Mundo / 12 de julio de 2016

Cómo funciona ISIS, la máquina de aniquilar

Decapitó a cuatro futbolistas del equipo Al Shabab en Raqqa, Siria, por considerarlos espías. Pierde terreno en Irak y Siria pero multiplica sus masacres.

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Como el fundamentalismo cristiano hasta el renacimiento, el fundamentalismo islámico se caracteriza por permitirse la abyección, la crueldad y la criminalidad en nombre de Dios.

El ultra-islamismo es la etapa aún más frenéticamente abyecta, criminal y cruel del fundamentalismo. Y no es sólo una cuestión de grado. También incorpora el permiso para actuar con la peor cobardía.

Volvió a mostrarlo en Bagdad, con un atentado suicida que masacró a 120 personas en el barrio chiita Al Karrada. Una multitud se amontonaba dentro y fuera de la heladería más grande y antigua de la capital iraquí, estirando la noche para llegar al “suhur”, la última comida antes de comenzar el ayuno diurno del Ramadán.

Contra esa multitud se detonaron los lunáticos jihadistas. Más tarde, un coche bomba detonó en el populoso mercado de Shalal, otro barrio chiita de Bagdad.

Pero el exterminio de chiitas en Irak ya es algo cotidiano y lo cotidiano no es noticia. Por eso tuvieron más eco las masacres cometidas en Turquía y Bangladesh.

En Dacca, la capital de Bangladesh, el blanco de los ultra-islamistas fueron civiles inermes, tomados por sorpresa en un restaurant.

Siendo un país notable por su secularidad, Bangladesh ha dado muchas muestras de la cobarde brutalidad de los ultra-islamistas. Una de ellas fue cuando medio millón de fanáticos, guiados por imanes exaltados, reclamaron en las calles el ahorcamiento de la escritora Taslima Nasrim. ¿Su crimen? Haber escrito sobre los padecimientos de los hinduistas tras el asalto de integristas hindúes a la mezquita Babri Masjid, en el norte de la India. En rigor, la novela “Vergüenza”, el libro de Taslima Nasrim, criticaba la locura religiosa en todos los credos de la región, pero que, siendo musulmana, denunciara los ataques contra los hindúes en Paquistán y Bangladesh por la destrucción de la mezquita de la ciudad india de Ayodhya, hizo que los islamistas bengalíes juraran lincharla donde la encontraran. Por eso, desde entonces, la escritora vive oculta.

Pero esa locura tenía antecedentes peores: las brutalidades cometidas por los fundamentalistas islámicos durante la guerra que separó de Pakistán al por entonces llamado Pakistán Oriental, convirtiéndolo en un estado independiente y secular, con mayoría musulmana y minorías hindú, budista y cristiana: Bangladesh.

En aquel conflicto, alentado por India para debilitar a Pakistán, los islamistas que lucharon contra la secesión cometieron masivamente todo tipo de aberraciones. La orgía de torturas, asesinatos, secuestros y violaciones, empezó en los últimos años a ser juzgada como crimen de lesa humanidad. Eso hizo que el terrorismo ultra-islamista creciera exponencialmente desde el 2013, llegando a la masacre de empleados y clientes del restaurant de Dacca.

Dos partidos liderados por dos mujeres, hegemonizan la política en ese país asiático. La Liga Awami, de la primer ministra Sheij Hasina, y el Partido Nacionalista de Bangladesh, de la líder opositora Jaleda Zia.

La gobernante es hija del asesinado “padre de la patria”, Mujibur Rahman, y su opositora es la viuda de otro gran líder, también asesinado y con el mismo apellido: Ziaur Rahman.

Las dos fuerzas políticas nacieron laicas, pero la Liga Awami se mantuvo más en la senda secular que el Partido Nacionalista, que hace tiempo está aliado al fundamentalista Jamaat e-Islami, a su vez cercano al Hefazat e-Islami, que está en guerra “contra la blasfemia”.

Desde que empezó el juicio por los crímenes de los islamistas en la guerra de 1971, se multiplicaron los grupos ultra-religiosos, los actos de violencia y los “hartales” (huelgas generales) contra el gobierno de Sheij Hasina, a la que consideran instigadora de una persecución judicial contra la oposición.

El crescendo de las eternas tensiones entre laicos y religiosos hizo que algunos grupos islamistas se identificaran con ISIS y con Al Qaeda, las dos franquicias que compiten por las simpatías de los fanáticos y de los terroristas bengalíes.

Igual que en Turquía, a la competencia la estaría ganando el Estado Islámico. Por eso pudo adjudicarse la masacre en el restaurant. Lo que llama la atención es que no haya reivindicado el ataque en el aeropuerto de Estambul. Basta con que quien se inmole haya proclamado lealtad al “califato”, para que ISIS lo asuma. Sin embargo, al ataque en la principal terminal aérea turca no lo asumió. ¿Por qué? Quizá porque el objetivo era que el gobierno turco culpara a los kurdos y redoblara su ofensiva contra ellos.

ISIS necesita que el ejército turco intensifique los ataques contra la etnia mayoritaria en el sur de Turquía y en el norte de Irak y Siria, porque los peshmergas (milicianos kurdos), los están venciendo en los campos de batalla de los dos países árabes.

Quizá el presidente turco habría preferido que al ataque en el aeropuerto Ataturk lo hubieran cometido los kurdos. En definitiva, Turquía es víctima del terrorismo de ISIS, en alguna medida, por la inescrupulosa jugada de Erdogán en la guerra que sufren sirios e iraquíes.

Si bien no llegó al extremo de financiarlos, como hicieron sauditas y qataríes, el gobierno turco permitió que los jihadistas contrabandeen el petróleo robado en los yacimientos que controlan en Irak y Siria, pasando los camiones cisterna por las porosas fronteras de Turquía.

Además dedicó más esfuerzo militar en atacar a los kurdos que en bombardear al Estado Islámico. La razón es que Erdogán priorizó dejar actuar a ISIS porque está en guerra contra sus enemigos en la región: Irán, el régimen sirio de Bashar al Asad y Hizbolá, la milicia de los chiitas libaneses.

La peor postal de esa fría jugada, fue el martirio de Kobane, la ciudad kurda del norte sirio que está junto a la frontera turca y que debió defenderse sola de los largos meses de asedio de los jihadistas que querían exterminar a sus habitantes. La tragedia ocurría bajo la nariz de Erdogán, pero no envió el ejército a socorrerlos.

El monstruo que el gobierno turco dejó crecer para que dañara a sus enemigos, luego se volvió contra la propia Turquía y la golpeó donde más le duele a su economía: el turismo.

Aunque ISIS no haya asumido la masacre, la Milli Istihbarat Teskilati (MIT) el aparato de inteligencia turco, supo de inmediato que a la operación la diseñó un checheno, la comandó y ejecutó un daguestaní (ambos del Cáucaso musulmán ruso) junto con un uzbeko y un kirguizio. También descubrió que todos habían entrado a Turquía desde Raqqa, la capital siria del Estado Islámico.

Una semana después, en esa misma ciudad se emitió el comunicado que reivindicó la masacre en Bangladesh y también el que felicitó al “muyahidín Abú Maha al Iraquí”, por haber hecho “estallar su coche bomba en una concentración de renegados”.

Se refería a los padres, abuelos y niños que colmaban la heladería más popular de Bagdad.

 

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