Opinión / 16 de octubre de 2016

Cuando las mujeres vienen marchando

Hoy es perfectamente normal que una mujer sea canciller, ministra o presidente y las posiblidades de Hillary Clinton de gobernar Estados Unidos aumentan. El análisis de James Neilson.

Por

Angela Merkel y Hillary Clinton por Pablo Temes.

En los países occidentales, los resueltos a privar a los varones de sus privilegios milenarios ya pueden cantar victoria. Si bien aún quedan algunos reductos machistas, pronto caerán. Pocos días transcurren sin que los militantes feministas se anoten nuevos triunfos. Aquí los consiguen mediante “cupos”, como el que servirá para garantizar la paridad de género en la Legislatura bonaerense, manifestaciones gigantescas y a veces violentas como la celebrada la semana pasada en Rosario, campañas a favor del aborto o contra el “femicidio” y, de forma más insidiosa pero mucho más eficaz, la propaganda de quienes nos aseguran que, pensándolo bien, lo encarnado por la mujer –sensibilidad, ternura, paz y así por el estilo–, es muy superior a las cualidades primitivas atribuidas al hombre. Entre las beneficiadas por la supuesta superioridad espiritual de la mujer están Elisa Carrió, Margarita Stolbizer y otras que, para envidia de muchos políticos masculinos, se han erigido en las guardianas máximas de la ética republicana.
Lo mismo que “el matrimonio igualitario” y otras novedades, se trata de manifestaciones locales de una revolución que se inició en Estados Unidos, país en que las vicisitudes de la lucha maniquea entre el machismo de tiempos menos ilustrados y el unisexismo, según el cual carecen de significado las diferencias entre los distintos géneros –a esta altura sería anacrónico suponer que sólo hay dos–, podrían determinar el resultado de las elecciones presidenciales. Cuando de apropiarse de mujeres para convertirlas en esclavas sexuales se trata, Donald Trump no es peor que Bill Clinton o John F. Kennedy, para no hablar de europeos renombrados por sus proezas en tal ámbito como Silvio Berlusconi y Dominique Strauss-Kahn, pero la difusión de lo que hace doce años dijo el magnate acerca de las propiedades afrodisíacas del poder y el dinero ya le ha costado millones de votos. Sucede que, en el clima actual, usar palabras que en el pasado no muy lejano se hubieran tomado por bastante típicas del vocabulario de empresarios de cultura rudimentaria como Trump para aludir a sus actividades sexuales es considerada inaceptable no sólo por mujeres sino también, de tomarse en serio la reacción indignada de tantos al enterarse de lo dicho por el candidato republicano, por casi todos los políticos. Con todo, de estar en lo cierto los sondeos más recientes, si sólo los hombres pudieran votar en noviembre, Trump arrasaría.
Pero los tiempos han cambiado. No cabe duda alguna de que la idea de que ha llegado la hora para que una mujer ocupe la Casa Blanca ha ayudado mucho a Hillary Clinton a sobrevivir a acusaciones que hubieran hundido a cualquier demócrata masculino. Por razones similares, Susana Malcorra y algunas europeas de países balcánicos creyeron que su género les brindaba una ventaja decisiva en la pelea por suceder a Ban Ki-moon como mandamás de la ONU; para los enojados por la elección del portugués António Guterres, el que los varones se las hayan arreglado para aferrarse a un bastión que aún no ha caído es de por sí escandaloso.

