Mundo / 5 de junio de 2016

Brasil en crisis: cae la máscara de Temer

A medida que salen a luz las pruebas de que el impeachment busca detener ofensiva anticorrupción, crece la posibilidad de elecciones adelantadas.

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Temer. El presidente interino de Brasil en su intento por afianzarse en el poder.
Temer. El presidente interino de Brasil en su intento por afianzarse en el poder.

Además de dar el primer impulso al surrealismo y al teatro del absurdo, Alfred Jarry fue un lúcido denunciador de las vilezas, mediocridades y corrupciones del poder. Su obra teatral Ubú Rey, es una muestra decimonónica de que el grotesco es uno de los mejores lápices para dibujar las bajezas de las dirigencias. Y lo que está ocurriendo en Brasil parece surgido de la delirante lucidez de aquel escritor francés.

Como en una película de los Monty Python, el gobierno interino de Michel Temer empezó a descascararse al dar los primeros pasos. Salió al escenario mal maquillado de honesto y serio, pero de inmediato el maquillaje empezó a mutar en payasesco. El verdadero rostro de la ofensiva legislativa para sacar a Dilma Rousseff quedó a la vista demasiado pronto.

Como lo había planteado esta columna, la causa real por la cual se acorraló a la presidenta contra el impeachment, no es la que se alegó en la acusación. Tampoco la que plantea la teoría victimizadora que esgrimió el PT y la propia Dilma. No se trata de un golpe de los grandes capitales concentrados para sacar del poder a un gobierno izquierdista. Primero, porque era una alianza gubernamental que iba desde la centro-izquierda hasta la derecha y, segundo, porque la política económica de ese gobierno, con el ortodoxo Joaquim Levy como ministro de Hacienda, tenía poco y nada de izquierdismo.

Contra la presidenta embistió una clase dirigente corrompida que convulsionaba en un histérico sálvese quien pueda. Parte de esas dirigencias partidarias se confabularon en el Congreso, para sacar una jefa de Estado que no detenía la ofensiva judicial contra la corrupción.

El objetivo era reemplazar al gobierno por otro que le cortara el paso a jueces como Sergio Moro (el Antonio Di Pietro de Curitiba) y enterrara definitivamente la versión brasileña de lo que en Italia llamaron “mani pulite”: la operación Lava Jato.

El gobierno interino que encabeza Temer nació con una opaca legitimidad y, en un puñado de días, se oscureció casi totalmente.

Grabaciones difundidas por el diario Folha de São Paulo hicieron más visible lo que ya era evidente: una dirigencia política manchada por la corrupción y acorralada por los jueces, perpetró en defensa propia el linchamiento institucional de una presidenta.

Romero Jucá todavía no había terminado de acomodarse en su confortable despacho de ministro de Planificación, cuando los brasileños, estupefactos, escucharon su voz en una conversación telefónica en la que decía a su interlocutor que era necesario sacar del gobierno a Rousseff, porque ella no estaba haciendo nada para poner frenos a la operación Lava Jato y, si esta ofensiva judicial continuara, buena parte de la dirigencia y de los legisladores del PMDB, el PSDB y otras fuerzas políticas, incluido el propio PT, terminaría en prisión junto a Marcelo Odebrecht y otros poderosos empresarios barridos por la ola anticorrupción que desató el “petrolão”.

Sólo dos días después trascendía otra conversación telefónica reveladora. Nada menos que el titular del Senado, Renán Calheiros, o sea el legislador que le bajó el pulgar a Dilma en la cámara alta, explicaba la urgencia de acordar en el Congreso la abolición del instrumento legal que aquí llamamos ley del arrepentido y en Brasil, de una manera más franca, llaman “ley de delación premiada”.

El poderoso dirigente del PMDB afirmaba en ese diálogo telefónico, que la delación premiada es el arma con que la Justicia va a diezmar a la clase política, si esta no hace algo para detenerla.

Efectivamente, el arma de destrucción masiva que están usando los jueces es el uso de “arrepentidos”. Reduciendo penas y sanciones a quienes delatan a otros implicados en el esquema de sobornos más grande de la historia brasileña, la Justicia provocó un efecto dominó por cual cada corrupto que cae voltea, a su vez, a otros corruptos, en una cadena que podría dejar muy poco en pie.

En términos similares se expresaba Fabiano Silveira, en otra grabación telefónica que también salió a la luz pública. Y Fabiano Silveira era nada menos que el ministro de Transparencia, Fiscalización y Control.

Parece una broma, pero es la grotesca realidad de un gobierno que se supone consecuencia de las incorrecciones y faltas de la mandataria suspendida, pero en realidad es la guarida donde una dirigencia corrupta quiere ponerse a salvo de los jueces.

La efectividad de la “delación premiada” tiene como mejor prueba las grabaciones que le hicieron perder a Temer dos ministros. Jucá y Silveira no fueron grabados por agentes de inteligencia, sino por el interlocutor que tenían del otro lado de la línea. Y ese interlocutor era Sergio Machado, ex titular de una empresa subsidiaria de Petrobras que grababa sus conversaciones telefónicas sobre el Lava Jato, precisamente, para tener material que le permitiera negociar con los jueces el día que le cayeran encima.

De tal modo, la realidad está demostrando, a gran escala, lo que demostró, a escala individual, la actitud de Eduardo Cunha. El anterior titular de la Cámara de Diputados dio el puntapié inicial en el impeachment, cuando Dilma se negó a pedir a los miembros petistas del Comité de Ética que frenaran una investigación contra él.

A renglón seguido de habilitar el proceso contra la presidenta, Cunha fue destituido por la Corte Suprema de Justicia, por las evidencias que hay en su contra. Luego cayó Calheiros, dueño del segundo pulgar que le bajaron a Rousseff. Sin embargo, siendo evidente la confabulación de los corruptos, el mismo Congreso que rechazó todas las leyes que enviaron Dilma y su ministro Levy para corregir el déficit que ella misma había creado sobre el final de su primer mandato, le aprobó a Michel Temer y su descascarado gobierno interino, la ampliación del déficit para que pueda sostenerse.

Era lo que faltaba para dejar en claro que los verdugos de Dilma Rousseff, no tienen autoridad moral para acusarla y sólo quieren ponerse a salvo del efecto dominó que provoca el Lava Jato. De tal modo, si el gobierno continúa descascarándose tan patéticamente, crecerá la posibilidad de que la mandataria suspendida sea repuesta en el cargo.

Es una idea impulsada por Lula da Silva que, mientras más vilezas muestra el gobierno que encabeza Michel Temer, más adeptos consigue en los partidos y en la prensa, incluidos diarios que como el Estado de São Paulo habían propiciado el juicio político.

Por causa de su responsabilidad en la crisis económica, y por la licuación total de su liderazgo, Dilma reasumiría sólo para convocar de inmediato a elecciones presidenciales adelantadas. De ese modo, Brasil podría salir de su laberinto de la única manera posible, según Leopoldo Marechal: por arriba.

 

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