Mundo, Sitios Externos / 26 de Noviembre de 2016

Nicaragua, de revolución a involución

Ortega se parece cada vez más a la dinastía que derrocó la revolución sandinista.

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Una grotesca caricatura de su revolución. En eso se convirtió el sandinismo. Y su líder, en una versión bizarra de sí mismo. Daniel Ortega es hasta tal punto el reverso de lo que simbolizó en los tiempos de la lucha insurgente y del gobierno revolucionario, que terminó pareciéndose a la dictadura contra la que se levantó en armas y a la que derrocó en 1979.
La revolución sandinista enfrentó a una dinastía tiránica, fraudulenta, asociada a la poderosa compañía bananera United Fruit y al puñado de latifundistas que poseían casi todo el territorio nicaragüense. La caída de Anastasio Somoza marcó el comienzo de lo que prometía ser una revolución diferente, en el sentido de que, si bien allegada a Cuba (principal patrocinadora de la guerrilla), parecía dispuesta a no construir un régimen de partido único y no caer en el totalitarismo.
Que buena parte de la comandancia se corrompiera y se volviera autoritaria, no anulaba las diferencias que el régimen sandinista tenía con los totalitarismos de la órbita soviética.
La presencia en el gobierno de intelectuales de vocación democrática, como el escritor Sergio Ramírez, eran parte de la explicación. La otra parte era el pragmatismo de los hermanos Daniel y Humberto Ortega, uno presidiendo el país y el otro presidiendo el ejército.
La sorpresiva derrota frente a Violeta Chamorro y su coalición opositora, puso al grueso del sandinismo en posición de desconocer el resultado. Buena parte de la dirigencia del FSLN quería anular el comicio y sepultar las veleidades democráticas para construir un implacable régimen de partido único, tan totalitario como los regímenes comunistas. Si eso no ocurrió fue porque Ortega escuchó más a su vicepresidente, Sergio Ramírez, que a la nomenclatura del FSLN. Por eso, contra viento y marea, admitió la derrota y se retiró al llano, donde permaneció durante 16 años.
En el camino del retorno al poder, Ortega mostró los síntomas de la metamorfosis que lo terminó convirtiendo en lo que el joven comandante sandinista había combatido: el amo de una dinastía autoritaria y corrupta.

El mal menor

La corrupción y la ineptitud de los patéticos sucesores liberales de Violeta Chamorro, fueron la clave que Daniel Ortega supo articular para recuperar la presidencia. Cuando concluía el gobierno de Enrique Bolaño, el líder del Frente Sandinista se aseguró la victoria sobornando al ex presidente Arnoldo Alemán mediante la promesa de frenar los procesos por corrupción que lo acosaban. Aceptando el trato, Alemán dividió a los liberales y eso posibilitó la victoria de Ortega.
Desde entonces, Nicaragua fue virando hacia el realismo mágico a medida que crecía el poder de Rosario Murillo, la primera dama y principal neurona del gobierno de su marido.
Esa mujer extraña y esotérica, que desciende del prócer Augusto César Sandino, recibió una buena formación en Suiza y, sin embargo, es kitsch y estridente en su forma de vestirse, maquillarse y adornarse, posiblemente se adueñó de Ortega cuando lo salvó de la peor denuncia que lo acorraló durante años: Zoilamérica Narváez, hija de una relación anterior de Murillo, denunció a su padrastro de abusarla sexualmente desde los once años.
Su madre, en lugar de defenderla, la desmintió y la repudió, para salvar de la cárcel al esposo y padre de sus siguientes siete hijos. Desde entonces, Rosario Murillo se adueñó de Ortega, al punto de compartir el poder que él obtuvo al recuperar la presidencia. Y Nicaragua empezó a hundirse en los delirios tropicales del poder.
Monseñor Obando y Bravo, que tanto había enfrentado a la revolución sandinista, fue cooptado por la pareja que, al tiempo que se proclama “progresista”, satisface a la iglesia prohibiendo el aborto en cualquier circunstancia, censurando el matrimonio homosexual, creando el Museo de San Juan Pablo II y festejando el día de la Inmaculada Concepción con altares gigantescos en los edificios públicos y festejos desmesurados.
Además de abrazar y dar poder al catolicismo retrógrado que expresa el cardenal Obando, el gobierno de Ortega se abrazó al capitalismo otorgándole al poderoso Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP) casi todo el manejo de la economía, además de 105 leyes de corte neoliberal que el Congreso aprobó amablemente.
Con la bendición del empresariado más rico y de la jerarquía reaccionaria de la iglesia, Ortega pudo manipular una vez más la Corte Suprema, primero para que habilite una reelección suya con su esposa como vicepresidenta, y después para que le quite la representación legal del Partido Liberal Independiente (PLI) al hasta entonces ascendente economista Eduardo Montealegre. A renglón seguido, a pedido de Daniel y Rosario, los supremos jueces le quitaron las bancas al PLI y al Movimiento de Renovación Sandinista (MRS), la fuerza socialdemócrata que se formó con la diáspora del FSLN.

 

Con dinero

Ortega pudo comprar la voluntad quebrada de Edén Pastora, el célebre “Comandante Cero” que había liderado la toma de Mangua, pero después lideró una fuerza insurgente contra el régimen sandinista. La deriva que lo llevó a la pobreza, quebró la honradez del viejo guerrillero.
Lo que Ortega no pudo comprar es la voluntad de su propio hermano Humberto, que hoy toma distancia del gobierno del FSLN. Tampoco la de Ernesto Cardenal, el sacerdote poeta que fue ministro de Cultura del régimen revolucionario y que hoy describe a Ortega como el patriarca envilecido de una familia corrupta que devino en dinástica, como lo fue la familia Somoza.
Este presidente convertido en lo que el joven insurgente había combatido, ha logrado éxitos económicos que su antigua ideología le había impedido lograr en los ochenta. Pero su liderazgo es lo que el ex diplomático sandinista Edmundo Jarquin llama “nuevo autoritarismo latinoamericano”. Según este actual dirigente del MRS, el gobierno de Daniel Ortega es “clientelar con los pobres, cooptador de los sectores empresarios y heterodoxo en la forma de represión”, porque no se vale del ejército sino “de turbas, paramilitares, coerción fiscal, acoso administrativo y chantaje judicial”.
Pero el autoritarismo de Ortega no es lo novedoso. Mucho más extraño es el ingreso, de la mano de su estrafalaria esposa, en la dimensión del absurdo. Lo prueba que René Núñez Téllez haya sido nombrado nuevamente presidente del Parlamento nicaragüense.
Ese veterano de la guerrilla sandinista que por luchar contra el somocismo conoció la cárcel y la tortura, supo ganarse en la escena legislativa fama de gran negociador. Lo extraño, lo delirante, es que Ortega lo designó nuevamente al frente del poder legislativo estando muerto y enterrado en el cementerio de la ciudad de León.
El cargo figura en la lápida de su tumba.

 

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