Economía / 9 de julio de 2016

¿Cambia la tendencia macroeconómica?

En el Gobierno sueñan con acertar las nuevas proyecciones macroeconómicas.

El dólar arriba de los 16 pesos (en el mercado de futuros cotiza a 16,86 el último día del año). La inflación baja del 2,2% de julio al 1,7% mensual en diciembre. Las tasas de interés acompañarían: descenderán del 29% al 25% anual. Tres problemas cruciales de la economía -el atraso cambiario, la indexación de los precios y el alto costo del crédito- parecieran empezar a dar señales de cierta normalización para fin de año. O mejor dicho: se insinúa un cambio de tendencia en las proyecciones de los funcionarios. Son las pequeñas grandes batallas que libra el Gobierno con suerte diversa aunque no podrán ocultar una contracción anualizada del PBI de -1,4% y un encarecimiento del costo de vida del 40% anual. Definitivamente, este año será recesivo e inflacionario. Herencia y cosecha propia. El poder adquisitivo salarial perdió no menos de 10 puntos porcentuales y los próximos aumentos paritarios, que promedian el 32% -aunque pagaderos en cuotas-, no alcanzarán a compensar el deteriorado consumo familiar. La inercia inflacionaria tiene un efecto letal en el tiempo: precisa un viraje brusco que la lleve a otro destino.
“Las expectativas de mercado respecto a la inflación nacional reflejan una trayectoria interanual descendente -marca, sin embargo, un informe del Banco Central-. Para junio de 2017, la inflación anual esperada es 21,5% anual y promediaría 18,5% a fines del año que viene. Para junio de 2018, se proyecta una variación anual inferior al 16%”. El nuevo horizonte macro recoge el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM), cuyos resultados surgen de las opiniones de 25 consultoras, 12 bancos y 9 analistas extranjeros levantadas entre el 28 y el 30 de junio. En base a esos datos, previsiblemente, el BCRA valoró que el mercado prevea un progresivo descenso de la inflación que promediaría el 22,5% anual en los próximos doce meses. A la vez que proyecte un cambio de tendencia del actual entorno recesivo: si bien se espera que la economía cierre el año con una contracción del 1,4% interanual -tras caer el PBI otro 2% negativo en el actual trimestre de julio a septiembre-, la expectativa es crecer el año que viene un promedio del 3%. Los funcionarios sueñan con ese “rebote”. Entienden que sería un premio merecido al “trabajo sucio” del que habló Alfonso Prat-Gay para referirse a la devaluación, la aceleración inflacionaria y los tarifazos del primer semestre en el poder. Se sienten acompañados por el “mercado”, aunque no tanto por el “establishment” de empresarios de carne y hueso. El cambio de expectativas llegaría así a tiempo de la próxima campaña electoral hacia las parlamentarias del 2017. En ese tránsito, el oficialismo enfrentará su mayor desafío: evitar que las tensiones sociales derivadas de un ajuste desigual terminen alimentando una estrategia opositora de “desestabilización”. La provincia de Buenos Aires es, como siempre, el territorio de mayor riesgo. Las urgencias laborales, alimentarias y sanitarias convencieron a la gobernadora María Eugenia Vidal de la necesidad de declararse en emergencia.
Ganadores y perdedores. Toda la política nacional puede cambiar de acuerdo a las futuras peripecias bonaerenses. Es que el ajuste “derramó”, principalmente, en el conurbano. Y arrastró incluso a los productores de bienes orientados al mercado interno. Un dato elocuente de que las perspectivas son decididamente más favorables para los sectores exportadores -tras la devaluación y la reducción de impuestos- es el crecimiento de los préstamos en dólares en el primer trimestre del año. Fue incluso superior para las actividades primarias. La consultora Ecolatina cita los ejemplos de la minería -que registró un incremento del 50% anual del stock- o los créditos dirigidos a la fabricación de alimentos y bebidas -que aumentaron un 57% en los primeros meses del año-. El aumento de la demanda fue posible gracias al crecimiento de los depósitos en moneda extranjera: tras la apertura del cepo, el stock aumentó casi 50%. La corrección de algunas de las distorsiones económicas heredadas -apertura del cepo, atraso cambiario, corrección de tarifas, alivio de la presión fiscal, etc.- alentó el ingreso de capitales del exterior y dio confianza a los inversores internos para depositar sus ahorros en divisas en el sistema financiero local. Obviamente, se abre la posibilidad de un mayor financiamiento en dólares gracias al bajo nivel de endeudamiento externo heredado. Un informe de Ecolatina advierte, sin embargo, que es fundamental un uso estratégico de ese financiamiento para no repetir funestas experiencias del pasado: “En primer lugar, para que aumente la capacidad del sector privado de producir divisas comerciales; de lo contrario, en el futuro, su repago se tornará un problema”. Recomienda entonces la promoción de sectores potencialmente exportadores e incrementar la competitividad no cambiaria a través de la inversión en infraestructura. Así como crecieron más los préstamos en dólares que los nominados en pesos, los títulos públicos se mantuvieron algo por debajo de la suba de la inflación, cercana al 25% en el primer semestre. Hay confianza de que sigan subiendo sus precios si la Argentina reduce aún más el riesgo país y profundiza el proceso “desinflacionario”. Los bonos en dólares, por su lado, ganaron cerca del 20% en el año. Y los papeles más negociados en pesos, como el Discount y el Par, también reportaron ganancias de entre el 19 y el 22%.
El economista Miguel Bein, asesor del ex candidato Daniel Scioli, volvió a insistir con la necesidad de un cambio de agenda: “Pasar del crecimiento basado en el consumo al desarrollo basado en la inversión -declaró a La Nación-. Es la agenda que le escucho al gobierno actual y me parece que es la correcta, la que necesitamos”. Para Bein, Mauricio Macri “no es un neoliberal sino que tiene un pensamiento desarrollista”. Lo que no aparece tan claro es el costo político de pasar de un modelo basado en el subsidio a otro fuerte en inversiones. 

 

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