Mundo / 15 de octubre de 2016

Filipinas: Bestial y populista

Mientras masacra delincuentes, el presidente filipino Rodrigo Duterte reivindica a Hitler, insulta al Papa y a Obama.

Por

En “La rebelión de las masas”, Ortega y Gasset sostiene que uno de los rasgos del momento “es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho a la vulgaridad e imponerla donde sea”.
La vulgaridad acrecentó su gravitación en los medios de comunicación y se exhibe dominante en las redes sociales. En la política, donde el “alma vulgar” se expresaba abierta y ostentosamente en la fauna de los dictadores, ahora suma ejemplares en los sistemas democráticos.
Berlusconi irradia vulgaridad y la expresa públicamente de muchos modos. Donald Trump hizo de la vulgaridad una señal de identidad. Lo peor es que, tanto el magnate italiano como el millonario norteamericano, han obtenido réditos exhibiendo impúdicamente sus aspectos más burdos y vulgares.
No son los únicos casos.

 

Duterte

Desde que llegó a la presidencia de Filipinas, Rodrigo Duterte muestra de manera brutal una vulgaridad violenta y desopilante. Desde burlarse de la violación y asesinato de una misionera australiana, a insultar al Papa, al secretario de las Naciones Unidas Ban Ki-moon, a la Unión Europea y al secretario norteamericano de Estado John Kerry, entre muchos otros. Entre esos otros está nada menos que el presidente de Estados Unidos, Barak Obama, a quien trató de “hijo de puta”.
Pero esto no es lo más grave que produjo su brutal incontinencia oral. Dijo que habría que hacer con los drogadictos lo que Hitler hizo con los judíos, a los que exterminó en los campos de concentración. Y lo dijo de tal modo, que no sólo sonó como una valoración positiva de la industrialización del aniquilamiento, también como un elogio al genocida que lideró el Tercer Reich alemán.
Pero las vulgaridades que dispara la incontinencia verbal de Duterte, no son lo peor. Lo peor del presidente filipino es que ha proclamado la guerra sucia como una guerra santa y, más grave todavía, la está ejecutando. Y la guerra de Rodrigo Duterte contra las drogas incluye a los drogadictos.
No se trata del giro inesperado de un dirigente que, embriagado de de poder, cuando llegó a presidente exhibió una naturaleza salvaje que hasta entonces ocultaba. Al contrario, Duterte habla y actúa como una bestia desde que era alcalde de Davao, la ciudad de Mindanao a la que gobernó criminalizando la lucha contra el delito.
La diferencia con la política de “tolerancia cero” que aplicó el republicano Rudolph Giuliani, es que el caso neoyorquino implicaba mano dura, pero dentro de la ley. En cambio el alcalde de Davao creó “escuadrones de la muerte” que salían de cacería.

 

Mano dura

Plagó las calles de chacales para que mataran a los delincuentes de todas las calañas que azolaban la ciudad, que es la urbe más grande de Mindanao y la tercera más poblada de las 7107 islas que componen el archipiélago filipino.
Criminalizar la lucha contra el crimen fue precisamente la carta ganadora de su candidatura presidencial. Sus simpatizantes lo llaman “El Castigador” y los filipinos lo votaron precisamente por su propuesta de matar a balazos o ahorcándolos a todos los capos narcos, sus dealers y los clientes, o sea los adictos. Prometió también ejecuciones sumarias para el grueso de los delincuentes.
Ya en la campaña electoral insultaba a diestra y siniestra, ofendiendo a los mandatarios de los países miembros de la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático). Insultar a los socios, quemar banderas de países vecinos y cosas por el estilo, es nada en comparación con insultar al Papa en un país fervientemente católico desde la colonización española (se llama Filipinas en honor al rey Felipe II), aunque Mindanao, Jolo, Basilán y otras islas del sur del archipiélago tengan mayoría musulmana.
Allí actuaba el Frente Moro de Liberación Nacional, desactivado en negociaciones de paz y sustituido por una guerrilla ultra-islamista mucho más letal: Abú Sayyaf, que algunos traducen como “amos de la espada” y otros como “padre del fabricante de espadas”.
La milicia que se hizo conocer a nivel mundial secuestrando contingentes de turistas, se afilio a Al Qaeda pero en el 2014 Isnilon, su actual líder, juró lealtad al ISIS.
No obstante la criminalidad de los jihadistas de Isnilon, en sus primeros cien días en la presidencia, Duterte priorizó la guerra sucia contra narcotraficantes y drogadictos. Los policías tienen permiso para disparar a mansalva y para realizar ejecuciones sumarias. Actúan sin piedad y sin cuidados, porque saben que, con sólo alegar defensa propia, quedarán libres de culpa y cargo.
Por cierto, aunque prioricen combatir la droga y el delito, si un jihadista cae en manos policiales, lo más probable es que muera despellejado en una sala de tortura.

Polémico

Los insultos de Duterte apuntan a los antiguos socios de Filipinas, en la región y en el mundo, porque es de allí que le llueven denuncias y reproches por violaciones a los derechos humanos. Por eso, además de insultar, el presidente filipino planea un realineamiento que cambiaría el tablero geoestratégico en el sude-este asiático. Como China y Rusia luchan contra los islamistas y contra la delincuencia cometiendo crímenes de lesa humanidad, Duterte intenta alinear su país con Beijing y con Moscú.
La represión china en la región musulmana de Xinjiang y las guerras de tierra arrasada que hizo Putin en el Cáucaso, acercan esas potencias al líder populista filipino. Las elites políticas del archipiélago, así como los aliados tradicionales de Manila, lo miran con estupor. Pero una inmensa mayoría del pueblo lo respalda.
En Filipinas, una aristocracia que produjo dinastías políticas, terminó con la dictadura de Ferdinand Marcos y edificó una democracia estable. Benigno Aquino murió asesinado por enfrentar al dictador, pero su viuda, María Corazón Sumulong Cojuangco, rebautizada popularmente Cori Aquino, terminó con el régimen de Marcos y su esposa Imelda.
Su jefe del Ejército, el general Fidel Ramos, aplastó decenas de asonadas golpistas contra la presidenta que democratizó el país. Después fue su sucesor. Luego llegaría al poder Benigno Aquino III, hijo del disidente martirizado y de su triunfal viuda.
Todos tuvieron logros importantes. Sin embargo el narcotráfico, la delincuencia y el terrorismo engendraron a la bestia populista que se adueñó del poder prometiendo represión y exterminio.
Insultando y masacrando se fortalece, mientras rediseña el tablero geoestratégico en un punto neurálgico del planeta. Para sus críticos es un asesino, pero para la mayoría de los filipinos es el “gran castigador”.

 

Comentarios de “Filipinas: Bestial y populista”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *