Mundo / 3 de Diciembre de 2016

Fidel Castro, el monarca heroico

La victoria de un gigante y también un dictador. El paradojal triunfo de quien sobrevivió al fracaso del modelo que creó.

Por

Castro durante la crisis de los misiles.

De haber sido escrito en el comienzo del siglo XXI, el Manifiesto bien podría comenzar diciendo: “Una grieta recorre el mundo…”.
De un lado, hay masas convencidas de que Fidel Castro fue un gigante libertario. Del otro lado, hay masas que ven en él a un dictador tropical, un feroz tirano. La historia dirá, probablemente, que fue un gigante y también un dictador.
El gran logro de Fidel fue llegar a ser parte de la religión. Entrar en el sentimiento de quienes lo veneran. A eso no lo logra cualquier líder. Hace falta estatura histórica. Él la tuvo, y de sobra.
El otro gran logro es que buena parte de quienes lo detestaban, hayan terminado considerándolo con indulgencia. Nunca dejaron de verlo como un dictador, pero aún rechazando su régimen y su ideología, sintieron por él alguna forma de admiración.
Se lo ame o se lo odie, Fidel Castro fue admirable. Un dictador, sí, pero no un dictador más. No es la razón sino la aversión lo que hace que muchos lo coloquen en el mismo estante de otros tiranos. Como si fuera igual que el paraguayo Alfredo Stroessner o el dominicano Rafael Leónidas Trujillo. ¿Realmente se puede ver a esos dictadores, así como a los Somoza, de Nicaragua; al general guatemalteco Ríos Montt o al chileno Pinochet, como si tuvieran la misma estatura de Fidel Castro?
¿Es equiparable el líder de la revolución cubana a Mobutu Zeze Seko, el tirano que se adueñó del Congo y lo rebautizó Zaire? Indudablemente, la diferencia es oceánica. Sin embargo, Fidel fue un dictador. Y la suya fue una dictadura totalitaria.
Sólo el sentimiento con rasgos religiosos de quienes lo veneran puede no ver lo evidente: en su régimen imperó la censura, la persecución política, la discriminación a minorías como los homosexuales, y un culto personalista que encarnó en él conceptos como “patria” y “revolución”.
Un formidable aparato de propaganda convirtió a Fidel en deidad viviente. Durante más de medio siglo fue omnipresente en la vida de los cubanos. Desde los diarios, los carteles callejeros, la radio y la televisión, Fidel les decía todos los días a todos los cubanos lo que está bien y lo que está mal, lo moral y lo inmoral, lo que es patriota y lo que es anti-patria, lo que es revolucionario y lo que es contra-revolucionario.
Todos saben en Cuba que quien tuviera un hijo o un hermano que se echara al mar para huir de su paraíso socialista, quedaba bajo la lupa del aparato de inteligencia, y perdía posiciones en la nomenclatura o en el trabajo que tuviera. Lo relató Gutiérrez Alea, aprovechando las brisas de libertad que trajo el llamado “período especial”, en la película “Guantanamera”. En “Fresa y chocolate” había mostrado las persecuciones y marginaciones que sufrían los homosexuales. También ronda el relato de ese film, uno de los aspectos más siniestros del totalitarismo: la sociedad en la que la gente puede ser espía y delatora de otra gente; una sociedad en la que la delación es premiada si el delatado encuadra en lo que el régimen considera anti-patria o contra-revolución.
Para poder esbozar esas miradas críticas, además de aprovechar la apertura que implicó el “periodo especial” en la década del noventa, Gutiérrez Alea debió hacer equilibrios políticos dificilísimos. En definitiva, fue el autor de una afirmación tan castrista como también reveladora del credo impuesto: “humillar a Fidel es humillar a Cuba”.
Ese fue precisamente el legado más oscuro de Castro. En la sociedad abierta, ningún ciudadano libre siente que el gobernante y el país sean una misma cosa. Para cualquier persona que se sienta dueña de sí misma, debe ser humillante que “humillar a Fidel” equivalga a “humillar a Cuba”.
Revela también el colmo al que llegaron muchos totalitarismos comunistas: prometiendo erradicar la propiedad privada, terminaron convirtiendo países y pueblos en propiedades de sus líderes, devenidos en dueños de la vida y la muerte, de lo que leen y lo que visten, de lo que estudian y lo que producen, de lo que pueden y lo que no pueden hacer las personas que, para el sistema, dejan de ser individuos.