La llegada de lo que la entonces senadora Cristina festejaba como “el siglo de las mujeres” ha supuesto mucho más que la conquista por ellas de puestos políticos clave; hoy en día es perfectamente normal que una sea presidenta, canciller o primera ministra de una potencia, como han sido o son las señoras Margaret Thatcher, Indira Gandhi, Angela Merkel y Teresa May. También incluye la demolición de una multitud de barreras que se habían improvisado en el mundo empresarial para que los hombres no tuvieran que inquietarse por la presencia perturbadora de miembros del género calificado de débil. Por lo demás, sería un error subestimar los efectos culturales del hecho de que, en muchos países, la docencia se haya visto dominada largamente por mujeres.
Los militantes feministas más imaginativos quieren que la revolución que están impulsando sea retroactiva: ¿No sería que las teorías de Einstein y parte de la música de Johann Sebastián Bach fueran en verdad “robadas” de mujeres víctimas de prejuicios machistas que las obligaban a permanecer en las sombras para que los hombres monopolizaran los honores? ¿Y qué decir de los hipotéticos aportes de mujeres silenciadas a las obras de escritores como Bertolt Brecht y Franz Kafka? Aun cuando la evidencia para justificar tales planteos haya sido escasa, las polémicas desatadas por los decididos a cambiar nuestra percepción del pasado han ayudado a propagar la noción de que los hombres hayan conspirado durante milenios para minimizar el papel de la mujer en la historia de nuestra especie. Pasan por alto el que, en un país tan notoriamente machista como Japón, nadie haya pensado en discutir el protagonismo literario de Murasaki Shikibu, autora en el siglo XI de una novela tan sutil como la de Marcel Proust, y su rival, Sei Shonagon.
Asimismo, algunos militantes revisionistas aspiran a purgar los idiomas de sus países respectivos de los resabios sexistas que muchos retienen. La tarea les ha resultado relativamente fácil en inglés pero, a pesar de los esfuerzos de quienes prueban suerte con giros a su entender igualitarios como “todas y todos”, será virtualmente imposible en español.
El feminismo triunfante ha tenido un impacto profundo en las costumbres sociales de buena parte del planeta. Sería reconfortante dar por descontado que su influencia ha sido exclusivamente positiva, ya que es injusto impedir que las mujeres disfruten de los mismos derechos que los hombres como hasta hace poco ha sido el caso en el mundo entero, pero tal vez convendría preguntarnos si serán viables por mucho tiempo las sociedades feminizadas que están conformándose. Por desgracia, hay buenos motivos para sospechar que no lo serán. Antes bien, parece más que probable que los cambios fomentados por el feminismo les resulten mortales.
El motivo de preocupación principal consiste en el desplome precipitado de la tasa de natalidad que ha sido la consecuencia más llamativa, y más alarmante, de la liberación femenina. Bien que mal, las mujeres liberadas suelen preferir tener menos hijos, muchos menos, que las oprimidas por el patriarcado. Puesto que la educación es una profiláctica sumamente eficaz, en todos los países, entre ellos algunos musulmanes como Irán, la escolarización de las chicas se ha visto seguida casi inmediatamente por una caída abrupta de los nacimientos, lo que no importaría demasiado si la tasa se mantuviera en torno a los “2,1” bebés por mujer necesarios para la supervivencia de la tribu o nación, pero sucede que en Alemania, España e Italia se ubica por debajo del 1,4. A menos que los alemanes, españoles, italianos y otros europeos como los rusos, además de los japoneses, opten pronto por reproducirse con mayor entusiasmo, no tardarán en extinguirse.
Se trata del lado más negativo de la rebelión de los feministas contra el papel tradicional de la mujer que, con razón, ven como una jaula, dorada o no, ya que para las más ambiciosas el tener que dar prioridad a la crianza de la próxima generación constituye un hándicap que a menudo les es apenas soportable. Algunas, como Hillary, han sido capaces de combinar el éxito mundano con los deberes maternales, pero se trata de excepciones. Asimismo, parecería que la propensión generalizada a denigrar no sólo el machismo vulgar sino casi todas las características que desde el neolítico se consideran masculinas, más la devaluación del matrimonio tradicional, están detrás de la desmoralización de la comunidad negra y lo que todavía queda de la clase obrera blanca en Estados Unidos y sus equivalentes en Europa.

Las dificultades ocasionadas por lo que, de ser cuestión de un pueblo indígena en Amazonas o Siberia, los antropólogos denunciarían como casos de suicidio colectivo imputables a la angustia existencial de quienes sienten que el mundo se les ha vuelto radicalmente ajeno, ya están provocando conflictos no sólo en Europa sino también en Japón, China, Irán y Turquía, donde los turcos se han “europeizado” mucho más que los kurdos que, de prolongarse las tendencias actuales, terminarán siendo mayoritarios. Los regímenes de Irán y Turquía se han hecho más agresivos por entender que el tiempo les corre en contra. La actitud, a la vez pasiva y culposa, de los europeos y muchos norteamericanos frente a los desafíos que afrontan refleja a su modo tanto la feminización de las sociedades occidentales como la nueva realidad demográfica, la de comunidades de ancianos que no quieren esforzarse demasiado. En algunos países avanzados, esquemas previsionales que fueron creados algunas décadas atrás, cuando abundaban las familias numerosas, tienen los días contados aunque, por ahora, es políticamente imposible reformarlos. En otros se ha abierto una brecha, que amenaza con ampliarse mucho en los años próximos, entre los intereses de los más jóvenes y aquellos de los mayores que se resisten a renunciar a conquistas que les aseguraron serían permanentes, mientras que la decisión de Angela Merkel de dejar entrar a más de un millón de inmigrantes tercermundistas fue reivindicada por los conscientes de que, sin nueva sangre, Alemania estaría condenada a morir de vejez en la segunda mitad del siglo actual. l

 

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