Mundo, Opinión, Sitios Externos / 12 de diciembre de 2016

Colombia hora cero

No se trata de elegir entre lo bueno y lo malo, sino entre lo malo y lo peor: el acuerdo de paz y lo que podría provocar el discurso uribista.

Por

Juan Manuel Santos junto al vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden.

 

En “La sombra del águila”, cuenta Arturo Pérez Reverte la interpretación errónea que hizo Napoleón sobre la batalla de Sbodonovo.

Aquella instancia crucial del avance de las fuerzas napoleónicas sobre Rusia en 1812, era observada desde una colina por el gran mariscal francés. El panorama que veía era patético. Sus fuerzas se desbandaban a diestra y siniestra, pero en medio del desastre, el batallón 326 avanzaba directa y decididamente hacia el núcleo de las tropas rusas. Desde su punto de observación, veía a la tropa formada por antiguos prisioneros españoles en heroica ofensiva. Y envió al general Murat en auxilio de esos “héroes” que parecían inmolarse por la victoria.

Sin embargo, si hubiera observado la batalla desde otra colina situada exactamente en frente de donde se encontraba, Napoleón habría visto que, en realidad, el batallón 326 estaba desertando. Avanzaba a paso redoblado hacia el núcleo de las defensas de la ciudad rusa con el objetivo de, en un momento determinado, levantar banderas blancas y entregarse.

La batalla de Sbodonovo relatada en esa novela, siempre es útil para entender la necesidad de más de un punto de observación ante ciertas circunstancias. Es el caso del acuerdo final entre el gobierno de Colombia y las FARC para poner un definitivo punto final a la guerra.

Desde la colina de los partidarios del acuerdo, se observa un texto corregido en profundidad según lo exigido por el pueblo en el referéndum que rechazó los términos del primer acuerdo. El catalejo que ofrece Santos muestra cambios sustanciales que justifican la aprobación veloz que tuvo en el Congreso.

Pero desde su punto de observación, Álvaro Uribe y quienes lo acompañaron en impulsar el “No” que se impuso en la consulta popular, lo que ven es una estafa a la voluntad de los colombianos. Sostienen que los cambios efectuados en la renegociación son superficiales y encubren la continuidad de concesiones inaceptables.

En esa colina exigen que, por elemental coherencia, al nuevo acuerdo lo apruebe el pueblo mediante otro referéndum. Reclaman que sean los colombianos quienes tengan la última palabra, y no un Congreso controlado por el gobierno de Santos.

¿Desde cuál de las dos colinas se observa mejor la realidad del acuerdo? Lo que hizo Santos ¿fue una victoria del Estado y de la sociedad? ¿o fue una capitulación como la del batallón 326 en la batalla de Sbodonovo?

Mucho de lo que muestra el catalejo de Uribe, es cierto. En puntos importantes hubo modificaciones de fondo, pero en cuestiones sustanciales hubo retoques y maquillaje para que se vean cambios donde predominó la continuidad.

También se ve claramente que la forma más correcta de aprobación habría sido un nuevo referéndum. Si el gobierno eludió ese camino y buscó la vía rápida y segura del Congreso, fue por el riesgo de encontrar otro rechazo en las urnas.

Igual que en la campaña por el “Sí”, el presidente colombiano recurrió a falacias para alcanzar su objetivo. Eso se ve claramente por el catalejo del ex presidente. Sin embargo, ese punto de observación no es el único ni el mejor. Empezando por una realidad visible desde cualquier ángulo político: Álvaro Uribe Vélez es un hombre de rencores oscuros y portentosos.

No es rebuscado pensar que, el verdadero objetivo del líder de la derecha dura, no es el mejor acuerdo de paz, sino dañar a quien considera su archienemigo y coloca en la mira de su artillería política y verbal. Ese blanco del rencor de Uribe es, paradójicamente, el hombre con el que formó el tándem más exitoso en materia de guerra contra la vieja guerrilla: el ex ministro de Defensa y actual presidente.

Por eso, y por otras cuestiones cruciales, al acuerdo final hay que mirarlo desde la otra colina; esa desde la cual, en la campaña por el referéndum, se veía la importancia del “Sí”.

Desde allí, se ve claramente es que el discurso uribista contra los acuerdos de paz tienen el eco de los discursos de los conservadores en la década del 40 y de la ultraderecha de la década del 80.

En la antesala de las elecciones presidenciales que iba a ganar el candidato que propiciaba la reforma agraria, el Partido Conservador y los latifundistas de aquel tiempo atosigaron con el discurso de que el comunismo se implantaría en Colombia. ¿El resultado de aquel mensaje falsario y agitador? Juan Roa, un sicario de los conservadores, abatió al brillante Jorge Eliéser Gaitán, el candidato que estaba por ganar la presidencia en las urnas y cuya muerte, en 1948, motivó el nacimiento de las milicias campesinas.

Un discurso similar tumbó de la peor manera, mediante un genocidio, el acuerdo de los años 80 entre Belisario Betancur y el fundador de las FARC, Jacobo Arenas.

Aquel intelectual marxista había comprendido que la irrupción en la selva de las plantaciones de coca, los laboratorios para elaborar cocaína y las pistas clandestinas para las avionetas de los narcotraficantes, implicaría un formidable negocio para los grupos armados, pero también la inexorable declinación moral de la guerrilla.

Arenas entendía que el narcotráfico enriquecería y también envilecería a las FARC. Por eso quiso poner fin a la guerra negociando con Betancur. Por aquellos acuerdos se desmovilizaron las Autodefensas Obreras; el frente Simón Bolívar, del ELN, y el bloque Antonio Nariño, de las FARC. Los desmovilizados formaron la Unión Patriótica (UP) y pasaron de la lucha armada a la contienda política.

La UP conquistó decenas de alcaldías y bancas en consejos comunales y en Congreso nacional. Pero el discurso ultraderechista comenzó a generar el odio que precedió a la aparición de legiones de sicarios que se asesinaba a los desmovilizados.

Cuatro mil miembros de la UP fueron asesinados, entre ellos los dos candidatos a presidente, Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo. Así se aniquiló una oportunidad de pacificación.

Como Jacobo Arenas estaba convencido de que permanecer en la selva sólo podía conducir al envilecimiento de las FARC, insistió en negociar. Trata de convencer al resto de la comandancia de retomar las negociaciones, ahora con el presidente César Gaviria, cuando un ataque al corazón terminó con su vida en 1990.

El discurso de Uribe para imponer el “No” y luego para invalidar el nuevo y definitivo acuerdo aprobado por el Congreso, se parece al discurso conservador que instigó el asesinato de Gaitán, y al de la ultraderecha que en los ochenta, difamó los acuerdos que terminaron sepultando los sicarios.

Una tercera colina mostraría que en Colombia no se trata de elegir entre lo bueno y lo malo; sino entre lo malo y lo peor.

Desde ese punto de observación, se vería claramente que lo peor no es el acuerdo de paz, sino lo que podría provocar el discurso uribista.

La cuestión está en elegir el mejor punto de observación, para no equivocarse como Napoleón en la batalla de Sbodonovo.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *