hasta Andy Warhol lo hacía. No trabajo para la publicidad clásica, sino la que busca repercusión espacial y piensa nuevos formatos para el entorno urbano.
Noticias: Es también malabarista. ¿Cómo llegó a hacer malabares?
Libedinsky: De chico veraneaba en Uruguay y en Gorlero había un artista callejero que bailaba breakdance. Me fascinaba cómo lograba una conexión con ciertas personas, que a diferencia de un teatro no son público cautivo. Y no depende de con cuántas pelotas hagas malabares, sino que lográs una plasticola invisible que hace que esas personas se queden viéndote. Así que a los trece años tenía mi show en Plaza Francia; fui el primero en hacer malabares en plazas y semáforos. Hoy sigo siendo malabarista, pero no tan bueno como antes.
Noticias: ¿Qué más disfruta hacer cuando no está creando?
Libedinsky: Cuido a mi hija. Básicamente sólo trabajo y la cuido a Catalina, que va a cumplir dos años. Admito ser absolutamente workaholic: mi vida está centrada en el trabajo y en ella.

 

Vicky Guazzone di Passalacqua
@misskarma

 

Fotos: Juan Ferrari

Producción: Patricia Mogni

 

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