Opinión / 23 de julio de 2016

Y yo me quedé solo

Jorge Sigal, actual secretario de Medios Públicos, evoca a su amigo José Antonio Díaz, con quien compartió secundaria, militancia y periodismo.

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Todos los días, a las 6.15 de la mañana, José Antonio, que por entonces vivía cerca de Pacífico, se tomaba el colectivo 67. Yo lo esperaba en Avenida Alvear y Callao. Allí nos trepábamos al primer 124 que aparecía y, aplastados como sardinas, hacíamos un recorrido que nos dejaba a unas siete cuadras del Moreno, nuestro colegio. Violando toda lógica y desafiando los consejos de la Guía Peuser, semejante trayecto sólo tenía una explicación: nosotros disfrutábamos estirando el tiempo para estar juntos.
Fuimos amigos del alma, compañeros de “rateadas” memorables, consumidores forzados de fugazza –esa pizza de segunda que se compraba por dos mangos y ayudaba a matar el hambre– y noctámbulos empedernidos.
Ahora que lo rememoro, no puedo entender cómo hacíamos para no hartamos el uno del otro. ¿Cómo podíamos tener tantos temas de conversación? ¿De que charlábamos?

La revolución era, sin duda, la principal de nuestras pasiones. Los dos nos habíamos afiliado a la Fede, la juventud del Partido Comunista, más o menos en el mismo momento y sentíamos una enorme compulsión por la militancia. Ir al colegio era, de alguna manera, un pretexto para hacer lo que más nos gustaba: sublevar a los estudiantes para sumarlos a la gran causa de los proletarios del mundo.
José tenía un don natural para liderar a las masas. Además, para envidia de los demás –los que forzábamos las afeitadas con la ilusión de sacarle unos pelos a la infértil piel adolescente–, José siempre tuvo bigote. Carisma más bigote era una fórmula irresistible. En poco tiempo, el Moreno se convirtió en un bastión bolchevique. Y José en su jefe indiscutido.
Recuerdo que en la semana previa al Cordobazo, en mayo de 1969, el vicerrector Schiavi nos llamó a su despacho:
—Muchachos, no los aguanto más, les ruego que se calmen, la policía me pide sus nombres. Chicos, por favor…
José se tomó el mostacho con la punta de los dedos y le respondió en tono exigente:
—Entendemos su posición, señor, pero necesitamos algo a cambio: queremos que en el acto del 25 de mayo, las autoridades pidan un minuto de silencio por los caídos en las manifestaciones que se desarrollan en todo el país.
Schiavi nos pidió tiempo. Finalmente, cedió y se cumplieron las exigencias. Ese fue nuestro primer gran triunfo político.
Pasaron los años y nosotros seguimos hablando y hablando.

Así fue nuestra relación hasta 1983. Ese año, después de haber compartido la lista de candidatos a diputados por el PC en la primera elección de la democracia, nos hermanamos para planificar nuestra partida de la organización política que nos vio crecer. Fue una decisión personal y simultánea que no tuvo otro objetivo más que dejar atrás un dogma que empezaba a asfixiarnos. José se apoyó en mí y yo me apoyé en José. Como siempre.
Después, cada uno emprendió el largo camino de la supervivencia. Casualmente ambos nos hicimos periodistas. Pero de a poco dejamos de vernos. No hay una razón que explique esa separación. Quizá nos cansamos de hablar. Además, los dos necesitábamos aires nuevos.
Nos seguimos cruzando por los caminos de la vida. Incluso compartimos algunas redacciones. Pero nunca intentamos volver para atrás. Nuestro territorio común era el pasado.
Cuando nos encontrábamos, José me decía:
—¿Qué hacés, querido?
Y yo le contestaba:
—Jose (así, sin acento): tenemos que tomar un café.
—Claro, te llamo.
Al final se murió. Sin decirme nada. Y yo me quedé solo. Con un dolor que me perfora el alma. Porque una cosa es no ver nunca a quien se ama y otra muy distinta es saber que ya no está.
Jose, querido, tenemos que tomar un café.

* PERIODISTA, titular del Sistema de Medios y Contenidos Públicos.

 

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