Mundo / 12 de agosto de 2016

Japón y la lluvia de yenes

El multimillonario paquete de estímulo sorprende al mundo.

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Es la potencia más extraña del planeta. Fue pionera en apostar a las nuevas tecnologías que cambiaron el rostro del capitalismo global, pero se quedó en el camino. Aunque Japón se enorgullece de ser líder mundial en robótica, esa vocación tecno no se refleja en su performance en el ranking internacional de la Nueva Economía. Hace casi dos décadas que la economía del país no crece. Por más raro que pueda sonar en los oídos de un argentino, el síntoma que preocupa a los gobiernos japoneses desde hace años es la ausencia total de inflación: hay productos de la canasta familiar cuyos precios no aumentan desde hace un cuarto de siglo. No quiere decir que la nación asiática no sea rica, solo que su capacidad de multiplicarla se ha estancado peligrosamente. Y revertir esa asfixiante tendencia es la obsesión del gobierno. Y su nueva apuesta en ese sentido llama la atención de toda Europa, que no sabe si la receta japonesa es la salida a su propio estancamiento o si es una maniobra suicida, como echar nafta al fuego.

Abenomics. El primer ministro Shinzo Abe acaba de lanzar un ambicioso paquete de estímulo fiscal, que supone inyectar un equivalente en yenes de 276 mil millones de dólares en la economía, de maneras directas e indirectas, en una proporción que está en plena discusión entre los analistas financieros internacionales. El plan es un nuevo capítulo del modelo económico lanzado por Abe desde su regreso al poder en 2012. Conocido como las “tres flechas”, porque combina metas monetarias, fiscales y de reforma estructural, el plan Abe llama la atención de los funcionarios financieros europeos, que ven con desconfianza cualquier megaestímulo que amenace con descontrolar las cuentas fiscales. Pero algo hay que hacer, argumenta el mandatario japonés, para sacar a una economía de un freezer eterno.

No parece fácil, en una sociedad tradicionalista donde todavía sigue vigente la regla del “empleo vitalicio”, reeducar a empleados y empleadores para una nueva era de productividad. Para eso dice Abe que gastará tantos millones: sus críticos creen que el remedio será peor que la enfermedad. Pero por las dudas, toman nota del experimento.

 

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