Salud / 16 de Octubre de 2016

El estrés bueno: cómo usarlo como aliado

Nuevos estudios muestran que la tensión puede ser convertida en un agente motivador.

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“No es el estrés lo que nos mata, sino la forma en la que reaccionamos a él”, escribió hace sesenta años el endocrinólogo húngaro Hans Selye en el libro “Estrés, la tensión de la vida”. La máxima de hoy día puede provocar extrañeza si tenemos en cuenta, por ejemplo, que de acuerdo con la Asociación Americana de Psicología, el estrés crónico se relaciona con las seis mayores causas de muerte: trastornos cardíacos, cáncer, enfermedades pulmonares, accidentes, cirrosis y suicidio. Además, una encuesta hecha por la Asociación Internacional de Manejo del Estrés indica que el 72% de las personas laboralmente activas sufre de estrés crónico.
Pero frente a esta catarata de malas novedades vale prestar atención a los estudios que, en lugar de centrarse en los efectos negativos de la presión extrema, fijan su lupa investigativa en las consecuencias beneficiosas para la salud que el estrés puede aportar.
El libro lanzado recientemente “El test del estrés”, escrito por el neurocientífico irlandés Ian Robertson, fundador del Trinity College Institute of Neuroscience, se refiere a eso: a cómo caminar sobre las piedras de la tensión no solo sobreviviendo a ella, sino también aprovechándola.

 

Historia de presiones

El consenso dentro de la comunidad científica es, desde los años ´50 del siglo pasado, que el estrés perjudica a la salud, tanto física como mental. En un estadio crónico, puede afectar el funcionamiento del cerebro, suprimir la actividad de la tiroides, disminuir la densidad ósea, aumentar la presión sanguínea, debilitar la capacidad de defensa del sistema inmune, y provocar desbalances en el nivel de la glucosa.
Estudios llevados a cabo por Hans Selye, sin embargo, muestran que hay dos tipos de estrés: uno al que podría denominarse como malo (el distrés), que tiene un efecto paralizador y depresivo, y otro, el estrés bueno o eustrés, que puede actuar como un agente motivador y energizante.
Luego de pasadas décadas de los trabajos realizados por el endocrinólogo húngaro (en los años ´80), surgieron las primeras evidencias de que el cerebro no es un órgano inmutable sino que, por el contrario, se transforma a partir de las experiencias que tienen las personas a lo largo de su vida.
Más recientemente, ensayos hechos en el área de la epigenética confirmaron que lo mismo sucede con los genes: ellos pueden alterar su actividad como una forma de reacción a estímulos externos (por ejemplo, los que provocan estrés). Basándose en esas comprobaciones científicas es que Ian Robertson decidió investigar si, controlando las emociones y pensamientos, cualquier personas podría transformar al estrés villano en un aliado.
Para avanzar en su tesis, Robertson tuvo que estudiar de manera unificada el cerebro, clasificado por él como “hardware”, y la mente, que correspondería, en su definición, al “software”. Según el neurocientífico cognitivo (que trabajó como psicólogo durante años) fue justamente el foco exclusivo en el software el responsable de que se esté consumiendo una cantidad tan elevada de antidepresivos en los últimos años.
“Las personas recurren a esos medicamentos cuando no se sienten en control de sus propias emociones y pensamientos”, explica Robertson. “Es necesario entender que nosotros somos los pilotos de esa máquina increíble que es el cerebro y, con la práctica, podemos aprender a controlarla, como así también podemos controlar a nuestras emociones”.
La explicación científica acerca de por qué el estrés puede ser procesado a veces como algo positivo y a veces como un elemento negativo está en la parte del cerebro que es activada en una situación de tensión, puesto que cada una de ellas responde por ciertas funciones.
Entre otras actividades, el lóbulo frontal regula esas acciones. Él es el que logra que las personas actúen dentro de las normas sociales, sin importar lo que estén sintiendo. El lado izquierdo está ligado a la iniciativa, y su principal neurotransmisor es la dopamina, hormona del bienestar. Mientras, el lado derecho se vincula a la inhibición de acciones y una de sus principales hormonas es la noradrenalina, relacionada con el sistema de alerta.
Lo que los investigadores verificaron es que, cuando el lado izquierdo del cerebro se activa, el nivel de cortisol (la denominada hormona del estrés) es menor que cuando se da la situación contraria. Según Robertson, hay técnicas capaces de activar el lado izquierdo del cerebro aún en momentos de alta presión, lo que logra que el estrés asuma, entonces, un carácter positivo.
Consejos. Entre otros, en “El test del estrés”), de Robertson, hay algunas acciones muy simples que ayudan a soportar el estrés, o mejor dicho a canalizarse de un modo menos negativo, y que cada persona puede poner en marcha a diario.
Uno de ellos es, simplemente, apretar una pelota de goma dura con la mano derecha por algunos minutos. ¿Por qué eso es bueno y no un mito? Porque activa el lado izquierdo del lóbulo frontal liberando dopamina, la hormona del bienestar.
Algo fundamental para esquivar el distrés es establecer objetivos pequeños y alcanzables para cumplir una meta más exigente. Y esto hace bien porque cuando una persona se atiene a un propósito el lado izquierdo del cerebro, que se inclina a satisfacerse con recompensas, entra en actividad.
También corporalmente es importante luchar contra el estrés. Algo simple es adoptar lo que los especialistas denominan “pose de poder”: cabeza levantada, postura erguida y relajada, brazos a lo largo del cuerpo, sin tensiones. Algo tan simple como colocar el cuerpo de ese modo hace que el lado izquierdo del cerebro se active y, así, influye para que la persona se sienta confiada.
Un punto fundamental en la lucha contidiana contra el estrés “malo” es concentrarse en lo que uno está haciendo cada vez. Con esto se evita que la mente se sumerja en recuerdos o pensamientos negativos.
Es fundamental, además de estos pocos puntos, interpretar los sentimientos de manera positiva. Por ejemplo: en lugar de llegar a la conclusión de que uno está nervioso, es factible suponer que lo que uno está sintiendo es un gran caudal de energía. Esto es beneficioso porque quien encara una actividad como un desafío y no como un problema seguirá animado y con eso estará activando el lóbulo izquierdo del cerebro, y con eso el área de recompensa y buen ánimo.

 

Polémica

Considerar el funcionamiento del cerebro y de la mente de ese modo, y analizar los efectos del estrés sobre el ser humano de ese modo, pueden sonar como argumentos y herramientas reduccionistas. El mismo Robertson concuerda en que sus ideas no representan la totalidad de la explicación del problema, y aún así enfatiza que ellas son una parte fundamental del problema.
“Está claro que para escribir mi libro fue preciso simplificar las cosas, como el rol de los lóbulos frontales en nuestra reacción frente al estrés y el hecho de que haya un menor índice de cortisol cuando el lado izquierdo es activado son puntos que están comprobados de manera científica”, asegura el neurocientífico irlandés.
Aún cuando los hallazgos y la propuesta de Robertson sea apenas una fracción de lo que implica manejar el estrés, sus estudios revelan algunos de los caminos capaces de tornar verdadera otra máxima, esta vez establecida por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, en “El crepúsculo de los ídolos”, escrito en 1889: “Lo que no me mata me fortalece”.

 

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