Mundo / 1 de septiembre de 2016

Atentados: el infierno de los niños

Usados como bombas humanas, constituyen el último nivel de locura criminal alcanzado por el terrorismo ultra-islamista.

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El rey Zohak hizo un pacto con el demonio, mató a su padre y reinó sobre los asirios. Al sentarse en el trono usurpado, le crecieron dos serpientes que se alimentaban de niños. Un herrero kurdo llamado Kawa se negó a entregar sus hijos para que sean devorados como tantos niños de su pueblo. Entonces impulsó la rebelión kurda que terminó con el cruel reinado de Zohak.

Por esa leyenda, el 21 de marzo los kurdos celebran el “newruz” (día nuevo) que marca el fin de la esclavitud del antiguo pueblo que habita la tierra extendida entre los montes Taurus, Zargos y Elburz. La hazaña de Kawaz señala también que para la nación kurda los niños son el límite que nadie debe cruzar.

Tal vez por eso los peshmergas (milicianos) fueron los primeros en enfrentar heroicamente a los jihadistas frente a los cuales huían en desbandada abandonando sus pertrechos batallones enteros de los ejércitos sirio e iraquí.

Ni los niños se salvaban de las masacres de ISIS, lunática milicia cuyos videos mostraban “niños verdugos” disparando en la nuca de los sentenciados. Pero esa fuerza fue aún más lejos. Si bien no fueron los primeros en convertir niñas en esclavas sexuales, hicieron algo aún peor: crearon los “niños bomba”.

 

Los niños de ISIS

Dos hombres caminaron varias cuadras junto a un niño. Se detuvieron en una esquina y el chico cruzó la bocacalle solo, internándose luego en el festejo de un casamiento en plena calle. Los hombres miraron al pequeño hasta que estalló en medio de la gente. Esta primera versión acompañó el inmediato anuncio del presidente turco: un niño se había inmolado en una boda kurda, dejando más de cincuenta muertos, entre los cuales al menos veintidós también eran niños. Fue un atentado de ISIS, concluía el anuncio de Erdogán.

Luego el gobierno atemperó esa conclusión diciendo que no estaba claro cómo se había cometido la masacre en la ciudad kurda de Gziantep, aunque reafirmando que el autor era ISIS.

El problema que tuvo la primera versión es que, si dos mayores habían acompañado al niño hasta el lugar de la boda, no es seguro que se haya inmolado. Pudieron detonarlo a distancia por control remoto. Y el ISIS sabe preparar chicos para que se inmolen, por lo tanto, si fue detonado a distancia, el autor del atentado pudo no ser ISIS. Hay que tener en cuenta que el novio era dirigente del Halkarin Demokratik Partisi (Partido Democrático de los Pueblos), agrupación kurda detestada por Erdogán porque apoya a las milicias en Siria y el líder turco no quiere ningún Kurdistán en sus fronteras. Por eso apoyó solapadamente a ISIS y logró, tras su visita a Putin, que el ejército del régimen sirio rompa la tregua que mantenía con las milicias kurdas y relance su ofensiva, ahora respaldada por los bombarderos rusos.

¿Se puede descartar que agentes del gobierno perpetren masacres contra la dirigencia kurda? No se puede descartar. Tampoco se puede afirmar. En rigor, lo único claro es que los kurdos tienen tres enemigos feroces que los atacan sin piedad: ISIS, el régimen sirio y los militares y agentes de inteligencia de Turquía que responden al Erdogán.

 

Víctimas

Lo otro que está claro es que las principales víctimas de los conflictos son los niños. Y existe una crueldad aún peor que hacerlos morir bajo las bombas: convertirlos en victimarios.

Eso hizo el régimen que sojuzgó Camboya en la década del setenta. El Khemer Rouge hizo que miles de niños fueran los verdugos en los campos de concentración donde se ejecutó el genocidio. También los hutus que perpetraron, en 1994, la aniquilación de ochocientos mil tutsis en Ruanda, utilizaron masivamente a niños para matar a machetazos a personas maniatadas

Que hayan sido victimarios no los hace menos víctimas. También lo son los niños que usó Boko Haram para realizar medio centenar de masacres en Nigeria, Chad y Camerún. Además, la milicia que se asoció a ISIS pone bombas en escuelas y secuestra niñas para convertirlas en sus esclavas sexuales o venderlas a los harenes de los jeques del Sahel.

ISIS también tiene harenes con niñas esclavas. Además es la organización del sunismo radical que más niños bomba ha utilizado para cometer masacres.

 

El chico de la foto

Horas después de las “bodas de sangre” que tuvo una pareja kurda en Turquía, en la ciudad kurda-iraquí de Kirkuk, un chico de once años que vestía la camiseta del Barcelona con el número y el nombre de Messi, bajo la cual llevaba un cinturón de explosivos que planeaba hacer estallar en una calle concurrida, fue capturado y desactivado por dos policías antes de inmolarse.

El niño-bomba es la dimensión más brutal de la victimización de la infancia; una dimensión de la cual hay, de momento, una sola imagen: la del chico de la camiseta de Messi. Cuando haya más imágenes en ese álbum del horror, tal vez empiece el mundo a reaccionar.

Ocurre que, en la psiquis global, la desgracia a escalas industriales se vuelve una abstracción; como si no fuera real. Stalin lo graficó diciendo que “la muerte de un hombre es una tragedia y la muerte de un millón es una estadística”.

Entonces llega una imagen que le pone carne y hueso al horror. Siempre hay un niño en esas postales.

El mundo recién entendió que Hiroshima no era un hongo gigantesco, cuando vio las fotos de Matsushigue, el sobreviviente del estallido nuclear que tomó las primeras fotos en la “zona cero”. Entre la gente que se derretía sobre escombros, una mujer llevaba en brazos un bebé carbonizado y repetía letárgicamente “abre tus ojos”.

Cuando la imagen de un niño victimizado sacude al mundo, viene a la mente la pequeña Kim Phuc corriendo desnudita con los brazos extendidos. La quemaba el napalm que había arrasado su aldea vietnamita.

El sufrimiento de los refugiados sirios fue vislumbrado a nivel mundial por la foto de Aylan Kurdi, el niño lamido por las olas en una playa, tras el naufragio de la embarcación en la que una multitud huía de Kobane, la ciudad devastada por ISIS y defendida sólo por los kurdos, ante la deliberada indiferencia de Erdogán.

Después fue la imagen del pequeño Orman, con la mirada extraviada tras una capa de sangre y polvo, la que mostró la tragedia de Alepo. Lo acababan de rescatar entre los escombros de su hogar, en la zona controlada por una milicia que enfrenta al régimen sirio y también al ISIS.

Sobre Alepo, la primera ciudad árabe que vio el genocidio armenio porque allí llegaron miles de sobrevivientes del exterminio en Anatolia Oriental, cayó la peor batalla de la guerra siria.

Al hogar de Omran lo destruyeron los bombardeos de Rusia y de Al Asa. Las bombas cayeron, impiadosas, durante meses. La ONU mostró con cifras la dimensión de la catástrofe humanitaria. Pero lo que perforó la cápsula de abstracción fue la mirada perdida del pequeño sentadito en una ambulancia.

Hasta que los ojos del mundo quedaron frente al niño, su tragedia no era una tragedia, sino “una estadística”.

 

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