Simbiosis totalitaria: La identificación “patria-nación-líder” es una realización de la propaganda totalitaria. El punto culminante del culto personalista. Y a esa altura de la construcción del totalitarismo, la sociedad es una feligresía en la cual se puede alabar y decir amén en voz alta, pero no se puede cuestionar ni proclamarse intelectual y políticamente soberano, sin ser marginado y sufrir una fuerte descarga de anatemas y denostaciones.
Fidel Castro no tenía opositores, tenía disidentes. Y no es lo mismo ser opositor que ser disidente. El opositor tiene un lugar en el sistema. El disidente es un paria, está marcado desde el poder y equivale a una lacra social. “Gusano” es el rótulo que le puso el castrismo al que arriesgó el pellejo cruzando el mar para no vivir a la sombra de un dios encarnado en un líder omnipresente.
Los fieles de la isla y del mundo, en Fidel ven a un salvador de la dignidad humana, mientras quienes sienten humillante vivir bajo ese tipo de liderazgos, consideran exactamente lo contrario.
No hay punto de entendimiento entre unos y otros porque ven, en una misma realidad, cosas diametralmente opuestas. El católico practicante ve en el Papa y en los altares exactamente lo contrario a lo que ven los agnósticos y los que no creen en las religiones. Para el creyente, el Papa es un representante de Dios y los altares de las grandes catedrales expresan la relación divina entre el creador y sus creaturas. En las antípodas, el no creyente lo que ve es un hombre con vestimenta y gesticulación absurdas, usando la grandilocuencia arquitectónica de las catedrales y la imponencia de los altares para intimidar y empequeñecer a quienes deben someterse ante tanta magnificencia.
Hay una correlación entre el lenguaje propagandístico de la ritualidad católica y el lenguaje propagandístico de los actos de masas aclamando a un líder. Más clara es la correlación con los funerales como los de Fidel. Las ceremonias litúrgicas de la iglesia están diseñadas para que los miembros del rebaño se sientan obnubilados y quienes no son parte del rebaño, se sientan apartados de lo iluminado y lo bendecido por la fe.
Del mismo modo, los funerales de los líderes de regímenes ultra-personalistas están diseñados para que quienes no son parte del rebaño de los fervientemente conmovidos, se sientan al margen de la iluminación y la bendición de la historia. En ambos casos, el objetivo se logra.
En el caso cubano, la sobredosis de imágenes alusivas en los distintos momentos de la historia de un hombre que, sin dudas, hizo historia y la protagonizó, acompañan actos diseñados para convertirse en postales imborrables. Los regímenes como el castrista saben hacer funerales que canonizan las figuras para que, desde un altar de la historia, protejan a sus herederos del poder con su sacralidad espectral. Es una de las especialidades de los aparatos de propaganda.
En muchos casos, al muerto hay que inventarle la estatura que la nomenclatura que queda en el mundo de los vivos necesita para protegerse. No es el caso de Fidel Castro. Al líder de la revolución cubana le sobra estatura histórica para facilitar las cosas a los propagandistas del régimen. Una historia con luces y sombras. Luces encandilantes y sombras oscurísimas.
Pero esa no es la vara para medir la dimensión del personaje que Cuba estuvo despidiendo durante una larga semana. Eso es sólo liturgia propagandística. La vara para medir la dimensión del triunfo de Fidel, es la indulgencia y hasta la admiración de quienes no comulgan con su ideología ni con el régimen que creó.

Naturaleza de vencedor: La victoria de Fidel es la del hombre que se planta ante el poder, se atreve a desafiarlo y termina imponiéndose. Empezó a plantarse cuando era el joven abogado que escribía columnas denunciando la corrupción de un régimen miserable y entreguista. Siguió haciéndolo al organizar en la “Granjita Siboney” el asalto al Cuartel Moncada, la fortaleza militar de Santiago de Cuba. Luego, defendiéndose a sí mismo y exigiendo a los jueces que no lo absuelvan porque, a él, lo absolvería la historia.
Todo lo que vino después mostró al hombre que no cede, que lucha y que vence. El exilio en México; el regreso a la isla navegando en el Granma; la lucha en la Sierra Maestra y la entrada triunfal en La Habana.
La siguiente titánica rebelión fue contra el dictat norteamericano. Encabezar el contraataque a los invasores en Playa Girón y sobrevivir a más de seiscientos intentos de asesinato organizados por la CIA, sin que lograran domesticarlo ni neutralizarlo.
También hubo fracasos que Fidel supo ocultar en pliegues recónditos de la historia, como la invasión a República Dominicana que intentó en 1959, con un batallón de guerrilleros cubanos y dominicanos comandados por Delio Gómez Ochoa. La expedición fue aplastada por el ejército del “trujillato”.
Hubo otros fracasos que pudo ocultar con victmizaciones. Hasta levantó como un trofeo a Ilán González, el niño que vio ahogarse a su madre cuando huía en balsa de la Cuba castrista. Parecía imposible convertir en victoria semejante horror, pero Fidel lo hizo. También se despegó de las derrotas de muchas insurgencias adiestradas en Cuba y financiadas a través de La Habana. Y sobre todo, ocultó el fracaso del modelo económico colectivista de planificación centralizada, disimulado como consecuencia del inútil embargo impuesto por Estados Unidos. Algo no anda bien en un socialismo si su rendimiento depende tanto del comercio con un imperio capitalista. Teóricamente, esa relación económica debía ser perniciosa. Pero tales cuestiones elementales no entran en el razonamiento de su inmensa feligresía.
Para quienes, sin venerarlo ni comulgar con lo que ideológicamente representaba, terminaron respetándolo, Fidel fue el hombre que se plantó y ganó sobre todo cuando subsistió en el poder tras la desaparición de la URSS.

Monarca homérico: El mundo pensó que su régimen tenía los días contados, pero se mantuvo en pie. Fue un sobreviviente. Salió ileso entre los escombros del muro de Berlín; no lo destrozó haber tenido aliados monstruosos como el lunático régimen norcoreano o la dictadura del atroz Ceausescu en Rumania. Ni siquiera las cárceles llenas de presos políticos, la censura y las mareas de balseros derribaron su mito de héroe libertario.
Fue lo que en términos homéricos es el “monarca heroico”. Ese que Ulises describe en el canto II de la Iliada proponiendo a los jefes aqueos no tener muchos reyes sino “un solo amo, un solo rey; aquel a quien el hijo de Cronos otorgó el cetro y las leyes tutelares”.
El monumental funeral que lo despidió no revela lo que esas masas verdaderamente sienten. Las masas colmaron la Plaza Wenceslao en el último primero de mayo comunista en Praga y, poco después, la colmaron igual para festejar, eufóricas, el fin del comunismo.
Las multitudes pueden no significar mucho. Movilizarlas es una especialidad de la casa. Pero haber muerto con la isla aún en manos del régimen que creó, fue su última gran victoria.

 

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