Opinión, Sitios Externos / 26 de noviembre de 2016

El monumental adiós a un dictador exitoso

Funerales monumentales para una historia con luces encandilantes y sombras oscurísimas.

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La monumentalidad de los funerales contrasta con la incidencia real en el curso de los acontecimientos. La sobredosis de imágenes alusivas en los distintos momentos de la historia de un hombre que, sin dudas, hizo historia y la protagonizó, acompañan actos diseñados para convertirse en postales imborrables. Actos donde hay multitudes que lloran y gobernantes del mundo entero que se muestran compungidos.

Los regímenes como el cubano saben hacer funerales que canonizan  las figuras para que, desde un altar de la historia, protejan a sus herederos con su sacralidad espectral. Es una de las especialidades de los aparatos de propaganda.

En muchos casos, al muerto hay que inventarle la estatura que la nomenclatura que queda en el mundo de los vivos necesita para protegerse. No es el caso de Fidel Castro. Al líder de la revolución cubana le sobra estatura histórica para facilitar las cosas a los propagandistas del régimen. Una historia con luces y sombras. Luces encandilantes y sombras oscurísimas.

La monumentalidad del funeral tiene que ver con esa estatura histórica, pero también con los regímenes ultra-personalistas, cuyos líderes impusieron la veneración de sí mismos y cuyos herederos extienden esa veneración a la muerte porque necesitan la bendición espectral. Pero la grandilocuencia de la despedida no tiene correlación con su incidencia real en los acontecimientos.

La vejez fue diluyendo la influencia de Fidel en la isla en la que imperó durante más de medio siglo, rigiendo hasta en los más mínimos detalles de la vida de los cubanos.

Su hermano había comprendido antes que él la inexorable debacle del sistema colectivista de planificación centralizada. También había comprendido que el modelo cubano sólo funcionaba con un pulmotor externo como el que le brindó la Unión Soviética. Fue Raúl quien emprendió la apertura del llamado “período especial”, pero la irrupción de Chávez y su manejo discrecional del petróleo venezolano le permitió a Fidel poner la marcha atrás, como si se pudiera volver al modelo que había eclosionado con la URSS y al que abandonaron raudamente todos los países de la órbita soviética, al igual que China y Vietnam.

La vejez de Fidel y el derrumbe de la economía chavista dejaron el poder totalmente en manos de Raúl Castro y la proa ya estaba apuntada en una dirección que el dogmatismo del crepuscular comandante ya no podía modificar.

La monumental despedida refleja el sentimiento religioso de quienes lo veneran, pero no refleja la incidencia de esta muerte en Cuba, en la región y en el mundo.

 

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