Personajes / 23 de junio de 2016

Arturo Puig: “Selva es centrada, el loco soy yo”

Como actor y director, su nombre copa las marquesinas de la avenida Corrientes. Condición de galán y ficción extranjera.

Arturo Puig se echa el cabello hacia atrás con la mano derecha, en un gesto que si alguna vez fue estudiado, hoy ya es natural. “Tengo un poco menos, la verdad”, acepta y ríe con ganas. “En las novelas de Migré te hacían los planos donde mejor fotografiabas. En mi caso, un plano a los ojos celestes. De los defectos, Migré hacía virtudes. Yo tenía la costumbre de hacerme así en el pelo, entonces él puso en el libro que cada vez que hacía así, las actrices suspiraban. Un día, durante una presentación en un teatro, hice así y todo el público hizo ‘Aaaahh’… ¿Qué pasó? ¿Qué hice?”.
A los 71 años, Puig integra la lista de actores argentinos considerados canónicos, dueño de una extensa trayectoria que va desde sus primeros palotes como joven buen mozo de telenovelas en blanco y negro, pasando por el éxito –aún imbatido en la pantalla chica– de “¡Grande, Pa!”, todo coronado por una carrera teatral plagada de reconocimientos, sobre el escenario y también, desde hace un par de años, como director. Pero el jopo raleado, la mirada clara y los dientes que relucen siguen ahí, y obligan a preguntarse hasta cuándo puede uno asumir que lo llamen galán.
Arturo Puig: Qué sé yo. Hubo una época en que la palabra galán, para el medio, estaba muy denostada. Galán, galancito, galancete, te mataban con eso. En realidad, no fui galancito como Ricardo (Darín), (Raúl) Taibo o Carlín (Calvo), ya era un poquito más grande. Galán, en el diccionario, es el personaje romántico de una obra de teatro. Los galanes han ido mutando. Primero los hubo muy apuestos, como Rodolfo Valentino o Tyrone Power, pero después aparecieron actores como Belmondo o Pacino, ¡mi hija muere por ese petiso! Claro, estaba Delon, casi perfecto. Nunca me consideré un tipo lindo, pero en un momento dejé de rechazar la palabra galán, no me parecía algo despreciativo. Es un término teatral. En las antiguas compañías estaban el primer actor, la damita joven…
Noticias: Y el galán maduro.
Puig: Hoy vendría a ser ése, ja, ja. En fin, el mote de galán te lo pone el público. Y depende de lo que hagas, de tu trayectoria.
Su nombre se multiplica en las marquesinas de la avenida Corrientes. En el Metropolitan Citi protagoniza, junto a Guillermo Francella y Jorge Marrale, “Nuestras mujeres”, la comedia de Éric Assous que fue suceso en París y que también llegó a los cines argentinos. Cincuenta metros más allá, en el Multiteatro, Puig dirige “Le prenom”, y enfrente, en el Lola Membrives, “El quilombero”, luego de los éxitos de “Lluvia de plata” y “Piel de Judas”, que marcó el regreso a la escena de Susana Giménez.
Noticias: ¿Esperaba este momento?
Puig: No, la verdad que no. Y se debe en parte a mi amistad de muchos años con Gustavo Yankelevich, que me propuso dirigir “Le prenóm”. Siempre había tenido ganas de dirigir, de hecho en todas las obras en las que actué tuve mucho intercambio con los directores. Y se dio. Empezamos con “Le prenom”, que fue bárbaro, el trabajo con Susana fue genial y entonces apareció esta obra. Había pensado hacer este personaje. Es el que, en esa primera escena, desencadena todo… pero no podemos decir qué.
Noticias: Digamos nomás que ha hecho algo terrible.
Puig: Y ahí está el carozo de la obra: qué pasa si un amigo de toda la vida viene y te cuenta que se mandó una cagada muy grande, que llegó a una situación límite. ¿Qué hacés? Eso es lo que se plantean los personajes de Guillermo y Jorge. Uno primero prefiere negar la situación; el otro reacciona, digamos, de un modo más realista. Es una obra que interpela la moralidad y, desde luego, los límites de la amistad porque ese hecho detona todo lo que estaba guardado desde hacía mucho tiempo entre estos tres amigos. Suele pasar. Las amistades duraderas se edifican sobre las cosas dichas y las no dichas. De pronto tenés un amigo de hace muchos años y a lo mejor no le decís lo que sentís, por no ofenderlo, por no romper la amistad.
Noticias: ¿Le ha pasado?
Puig: Bueno, no de este modo tan tremendo, pero sí, tenemos en nuestro grupo de amigos uno que no se ha casado, un solitario, y que de pronto es muy hincha. Cuesta dialogar, siempre habla él, y con otro amigo nos hemos planteado: “A ver, pará un cachito”. ¿Por qué no grabamos una de estas charlas y se la pasamos? Un día, charlando en un ensayo con Javier Daulte, el director, que también es terapeuta, le comenté de Fulano, y me dijo: “Arturo, no es muy conveniente eso, ¿a vos te molesta tanto?”. “No, a veces me hincha un poco las pelotas”. “Entonces no –me dice–, ese es el modo en que él se conecta con ustedes, lo vas a lastimar”.
Noticias: ¿Cómo se llevan con Guillermo Francella y Jorge Marrale, como amigos de toda la vida o recién conociéndose?
