Mundo / 2 de agosto de 2016

Terrorismo con efecto contagioso

Las masacres se expanden por el mundo entre jóvenes con desequilibrios emocionales y mentales.

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Stephen era negro como el carbón, sin embargo, era el más cruel en el trato con los esclavos negros de la hacienda. Los azotaba, los insultaba y los delataba si robaban o complotaban contra su malvado amo, el racista visceral Calvin Candie.

La indigna lealtad hacia su jefe blanco y esclavista, lo hacía traicionar su raza y su condición, puesto que también él era esclavo. Y fue quien con más ferocidad luchó para impedir que el ex esclavo Dyango y el doctor Schultz liberaran a la bella esclava Broomhilda.

Stephen, el personaje que encarnó Samuel Jackson en la película de Tarantino “Django sin cadenas”, no es una rareza en la historia humana. En todos los tiempos hubo quienes se vuelven contra los de su propia condición, siendo víctimas de un opresor o de una determinada situación, en lugar de volverse contra los victimarios o contra la situación que los victimiza.

Hay rasgos de Stephen tanto en el autor de la masacre en Münich, como en el que disparó a mansalva contra los habitúes de una disco en Orlando. En común tenían el designio exterminador, esa patología que subyace en estado latente hasta que, por un impulso externo o no, con alguna justificación o sin ella, los convierte en máquinas de aniquilar. También que victimizaron a quienes tienen algo en común con ellos, en lugar de victimizar a sus victimarios. La diferencia está en la oscura motivación interna que los llevó a debutar como asesinos y suicidas de manera simultánea.

David Ali Sonboly nació en Alemania, pero sus padres eran iraníes. Por sus trastornos psiquiátricos y su condición racial, había sido blanco de bulling en la escuela. Se burlaban de él los alemanes de ascendencia germana y también los que, como él, eran hijos de inmigrantes de países musulmanes.

El dolor que le provocaba ese instinto cruel y discriminador que suele gobernar la adolescencia, lo convirtió en lector de noticias sobre masacres y exterminadores. O sea, no leía sobre asesinos seriales, sino sobre los que aniquilaban en masa.

En particular, lo había fascinado el caso del noruego Anders Behring Breivik.

El autor de masacre del 2011 en Noruega, se había formado en una cultura liberal, tanto como miembro de la Logia de San Olaf de las Tres Columnas, orden de la francmasonería escandinava, como en su militancia en la juventud del Partido del Progreso. Fue el designio exterminador lo que lo llevó a leer textos xenófobos que lo convirtieron en un cruzado solitario decidido a liberar a Europa de “la invasión musulmana”. Pero ni la bomba que hizo estallar en Oslo ni los jóvenes del campamento del Partido Laborista que masacró en la isla de Utoya, eran musulmanes, sino tan nórdicos como él, lo que no constituye un agravante, sino una prueba. ¿De qué? de que el odio es un gatillo que está en millones de cabezas, en un mundo donde proliferan los expertos en mensajes calibrados para gatillar esas mentes contra multitudes.

Al gatillo mental del joven muniqués no lo accionó ISIS. Siendo hijo de iraníes, Sonboly era chiita, y los chiítas son los principales blancos de ISIS, porque el sunismo salafista los considera apóstatas.

El tormento de sufrir bulling y el efecto contagio de las masacres se confabularon y gatillaron la mente de ese muchacho que quería ser tan alemán como sus compañeros rubios y con ancestros germanos. Por eso, antes de volarse la tapa de los sesos, con la misma pistola abatió a compañeros de ascendencia persa y turcomana, gritando “soy alemán” y “que se vayan los turcos de Alemania”.

Días antes y días después, otros jóvenes musulmanes la habían emprendido a hachazos y machetazos contra quienes tenían a mano en distintos sitios de Alemania. Ellos sí mostraron la huella digital de ISIS en los gatillos de sus respectivas mentes. La misma huella digital estaba en la cabeza de Omar Mir Seddique Mateen, el autor de la masacre en la disco gay de Orlando.

Mateen era tan gay como las personas que acribilló en ese club al que concurría asiduamente. La diferencia es que él era musulmán, y ser homosexual y musulmán puede ser un tormento.

El Islam es aun más homofóbico que el cristianismo, por eso su condición sexual atormentaba al joven que, en lugar de repudiar al ISIS por asesinar a homosexuales arrojándolos desde edificios, juró lealtad a los genocidas y masacró a los de su misma condición sexual.

La sombra del viejo Stephen estuvo en Orlando aquella fatídica noche.

También era musulmán el joven que se detonó en la ciudad alemana de Ansbach; el que mató a varias personas con un hacha en un tren en Würzburg, y los que degollaron al viejo sacerdote de una iglesia en Normandía. Pero no era musulmán el joven que mató a cuchillazos a veinte personas en un centro de discapacitados en Japón.

Las masacres de ISIS podrían estar generando un efecto contagio. Lo que tienen en común, tanto los lobos solitarios del Estado Islámico, como otros súbitos criminales, además del sino exterminador, es la edad. La inmensa mayoría son jóvenes. Y hoy, además de la natural propensión juvenil a abrazar causas con fanatismo, la impulsa la destrucción moral y psicológica que produce la disyuntiva éxito-fracaso.

Este es un tiempo especialmente marcado por la presión abrumadora de esa disyuntiva, impuesta por el exitismo que exudan las sociedades a través de los medios y las nuevas formas de segregación.

En la segunda mitad del siglo 20, el designio exterminador corrió por cuenta de líderes mesiánicos y sectas apocalípticas. Desde el satanismo, la secta de Charles Manson masacró en 1969 a Sharon Tate y a quienes se encontraban en su lujosa mansión de Beverly Hills. En 1978, Jim Jones condujo al suicidio masivo en Guyana a los miembros de su secta del Templo del Pueblo.

También estaban convencidos de que se aproximaba el fin del mundo los seguidores de la Rama Davidiana de los Adventistas del Séptimo Día, que adoraban a David Korech, el líder que en 1993, cuando el FBI cercó su monasterio en la localidad texana de Waco, incendió el edificio matando a decenas de sus adeptos. Y dos años más tarde, en el subterráneo de Tokio, en lo que pudo ser un holocausto, la secta budista Aounn Shimrikío lanzó gas sarín para adelantar el final de los tiempos, tal como lo anunciaba su lunático gurú Shoko Asahara.

Por entonces, las visiones apocalípticas se contagiaban multiplicando la muerte absurda. En estos tiempos, al efecto contagio de las masacres de ISIS lo expanden entre los jóvenes los desequilibrios emocionales y mentales que provoca la atroz disyuntiva éxito-fracaso. Por esos canales de odios, incertidumbres, fanatismos y miedos, transita hoy el designio exterminador.

 

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