Mundo, Sin categoría / 1 de Noviembre de 2016

Mosul: la batalla contra ISIS profundiza el conflicto

Esta ciudad del norte de Irak es un punto de inflexión del poderío del Estado Islámico: perderla puede debilitarlos o llevar a la guerra total.

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Fuerzas kurdas de los peshmerga, soldados de Turquía, y milicias chiitas ayudan al Ejército de Irak en la batalla contra el yihadismo.
Fuerzas kurdas de los peshmerga, soldados de Turquía, y milicias chiitas ayudan al Ejército de Irak en la batalla contra el yihadismo.

La cuna podría terminar siendo su tumba. Mosul fue la primer gran conquista de ISIS. En la antigua ciudad del norte iraquí, Abu Bakr al-Bagdadí proclamó el “califato”, que empezó a expandirse como una mancha de aceite. Por la misma razón, su importancia geo-estratégica, perder Mosul puede implicar el fin del control territorial que hizo fuerte a la milicia exterminadora.

Cuando los jihadistas avanzaron, batallones enteros del ejército iraquí entraron en desbanda. Al ver aparecer en el horizonte las banderas negras del ISIS, los soldados huían despavoridos, abandonando en el terreno fusiles, piezas de artillería y vehículos blindados.

ISIS conquistó Mosul sin encontrar una verdadera resistencia militar. Fue en la segunda ciudad más grande de Irak donde comenzó a exhibir su delirio criminal y destructivo. Como los talibanes con los budas de Bamiyán y los museos de Kabul y Jalalabad, ISIS se ensañó con la historia pre-islámica.

El mundo observó estupefacto la imagen de los lunáticos destruyendo los Lamassus, esos colosos mitad humanos y mitad animales que vigilaban la Puerta de Nigral, entrada de Nínive en los tiempos del emperador Sanaquerib, en el siglo ocho antes de Cristo.

También se filmaron demoliendo estatuas de Hatra, otra de las capitales del imperio asirio. Lo mismo hicieron con piezas del Museo de Mosul que pertenecen a los tiempos de Nimrud, capital del imperio Neo-asirio que abarcaba desde Mesopotamia y Turquía hasta Egipto.

El mundo vio la destrucción de estatuas y templos. También vio volar con dinamita la antigua Biblioteca de Mosul, desapareciendo miles de libros de arte, historia y ciencia árabe y musulmana. Pero ese “historicidio” no fue la peor postal de aquel negro 2014 en el que ISIS se adueñó de Mosul. A los ojos del mundo llegaron también las imágenes de miles de chiitas, arrodillados en interminables hileras, recibiendo disparos en la nuca. Porque fue en Mosul donde el jihadismo supremacista suní inició el genocidio contra todo lo que la más intolerante vertiente del Islam sunita considera herejía y apostasía.

Allí comenzaron las masacres y las deportaciones en masa de chiitas, jazidíes y kurdos, así como de las comunidades árabes cristianas de los caldeos, asirios y siríacos.

Con Mosul como capital, el “califato” se extendió hacia el oeste, destruyendo la historia y la vida humana que no se sometía a sus designios. En Dura-Europos, antiguo asentamiento griego sobre el Eufrates, demolieron una de las iglesias cristianas más antiguas del mundo y una sinagoga particularmente bella. Ya dentro de Siria, destruyeron Mar Elian, monasterio cristiano de Al-Qaeyatain, dedicado a un santo del siglo IV. Y después llegaron a Palmira, la joya arqueológica que está en el corazón del desierto sirio y donde ISIS dio rienda suelta a su delirio demoledor de la riqueza histórica.

Pero esas imágenes impresionaban menos que la de las miles de crucifixiones de soldados sirios, o las decapitaciones y demás formas de ejecuciones atroces que filmaron y difundieron a través de Internet.

El poderío de ISIS tenía un corazón: Mosul. La ciudad donde recaudaban impuestos entre casi dos millones de habitantes y en cuyas afueras disponían de yacimientos petrolíferos de donde extraer y contrabandear crudo.

Perder esa ciudad clave implicará perder la principal fuente de financiamiento. Por eso es posible que la reconquista de Mosul sea un punto de inflexión para el recuperado ejército iraquí y para las fuerzas aliadas: los valerosos y eficaces peshmergas kurdos y las milicias chiitas.

Ahora bien, para que ISIS no regrese, o para que ningún otro engendro extremista controle los territorios que pierda el “califato”, el ejército iraquí y sus aliados deberán abstenerse de perpetrar matanzas como las que perpetraron tras expulsar a los jihadistas de Ramadi y de Faluya.

También los kurdos masacraron poblaciones sunitas tras vencer a ISIS en Sinjar, salvando a las comunidades jazidíes que los hombres de Al Bagdadí procuraban erradicar del mapa.

La realidad es que, a esta altura del conflicto, todas las fuerzas que intervienen representan un peligro. Turquía ignora los crímenes de ISIS mientras sigue adelante con sus bombardeos a los kurdos. Al presidente Erdogán le interesa más aniquilar kurdos que detener el genocidio ejecutado por el sunismo salafista. Incluso ha empezado a reclamar abiertamente el norte iraquí para Turquía.

En el noreste de Siria ya obtuvo el permiso de Damasco y de Moscú para bombardear a las milicias kurdas. A cambio, guarda silencio frente a los bombardeos criminales que las fuerzas aéreas rusa y siria ejecutan sobre Alepo.

El ejército turco ya ocupa territorios en el noreste de Siria. Damasco y Moscú lo permiten mientras la fuerza ocupante se dedique a la cacería de kurdos, pero la reacción será diferente si Ankara intenta quedarse en esas tierras que, igual que al norte de Irak, considera parte de Turquía como herencia del Imperio Otomano.

Si es por lo que perteneció al Imperio que desapareció tras la Primera Guerra Mundial, Erdogán podría reclamar desde los Balcanes hasta el norte de Africa, incluyendo casi todo Oriente Medio. Invocar ese pasado, como acaba de hacer el presidente turco en su afán de borrar del mapa el Kurdistán, es una preocupante insinuación de expansionismo.

Pero no es lo único preocupante en la realidad que se va dibujando en los escombros de esta guerra. Estados Unidos colabora con la recuperación de Mosul, pero del lado sirio de la frontera hace mucho menos para desmantelar el poderío de ISIS. Ocurre que en Siria, Washington especula con todo lo que pueda debilitar a Bashar al Asad, incluido el Frente al Nusra, que fue el brazo armado de Al Qaeda en el conflicto sirio hasta que se decidió una ruptura pactada con el objetivo de no perder la financiación saudita, qatarí y turca.

Abu Muhamed al Yulani pactó con Ayman al Zawahiri el alejamiento por el cual Al Nusra pasó a llamarse Frente de la Conquista, integrándose en la coalición salafista Movimiento Islámico de los Libres de Sham.

Apoyar a esos grupos, como de hecho hace Washington con sus aliados sauditas y qataríes, es apoyar al ultra-islamismo que tiene como ideología la vertiente más intolerante y cerrada del Corán.

Pero además de apoyar a milicias de esa calaña, en su afán de debilitar al régimen de Al Asad Washington ha dosificado sus ataques a ISIS en Siria, limitándose a realizar sólo aquellos que tengan que ver con la protección de los kurdos.

Para equilibrar semejante déficit, está Mosul. Allí se libra la batalla que redime a Obama de su inacción en Siria. Reconquistar esa ciudad implicará extirpar a ISIS de Irak. Falta ver si los bombarderos norteamericanos aniquilan a los jihadistas, o les permiten huir hacia Siria, para que allí sigan combatiendo a sus enemigos.

 

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