Mundo / 24 de Septiembre de 2016

Habrá más atentados en Nueva York

Al Qaeda detrás de los nuevos atentados en Estados Unidos, rivaliza por la atención con ISIS. Trump sale beneficiado ante el pedido de mano dura y cierre de fronteras.

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Rescatistas socorren a una de las 27 víctimas.
Rescatistas socorren a una de las 27 víctimas.

Aunque no exactamente en los términos en que los planteó Huntington, lo que habría ocurrido en la cabeza de Ahmad Khan Rahami fue un choque de culturas. La cultura jihadista que asuela su país natal embistió a la cultura occidental y su marca racionalista, pero la victoria no fue absoluta en la mente del hombre que sembró bombas en Nueva York y Nueva Jersey.

El mismo choque cultural se dio en la cabeza de Dahir Adán, el joven somalí que la emprendió a cuchillazos contra quienes tuvo a mano en un abarrotado centro comercial de Minnesota. Pero en ese caso, la victoria de la cultura jihadista fue total.

Porque a tiempo un policía lo acribilló a balazos, Dahir Adán sólo pudo herir a las personas que alcanzó su daga, pero sabía que de ese atentado no saldría vivo. Ergo, se inmoló, como impone la regla que el jihadismo tomó de los kamikazes.

Los guerreros japoneses de la tradición que llegó hasta la Segunda Guerra Mundial, bebían vino de arroz, cantaban el Doki No Sakurá (la canción del “viento divino”) y se subían a sus Caza Zero para lanzarlos contra blancos enemigos, muriendo en la nave para asegurar el éxito del ataque.

La diferencia es que el kamikaze nipón, igual que el fedayín libanés en la guerra civil que devastó el “país de los cedros”, moría atacando blancos militares. En cambio los blancos del jihadismo son civiles inermes. Y la diferencia entre el terrorista suicida de Minnesota y el afgano que plantó bombas caseras en las dos márgenes del río Hudson, es que el primero aceptó inmolarse matando “infieles”, mientras que Rahami intentó sobrevivir a las masacres que procuraba perpetrar.

Esto implica que en su mente, el fanatismo delirante no se impuso por completo. La prédica de los imanes pashtunes que apoyan al movimiento talibán, sedujo al hombre frustrado por ganarse la vida en Estados Unidos trabajando en el restaurant de sus padres, que para colmo se llama First América.

Todo parece indicar que, en su último viaje a Afganistán, encontró en el extremismo pashtún, etnia a la que pertenecen los talibanes, la medicina para atenuar la oscura frustración que le causa su vida en Nueva Jersey. Por eso se dejó la barba como los milicianos que organizó el Mullah Omar y cambió la alegría cordial que le describían sus clientes y vecinos, por una seriedad dura, amenazante.

El atentado en Minnesota no parece ligado a las bombas sembradas en Nueva York y Nueva Jersey. El joven que murió esgrimiendo su arma blanca gritó “alá es grande” y dedicó su acción a ISIS, antes de caer abatido por los disparos de un policía. A renglón seguido, la milicia genocida reivindicó el ataque desde Raqqa, la capital del “califato”.

En Somalia, el país donde nació el atacante del cuchillo, al monopolio del jihadismo lo tiene la milicia terrorista Harakat al-Shabaab al Muyaidín (Movimiento de los Jóvenes Mujaidines), comúnmente llamada Al-Shabab (Los Jóvenes), que proclamó formalmente su alineamiento con Al Qaeda hace cuatro años. Sin embargo, Dahir Adán actuó influenciado por los mensajes que ISIS lanza por internet para que el odio, la frustración, el fanatismo, la demencia o lo que sea que gravite sobre las mentes perturbadas, detone haciéndolas entrar en trance exterminador. Una señal más de que ISIS está ganando la primacía en el terrorismo global que había detentado Al Qaeda.

Precisamente la estrategia de los mensajes lanzados por la web para captar “lobos solitarios” es lo que intentó hacer Aymán al Zawahiri, el médico egipcio que lidera Al Qaeda desde que comandos Seals abatieran a Osama Bin Laden en su guarida de Abotabat, con el mensaje lanzado en el 15 aniversario del 11-S, llamando a los musulmanes a perpetrar “miles de ataques” contra Estados Unidos, como aquel día en que tres aviones se incrustaron en las Torres Gemelas y en el Pentágono, mientras un cuarto caía en un área rural de Pensilvania, convirtiéndose en la tumba de sus tripulantes y pasajeros.

Confirmó que Rahami actuó bajo el influjo de Al Qaeda una serie de mensajes hallados en su computadora personal. Para que ISIS no le siga conquistando la nueva dimensión del terrorismo global (la de los “lobos solitarios”) Al Qaeda empezó a competir en los llamados a la “jihad” espontánea y solitaria.

El joven afgano que trabajaba en el restaurant de sus padres en Nueva Jersey, aceptó sumarse a la “guerra santa” contra los “infieles” norteamericanos, pero no quiso inmolarse, sino sobrevivir a la masacre que iba a provocar. El resultado que obtuvo fue muy pobre: apenas 29 heridos, ningún muerto y una fuga patética que terminó con su captura.

Más allá de la inquietud generada en la antesala de la Asamblea General de Naciones Unidas, las bombas sembradas en ambas costas del Hudson y el ataque con cuchillo del lobo solitario somalí quedaron lejos de lograr lo que buscaban. Fueron atentados fallidos que sólo sirvieron para acrecentar el desprecio y el miedo contra las comunidades musulmanas en los Estados Unidos.

La colectividad afro-musulmana de Saint Cloud, la ciudad cercana a Minneapolis, capital de Minnesota, reclamó que no se la considere cómplice ni simpatizante del delirio criminal que empujó el cuchillo de Dahir Adán. Muchas entidades de las comunidades centroasiáticas y musulmanas de Nueva Jersey y Manhattan tomaron también distancia del accionar de Rahami. Pero lo mismo crecerá sobre ellas la desconfianza y el aislamiento.

Los atentados fallidos no le sirvieron ni a ISIS ni a Al Qaeda más que para sumar el desprecio y el temor contra los inmigrantes musulmanes a los países de Occidente.

A quien sí beneficiaron los fallidos terroristas, es a Donald Trump. El discurso fóbico contra la inmigración en general y contra los musulmanes en particular, se ve favorecido con cualquier tipo de acción criminal perpetrada por inmigrantes que vienen de países islámicos. Demagogo hasta la negligencia, el magnate inmobiliario usó de inmediato los atentados como proyectiles para su artillería electoralista, basada en señalar enemigos y mostrar al mundo como una amenaza a conjurar con muros y deportaciones.

La candidata demócrata fue más cauta y responsable. Pero el clima de miedo y odio que generan los atentados perpetrados por inmigrantes, retumba en una porción importante de los norteamericanos fogoneando el miedo. Y el miedo siempre está cargado de sentimientos intolerantes y xenófobos.

Tal vez Al Zawahiri, ideólogo ultra-islámista con formación y sentido estratégico, apueste a un triunfo de Trump, porque una figura vulgar y grotesca al frente del “imperio de los cruzados” resulta funcional a los planes de Al Qaeda. Pero ISIS no tiene ideólogos que calculen tanto. Que al Despacho Oval lo ocupe la liberal Hillary o su mussoliniano rival, no altera el plan de plagar el mundo con psicópatas y fanáticos que creen que morir matando los lleva al cielo de Alá.

 

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