Teatro / 29 de septiembre de 2016

Las noches blancas: laberinto emocional

Escrita y dirigida por Ariel Gurevich. Con Nelson Rueda y elenco. El Cultural San Martín, Sarmiento 1551.

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★★★★ ¿Qué buscamos cuándo perseguimos el amor? Algunos sostienen que la felicidad, otros afirman que una compañía para aliviar las adversidades de un mundo injusto. Sea cual fuere la causa, lo concreto es que la mayoría de los mortales, cuando finalmente encontramos con quién compartir cada instante de la vida, descubrimos que todo parece más sencillo de sobrellevar.
Vaya a saber si esa es la causa por la que el taciturno protagonista de “Las noches blancas” (Nelson Rueda) se apasiona por Juan (Esteban Masturini), un joven al que conoce de casualidad en la calle y a quien encuentra llorando en un estacionamiento, mientras espera a una mujer que jamás llegará. La célebre novela breve del ruso Fiódor Dostievski (1821-1881), quién describió con gran detalle el embelesamiento que se produce al estar enamorado, se ofrece en una conmovedora versión actualizada, pergeñada por el talentoso dramaturgo y director Ariel Gurevich, donde muestra a este hombre melancólico de quien sólo conoceremos su hábitat y la profunda intención por disfrutar la presencia del muchacho. El cual, aunque seducido, se resiste de forma cautelosa al deslumbramiento y sólo promete regresar, a lo largo de unas pocas noches, siempre y cuando el misterioso caballero no se enamore de él. Leónida (Silvana Tomé), la encargada del edificio, una española de pura cepa, acompaña la existencia de estos dos seres y funciona como confidente del narrador. Los tres transitan esa especie de limbo en que los crepúsculos son tardíos y los amaneceres más prematuros; las noches blancas que sugiere el título. El punto central de la propuesta es el afecto no correspondido; la nostalgia por lo que podría haber sido y también la fusión de estas almas perdidas.
Para escenificar ese laberinto emocional, el sutil montaje de Gurevich suma algunas canciones, un fragmento del célebre film homónimo de Luchino Visconti con Marcello Mastroianni y construye imágenes prodigiosamente iluminadas por Leandra Rodríguez. En tanto, Rueda lleva adelante un notable y comprometido trabajo protagónico al meterse en la piel del solitario soñador y Tomé encandila con su jocosa ibérica.

 

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