Opinión, Sitios Externos / 26 de Noviembre de 2016

Fidel murió de Trumpitis aguda

La oportuna muerte histórica de un caudillo de otra era, que fue utilizado a izquierda y derecha por los relatos de la posmodernidad política.

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Los médicos oficiales constatarán sensatamente para la posteridad que el líder cubano murió de sus achaques crónicos, agravados al límite por la vejez. Okey. Pero para el relato que América latina se cuenta a sí misma cada jornada, como una Sherezade que no quiere morir de realidad, a Fidel se lo llevó el viento de la Historia. Un viento huracanado que despeinó hasta la prolija cabellera que solían lucir los jefes de la Casa Blanca. Ahora queda al timón de Washington un jopo inestable y teñido de un oro de muy baja ley. A comienzos del 2017 asumirá Trump, que encarna simbólicamente el desconcierto norteamericano con un período histórico que arranca con la Posguerra Fría, el monopolio global de Estados Unidos que conducía aparentemente al Fin de la Historia y que, tras una crisis financiera monumental y un alzamiento terrorista sin precedentes contra Occidente, desemboca en lo que algunos teóricos –como Slavoj Zizek- llaman El Fin del Capitalismo.

Es cierto que el caricaturesco nacionalismo tradicionalista que representa histriónicamente Trump amenaza la tregua incipiente entre Washington y La Habana. Pero Fidel, que pertenece a otra era de la política mundial, ya estaba cansado como para contestar las payasadas del inminente presidente norteamericano.

Con Castro se va el último gran caudillo de la modernidad, esa etapa histórica que creía en las epopeyas, en los grandes relatos, que eran tan grandes que no cabían en los formatos mediáticos ni en los manuales de marketing político ni en las reglas de la comunicación viralizante. Trump es la apoteosis de la posmodernidad en la gestión del Estado. Es literalmente un maestro del reality, esa enunciación que burla las nociones tradicionales de realidad. Acaso por eso a Cristina Kirchner –otra diva del reality, como confirma su último videoclip judicial- le fascina el triunfo de Trump, aunque para la gilada K se trate de un fenómeno ideológico ubicado en las antípodas del credo nacional y popular latinoamericano. No es el caso de Guillermo Moreno, que ya avisó que le enviaría los manuales de doctrina peronista a la Casa Blanca.

Así de superficial, propagandista, mediático y oportunista fue el supuesto eje cubano que integraron los capos del populismo sudamericano de la última década ganada y perdida: Chávez, Maduro, Correa, Cristina y un par más se la pasaron viajando a Cuba para hacerse la foto con Fidel, ese milagro farmacológico que era el sobreviviente Castro a esa altura, para salir en la patética postal de una revolución posmoderna que ya estaba muerta antes de nacer. Para eso también Fidel estaba gastado y más allá del bien y del mal. Izquierda y derecha, lo mismo daba: la Historia ya no pasaba por ahí. Y como seguimos sin saber por dónde pasa, el escenario global precisa de un showman que nos entretenga mientras tanto. Estamos todos enfermos de Trumpitis. Solo que Fidel pertenecía a otro planeta, donde no había anticuerpos ni medicinas para sobrevivir a la payasada viral.

 

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