Libros / 21 de diciembre de 2016

Las niñas de Santa Clara: El otro periodismo

“Las niñas de Santa Clara”, de Gabriel Sosa. Aquilina, 202 págs. $ 220.

Por

★★★★ Gustavo Larrobla es periodista. O, según sus patrones profesionales, era periodista. Ahora sobrevive haciendo notas “ambientadas” para “Posmo”, una revista de “tendencias”. Como todo protagonista de la policial negra, es escéptico hasta el cinismo, tiene poco dinero y empiezan a acosarlo los años (se limpia maniáticamante los dientes con hilo dental para no perder un colmillo). Sin embargo convive a medias con Luciana, una muchacha “energética” que no es la primera y quizá no será la última. Como en casos anteriores, es él mismo quien socava la relación, intrigado por su carisma para las mujeres jóvenes y activas.
De pronto, la dueña y directora de “Posmo” decide pagarle los viáticos para hacer una nota “a la antigua”: ir a un pueblo de frontera e investigar un caso de abuso sexual infantil. Estará cuatro días en Santa Clara. En ese periplo descubrirá que es bastante más crédulo de lo que él cree. Desfilarán diversos personajes que lo irán internando en un laberinto que abarca dos localidades separadas por un río, y otros sitios del propio Uruguay, cercanos incluso a Montevideo.
Gabriel Sosa tiene una amplia carrera en el periodismo de investigación, publicó “Qué difícil es ser de izquierda en estos días”, libro de cuentos, y dos novelas policiales escritas en colaboración para esta misma serie: “El doble Berni” y “Los muertos de la arena”. Ha ido elaborando un estilo propio, donde se combinan la precisión extrema para observar y un humorismo entre desopilante y sutil.
Ese estilo obtiene un rendimiento particular en este caso. El avance de la desilusión y el límite es el de otras policiales, pero no está expresado con fórmulas del género sino con las ambigüedades y la solidez de una novela realista. La pintura de personajes es sintética y detallada: una locutora, un cuidacoches repulsivo y, muy en especial, Walter, dueño de un lugar nocturno de bebida y sexo, en una larga secuencia de revelación casi filosófica de la trama social.
El resultado es notable: pinta una ciudad chica del interior uruguayo con nitidez, y sugiere latidos complejos que no suelen abundar en las policiales recientes. Como en “Dejen todo en mis manos” de Mario Levrero, el espacio exterior es el paisaje geográfico y humano del interior.

 

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