Opinión / 8 de agosto de 2016

Por qué Bauza no tiene que ir a convencer a Messi

El mediático viaje del DT es un error y un mimo a la Argentina quejosa. Caprichos infantiles y mentiras calculadas.

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El viaje de Bauza es un mimo a la Argentina quejosa.
El viaje de Bauza es un mimo a la Argentina quejosa.

Imaginen el futuro a corto plazo. Un hombre mayor, de casi sesenta años, afronta el mayor desafío de su vida, ese con el que siempre soñó. Pero antes, como Cristo cuando cargó su cruz, tiene que hacer un sacrificio exigido: subirse a un vuelo que, entre ida y vuelta, consume más de treinta horas entre viajes y demoras. La procesión será bien mediatizada, seguida como si fuese un asunto de Estado, con cadena nacional que cuente las horas que restan para ese momento decisivo y varios hashtags para coleccionar. Ese tiempo y dinero perdido es para hacer algo que hoy, en pleno siglo XXI, podría resolverse con una llamada, whatsapp, correo o skype que demoraría y costaría menos de un cienavo que el plan actual. Para no alimentar a la Argentina fundamentalista de la queja, y sin tener nada que ver con fútbol, es que el nuevo técnico de la Selección de fútbol no tendría que ir a España.

Pregunta para los padres: si su hijo corriera a encerrarse en el cuarto, luego de un berrinche con sabor a poco, ¿ustedes irían hasta su cuarto, para pedirle que regrese y que por favor lo perdone aunque no sepa bien por qué? ¿O esperarían que, con el tiempo, admita que se sobrepasó y dejarían que por sí solo entre en razón? Más de uno pensará que esta es una exageración que nace desde la frustración por las derrotas acumuladas, pero el viaje de Edgardo Bauza a España contiene un carácter insólito no muy lejano a la escena planteada.

Bauza, técnico mañoso y ganador, es vivo y sabe que lo último que puede hacer es mostrar debilidad. Por eso declara que “no va a ir a convencer” a Messi, sino a “hablar de fútbol” y otras mentiras piadosas bien pensadas. Dice, sin decirlo, que el país de la queja, de los sueños hipotecados hasta quien sabe cuando y del eterno complejo de echarle la culpa al otro -”el problema es el técnico, los jugadores que lo acompañan, el estado de la cancha, la sensación térmica”- volvió a ganar: ahora el que paga la cuenta para mantener equilibrada la balanza mediática es el ex entrenador de San Lorenzo.

Tampoco se puede buscar las razones del éxodo bauzista en la filantropía. Lejos de aquel cónclave histórico entre Juan Pablo II y la Madre Teresa de Calculta en la India, el viaje que miles de argentinos -muchos de los cuales no llegan al sueldo mínimo- esperaran con el corazón en la mano será para ver si el multimillonario Lionel Messi, que tiene una fortuna que supera los 200 millones de euros y varios problemas con el fisco español, se mueve de su victimización autoinflingida. Si no fuera una tragedia, la escena sería graciosa: incontables argentinos que piden, con lágrimas en los ojos y pocos billetes en el bolsillo, que vuelva aquél que dijo, justamente, que no quiere volver.

Por suerte para los fanáticos de Messi, esta columna no habla de fútbol ni de títulos: si lo hiciera tendría que registrar que el astro, sin duda uno de los mejores de la historia del fútbol, todavía no logró ni uno sólo con la Selección mayor desde su debut hace una docena de años. Se basa solo en el sentido común que los ultramoralistas del deporte -algunos periodistas deportivos y también varios hinchas- suelen obviar. Y esa lógica, que dicta que algo que se puede resolver en diez minutos no se lleve hasta su extremo dramático y berreta, obliga a la pregunta: ¿Se va a parar el mundo si no vuelve? ¿Tanto duele sentir que el amor, en este caso futbolístico, no es correspondido? Después de todo, todavía quedan algunos que piensan que ser convocados para representar a su país es un honor y no una carga.

Seguí a Juan en Twitter: @juanelegonzalez

 

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