Ciencia / 23 de octubre de 2016

Neurociencias y sexo: el cerebro porno

La enorme oferta de pornografía que circula en internet lleva a los científicos a analizar cómo y en qué medida es afectada la mente.

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En tiempos no tan lejanos, hace apenas veinte años, el acceso a la pornografía se daba por medio de revistas, películas en VHS y DVDs. Actualmente, la pornografía está ahí, libre y suelta, a un mero clic del mouse, a un toque de la pantalla del smartphone. Así que no la ve quien realmente no la quiere ver. En tiempos de internet, la oferta es, paradójicamente, pornográfica. Se calcula que seis de cada diez adultos ven escenas de sexo explícito en el celular y que un 30% accede a ellas a través de la computadora. Un nuevo video porno es producido cada 39 minutos en los Estados Unidos; y una investigación de  Xbix.net, entidad vinculada al sector, indica que la facturación anual es de cinco mil millones de dólares entre los estadounidenses, incluyendo a quienes están suscriptos a sitios porno y a sistemas pay-per-view.
Un acceso tan amplio despertó la curiosidad de los científicos. ¿De qué modo la pornografía del siglo XXI, tan accesible, tan omnipresente, tan banalizada, afecta a las personas en su vida cotidiana? ¿Qué tipos de problemas de relacionamiento entre cuatro paredes puede traer? Y, yendo directo al punto, ¿la pornografía se convierte en una adicción? Investigaciones llevadas a cabo en diferentes lugares de mundo occidental muestran que desde la explosión de internet, a mediados de los ´90, la consulta por problemas sexuales en la pareja debido al consumo de pornografía aumentó, entre los hombres, un 30%, y entre las mujeres, un 10%.
Un abordaje innovador para responder a estas cuestiones es el del neurocientífico Gary Wilson en su libro “El sexo en la mente: cómo la pornografía destruye el cerebro humano”. El título es apocalíptico, pero la tesis es interesante. Para Wilson, el consumo excesivo de pornografía tiene el mismo efecto neuroquímico que la dependencia provocada por las drogas.
La pornografía ampliamente difundida por internet, dice el investigador, subvertió el efecto Coolidge, que acompaña a la mayor parte de los mamíferos desde hace milenios.
Lo natural, por evolución. El efecto Coolidge es el nombre que se le da a la renovada disposición sexual del macho delante de una nueva compañera sexual, ya al momento en que ha terminado de copular. El macho, y la hembra también solo que en menor escala, puede declinar del cruzamiento cuando dispone de solo una hembra, pero su apetito sexual se dispara cuando hay más de una, o varias.
El nombre del efecto proviene del trigésimo presidente estadounidense, Calvin Coolidge. Cuenta la anécdota que, a fines de 1920, él y su esposa visitaban, por separado, una hacienda en el interior de los Estados Unidos. A cierta altura Grace, la primera dama, observó un gallo que no paraba de copular con las gallinas, en una actividad febril. Corriendo, pidió a un asesor que la acompañaba: “Muéstrele esto al señor Coolidge cuando él pase por aquí”. El asesor le comentó la broma al presidente, que le preguntó: “¿El gallo copulaba siempre con la misma gallina?”. La respuesta fue terminante: “No, con varias”. A lo que el presidente respondió: “Dígale eso a la señora Coolidge, por favor”.
El apetito sexual renovado delante de una nueva hembra deriva del instinto en la  evolución por el cual los machos tienden a desparramar el máximo posible sus genes para ampliar las posibilidades de su perpetuación y, así, preservar la especie. Gary Wilson argumenta que la pornografía online subvierte esta lógica evolucionista. Como hay una disponibilidad ilimitada de parejas en la pantalla, el material libidinoso engaña al cerebro, que se halla delante de una multitud de mujeres.
Las imágenes producen descargas de dopamina, un neurotransmisor relacionado con las sensaciones de recompensa y de placer. Como un cerebro saludable no está acostumbrado a tamaña tormenta de estímulos, su reacción es eliminar algunos receptores de dopamina, con lo cual una cantidad menor de receptores de ese neurotransmisor reduce el efecto de la dopamina, y la pornografía que antes excitaba va tornándose aburrida. A largo plazo, va aumentando la necesidad de un aumento exponencial en la cantidad de dopamina requerida para alcanzar el mismo placer experimentado anteriormente. Las descargas de dopamina activan la producción de una molécula llamada Delta-FosB, que se acumula en el cerebro y lleva de uno a dos meses disipar, pero cuyos efectos pueden permanecer, dejando rastros.
Entre los adictos, esa molécula es la que hace la invitación insistente a experimentar de nuevo, y de nuevo, porque la dopamina está a disposición. Es la que pide más pornografía con más frecuencia y cada vez más densa, para poder alcanzar algún grado de satisfacción. Crea un círculo vicioso, de compulsión y desesperación, de picos de insatisfacción e insensibilidad.
“Con el acceso a la pornografía que ofrece internet, un chico consigue ver más mujeres en diez minutos que las que sus ancestros veían en varias generaciones”, asegura Wilson.
Discusiones. Un problema con la teoría del investigador es la falta de estudios del cerebro anclados en imágenes hechas a través de resonancias magnéticas funcionales y tomografías computadas que comprueben el daño bioquímico, como se ha demostrado con la cocaína, por ejemplo. Esa falta es consecuencia de la precocidad de tales estudios, que recién ahora comienzan a ser tomados en serio. De allí la inexistencia de comprobación científica de la relación entre el uso y el abuso de material porno con algún daño cerebral y con la dependencia mental.
Hacer estudios científicos sobre los efectos de la pornografía nunca fue tarea sencilla. En el 2009, un investigador de la Universidad de Montreal, Simon Lajeunesse, trató de realizar un estudio para entender cuáles serían las respuestas del cerebro a la pornografía. El trabajo no prosperó y fue rápidamente abandonado, dada la imposibilidad de formar un grupo de control, como los expertos denominan al grupo formado por miembros que nunca tuvieron contacto con el objeto e estudio, de modo de poder compararlo con el pelotón formado por los que sí tuvieron contacto con ese objeto. Es decir que Lajeunesse no halló hombres adultos que nunca hubiese estado en contacto con material sexualmente explícito.
Este es apenas un ejemplo de las dificultades. Y a ellas se suman que la definición de adicción en temas sexuales es totalmente controversial. Los científicos más cuidadosos creen que hay individuos con niveles más altos de deseo sexual y fuerte libido que muchas veces son erróneamente considerados como adictos solo porque sus patrones no condicen con los valores morales de ciertas sociedades. El uso incesante de la pornografía sería solo un modo de saciar su deseo.
Otro argumento que complica el panorama es que la compulsión sexual sería la causa secundaria de otros males psiquiátricos, como la fobia social o el trastorno borderline. Por lo tanto, dicen los especialistas, se recomienda el buen sentido. Lo fundamental no es la cantidad de veces en las que una persona tenga contacto con la pornografía.
Un hombre que asiste a filmes porno todos los días antes de dormir, durante una hora, puede tener mejor resueltas sus relaciones que otro que no consume pornografía diariamente, pero deja de ir a trabajar o pierde una noche de sueño para ver películas porno una vez por semana. Traducido: la práctica deja de ser saludable cuando su uso interfiere con la vida cotidiana. 

 

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