Puig: Bien, una vez por semana vamos a comer después de la función. Hablamos un poco de todo. Hay un tema bastante duro para Guillermo, que es muy futbolero, y ni Jorge ni yo tenemos la menor idea, y él se frustra mucho. El centro de nuestras conversaciones es el cine: películas, directores, estilos. La otra vez estuvimos toda la noche comentando un documental sobre Marlon Brando. En general, nos gustan los mismos actores: (Marcello) Mastroianni, (Alberto) Sordi, toda esa camada del neorrealismo italiano.
Su bisabuelo trajo desde Barcelona la primera utilería que hubo en el país, que acompañó la época de oro del cine argentino. En su casa del Bajo Belgrano, el barrio en el que aún vive, el Arturo niño ya vislumbraba, entre los falsos oropeles y las espadas de palo, su vocación de actor. Terminó de decidirse una tarde en el antiguo teatro Lassalle, que había comprado su papá “en la calle Cangallo, ahora Perón”. “A mí me encantaba meterme por recovecos del escenario, ver las obras desde arriba del puente. Un día, durante un ensayo de “Panorama desde el puente”, que dirigía Pedro López Lagar, estaba en la platea, mirando, con los actores que hacían de vecinos. Nos dijo: ‘Suban que les marco la escena’. Subí, actué y esa adrenalina de estar sobre el escenario me conmovió”.
Puig: Empecé haciendo papeles muy chiquitos. Entrar en la televisión me costó muchísimo, tenía veintipico de años cuando hice un coprotagónico más o menos bueno.
Noticias: ¿Cuánto cambió la manera de hacer televisión?
Puig: El HD, las modernas cámaras, el sonido, la luz, todo eso ha mejorado la televisión de una manera extraordinaria; ahora las tiras pueden hacerse en escenarios reales. Pero eso también retrasa la producción. Antes se hacía un capítulo por día, hoy es imposible. Entonces la ficción es cara. Por eso ahora hay menos ficción nacional, pocos unitarios. Además, están pasando cosas extrañas. Mirá si ibas a ver a un productor y le decías: “Tengo una idea bárbara para una tira”. “¿Sí, cuál?” “Los diez mandamientos”. No llegás ni a decirlo. Pero es un éxito. A mí me preocupa eso, que el público se habitúe a escuchar a artistas turcos o brasileños doblados. Pero bueno, ellos respetaron algo que nosotros dejamos de hacer, que es el género del teleteatro, que es muy básico: la venganza, el rico y la pobre, el pobre y la rica.
Noticias: Y se acabó el suspenso. ¿Cómo se lleva con las “escenas del próximo capítulo”?
Puig: ¡Eso no existía! Terminaba y la gente se volvía loca esperando qué iba a pasar ¡dentro de una semana!
Llama Selva. Arturo contesta, amoroso. Llevan más de cuarenta años juntos, “Más o menos, no tenemos una fecha fija, nos conocimos en el ’74 o ’75, por ahí”. Para el público, para los medios, Arturo Puig y Selva Alemán siempre han sido la pareja ideal. “Pero tuvimos nuestras crisis, no sabés cuántas. Y sí, es pesado cargar con esa aura de matrimonio perfecto. Hemos compartido los momentos buenos y los malos, pero nos seguimos eligiendo. Y ella es una mujer bella, inteligente, centrada. El loco soy yo”. Puig tiene dos hijos de un matrimonio anterior. Selva no pudo y les quedó esa deuda pendiente. “En algún momento pensamos en adoptar, tuvimos una oportunidad pero sospechamos que algo no estaba bien, en tiempos de la dictadura, y nos dio mucho miedo. Ahora ya estamos grandes”. Puig mantiene su figura, y se cuida, sobre todo, las rodillas. Tony, su personaje en “Nuestras mujeres”, se desploma en escena. “Aunque parezca mentira, el teatro me destrozó la rodilla. En “Panorama desde el puente”, caía muerto todas las noches y me la daba en el mismo lugar. Y en “¿Quien le teme a Virginia Woolf?” también, paf. Así que esta vez dije no, me pongo dos rodilleras y me tiro más despacito”.
Noticias: Su carrera teatral se consolidó después de “¡Grande, Pa!”. ¿Es cierto que durante años se negó a que se repusieran los capítulos de la tira?
Puig: Es que aquello fue tan fuerte que, cuando terminó el ciclo, estuve casi tres años sin trabajar. Lo único que me ofrecían eran cosas parecidas. Entonces hice “Cristales rotos”, de Arthur Miller. El público esperaba a la salida, mucho elogio, “Qué bien estuviste”, hasta que aparecía uno y decía: “¡Grande, Pa!”. Necesitaba sacarme ese personaje de encima. Con los años comprendí lo que significó ese programa para mucha gente. Lo veía todo el mundo, llegó a 62 puntos de rating, un delirio. Pasó algo medio mágico con ese programa: padres, chicos, abuelos, de izquierda, de derecha, todos pegados al televisor.
Noticias: ¿En el final de cada capítulo, con las “chancles”, movía la cabeza porque quería o lo obligaban?
Puig: Ja, ja, no, ese era Gustavo. Parece que en una escena hice un gesto así y él lo metía en las promociones, todo el tiempo. Le decía: “¡Por favor, no pongas eso!”, y él: “Hacelo, es lo que le gusta a la gente”. En una oportunidad tuvimos una pelea tremenda: jugaba o boxeaba no sé quién, justo a esa hora, un evento deportivo importante, y viene y me dice: “Hay que matar a la perra”. “¡Nooo, ¿cómo vas a matar a la perra, vos estás loco? Es un personaje más, los chicos la adoran a la perrita”. Que además era extraordinaria, donde la ponías se quedaba, un muñequito. Discutí, me peleé y al final… la mataron. Y llegaron miles de cartas, los chicos lloraban… ¡pero tuvimos un rating!

 

Pablo Taranto

 

Fotos: Juan Ferrari

 

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