Mundo / 22 de junio de 2016

Cuba (más) libre

Las marcas internacionales de lujo exhiben allí sus productos. La presentación de Audi, el desfile de Chanel y los cruceros alta gama.

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Bienvenida. Un cubano recibe al crucero Adonia que llegó de Estados Unidos.
Bienvenida. Un cubano recibe al crucero Adonia que llegó de Estados Unidos.

Una camioneta Audi roja, que aún no salió a la venta, pasea por las calles de La Habana. Allí, donde los autos llevan en promedio entre tres y seis décadas funcionando, ver un modelo futurista es más que una novedad. Es la evidencia de que algo está cambiando.

Cuba está de moda para las compañías de lujo. Será el contraste con el estilo de vida de la isla, o el morbo de mostrar su producto en un país que durante décadas estuvo vedado. Alguna razón tendrá la marca de autos alemanes de alta gama para presentar en ese lugar del mundo su nueva camioneta, que saldrá a la venta en 2017.

Pero Audi no está sola en esta cruzada: hasta Cuba también llegaron los desfiles de moda y los cruceros más grandes del mundo. Por las calles de La Habana se pasean estrellas de Hollywood, los visita Barack Obama y hacen un recital gratuito los Rolling Stones. La “inclusión” camina a paso firme.

Excentricidades. El Paseo del Prado es una de las avenidas más importantes de La Habana Vieja, restaurada a principios del siglo XX, cuando se le sembraron árboles y se colocaron bancos de mármol. Pero hace algunos años atrás era imposible pensar en que esa calle sería el escenario elegido por Chanel para presentar en América su nueva colección, a principios de mayo.

En 150 autos antiguos y coloridos, típicos de Cuba, llegaron las modelos que desfilaron por el centro de la avenida, especialmente iluminada para la ocasión, ante la atenta mirada del diseñador alemán Karl Lagerfeld, a cargo de Chanel.

El público también fue selecto: el actor estadounidense Vin Diesel y la actriz Geraldine Chaplin, la supermodelo brasileña Gisele Bündchen y la hija del presidente Raúl Castro, Mariel, entre otros. Y contó con el debut internacional de un modelo de la isla: el nieto de Fidel Castro, Tony, de 17 años. Por supuesto que los cubanos no pudieron entrar al desfile: la inclusión tiene su precio. Por lo que, para observar ese acontecimiento histórico, se agolparon en los balcones de los edificios linderos al Paseo y espiaron entre la copa de los árboles lo que sucedía.

También a principios de mayo, la rutina cubana se vio sacudida por el crucero Adonia de la compañía Carnival, la más grande del mundo en el rubro. El viaje era más que especial, porque unía por primera vez, en más de cinco décadas de bloqueo, las costas de Estados Unidos y Cuba. Sus casi 600 pasajeros, cámara de fotos en mano, vieron desde la cubierta del barco como cientos de cubanos los recibían.

El arribo de los cruceros significa, además de una cuestión histórica, una oportunidad económica insuperable: según las cifras oficiales esperan recibir más de mil escalas de estos buques en el año, con 1.200.000 cruceristas, lo que generaría un ingreso de unos 139 millones de dólares.

Eso sí, los estadounidenses que viajen a La Habana (el crucero hace ese recorrido cada 15 días) oficialmente aún no son contabilizados como “turistas”. “Mientras el Congreso de Estados Unidos no levante la prohibición de viajar libremente a Cuba -una de las trabas más controversiales del bloqueo-, podrán arribar desde el supuesto de ‘intercambio cultural, artístico, religioso o humanitario’. Pero no como turistas”, señaló un periódico de La Habana.

El 10 de junio, seis aerolíneas estadounidenses recibieron la autorización para operar vuelos regulares a la isla. En los próximos meses, habrá hasta 90 viajes diarios que unan por aire ambos destinos, de cinco ciudades norteamericanas (Miami, Fort Lauderdale, Chicago, Minneapolis y Filadelfia) a nueve aeropuertos en Cuba (Camagüey, Cayo Coco, Cayo Largo, Cienfuegos, Holguín, Manzanillo, Matanzas, Santa Clara y Santiago de Cuba).

Cambio cultural. “Sabemos que antes hubiese sido imposible escuchar nuestra música aquí. Pero acá estamos, tocando para ustedes. Definitivamente los tiempos están cambiando”, gritó eufórico Mick Jagger, líder de los Rolling Stones, frente a 400.000 cubanos. Era fines de marzo, y la noticia del multitudinario concierto recorrió el mundo.

Apenas unos días antes del show el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, estuvo en Cuba para mostrar “un primer paso en la nueva relación de los países”, como manifestó en la capital. Habían pasado 88 años desde la última vez que un presidente norteamericano había estado en la Isla. La apertura de las embajadas y las flexibilizaciones para hacer negocios y viajar fueron algunas muestras del camino tomado.

Con esta apertura al mundo, los cubanos ven llegar a las marcas de lujo a mostrar sus productos allí. Pero siguen tan lejos de poder consumirlos como siempre. Ahora observan autos de Audi, vestidos de Chanel y cruceros de primera clase, pero no pueden acceder a ellos. La inclusión, claro, tiene sus propias incoherencias.

 

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