Opinión / 14 de Octubre de 2016

Bob Dylan, un Nobel populista

Los méritos del cantautor estadounidense son indudables. Pero la distinción de la Academia sueca tiene mucho de estrategia de marketing.

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Las grandes letras de sus temas le valieron al músico norteamericano el Nobel de Literatura.

¿En serio? ¿Es verdad que se lo dieron a él? ¿No había en todo el mundo un escritor a quien dárselo? ¿Es el mismo premio que le negaron a Borges? ¿Es lógico? ¿Se lo merece? ¿Otra vez con esto de que las letras de canciones son literatura?
Es evidente que la Academia Sueca ha decidido patear el tablero al entregarle el Nobel de literatura a un cantautor (curiosamente, el mismo día en que se supo de la muerte del nonagenario dramaturgo Dario Fo, otro que lo ganó oportunamente). Por más grande que sea Bob Dylan –o Robert Allen Zimmerman, como dice su documento–, con la injusticia aparente de que a la hora de optar por primera vez por un músico y cantante, rompiendo una larga tradición, hubieran quedado en el camino otros colegas como Joan Manuel Serrat, Chico Buarque, Caetano Veloso, Paul McCartney o Joan Baez, por citar sólo a algunos. Y eso sin contar a los enormes “songwriters” y letristas (inclusive argentinos) que pasaron por la historia sin sentirse acreedores de esta distinción y cuyos textos poéticos seguimos disfrutando y también leyendo (vg. Atahualpa Yupanqui). Quizá no haya por estos tiempos –no es nuestra especialidad– escritores “puros” merecedores de uno de los galardones más significativos que tiene esta tarea creativa. Quizá estaría siendo hora de que la Academia incluya otros rubros de la cultura y el entretenimiento en sus premiaciones, como el cine, la actuación o la misma música en todas sus variantes. Si no, en próximas ediciones veremos a lo mejor un Nobel de literatura para Woody Allen o Quentin Tarantino por sus guiones cinematográficos, para Robert De Niro por haber dicho con talento los textos de Martin Scorsese o para un director de orquesta por haber conducido con destreza un repertorio operístico. Y dejamos para el lector la opinión sobre lo “curioso” de que la primera vez que se cambian las reglas del juego, lo reciba un artista (el que les dio el primer cigarrillo de marihuana a Los Beatles, dice la leyenda) nacido en la principal potencia económica del mundo. Lo que son las casualidades.

Pero más allá de disquisiciones ideológico-políticas, sería bueno detenerse particularmente en dos asuntos. Por un lado, no podemos dejar de pensar en que este sorpresivo golpe de timón tuvo como intención llamar la atención de los medios internacionales (y vaya si lo han logrado) y acercar el premio a consumidores de cultura que no necesariamente son lectores de libros. Muchos se han quejado en entregas recientes de que lo recibieran “escritores que no conoce nadie”. No se necesita ser un analista muy profundo para descubrir la intencionalidad “populista” –o marketinera, según se prefiera– para llegar a nuevas audiencias y atravesar los suplementos culturales más elitistas de los medios gráficos. El Nobel al norteamericano ya ocupa lugares destacadísimos en la televisión, la radio y las redes que, ni remotamente, hubiera tenido un escritor de papel y teclado. Otro tanto ocurrirá cuando el próximo 12 de diciembre el viejo Bob viaje a Estocolmo para recibir “aplauso, medalla y beso” además de los 8 millones de coronas suecas (algo más de 900.000 dólares) incluidos en el premio. Y nos olvidamos por el momento del lobby de los editores discográficos y/o las sociedades de derechos de autor que por estas horas están descorchando champagne del bueno.

Dylan es un enorme artista. Mucho más importante como escritor de sus textos que de sus melodías, cantante personal lejos del virtuosismo canoro, personaje heterodoxo, ha tenido la capacidad de mover multitudes aún con un estilo de canciones que no parecen estar apuntadas a las masas y con las dificultades idiomáticas accesorias que genera en los públicos no angloparlantes. La Argentina lo vio pasar varias veces, para actuaciones solistas en un par de oportunidades (la primera, en 1991, en el estadio Obras, que todos recordamos porque no levantó jamás la vista para mirar a la audiencia) y compartiendo escenario con los Rolling Stones en otras. Y como en muchos lugares del planeta, tiene aquí una larga fila de seguidores, sin los números de otros rockeros de lenguajes más masivos pero de todos modos muy numerosos.
Pero hay un segundo aspecto digno de reflexión que probablemente también haya estado en el espíritu de los jurados y que sí trasciende lo coyuntural u oportunista. Dice el comunicado que Dylan fue premiado “por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense’”. Esto quiere decir que, aunque tiene publicados algunos libros en papel –autobiografías y antologías de sus letras- no es precisamente por eso que se decidió el premio. O sea que pone en discusión, en verdad como hace ya rato vienen haciéndolo las universidades de todo el mundo, el sitial de la letra de canción en tanto “letra dura” y, por tanto, factible de ser estudiada, analizada, desmenuzada –y premiada ahora, claro– por los especialistas en la materia.

*Crítico de Música NOTICIAS.

 

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