Libros / 21 de Enero de 2017

Stoner: la máquina del tiempo

De John Williams. Fiordo, 302 páginas. $ 320.

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★★★★ Esta novela al parecer realista, y sorprendente por la calidad de su escritura, fue publicada por primera vez en 1965. El autor estaba convencido de su importancia y así lo declaró. Pero el título pasó más o menos desapercibido durante 40 años. En 2006 fue creciendo su importancia, a partir de la reedición de New York Reviewof Books, 12 años después de la muerte de Williams. Su carácter de obra maestra fue creciendo en Europa, y bastante menos en Estados Unidos. Registra un camino de fracasos y vida al parecer limitada, más duro de tragar para sus compatriotas y su inconsciente colectivo, creyente firme en la felicidad final.
La primera página anuncia ya el tono de la vida del protagonista, William Stoner, desde su ingreso en la Universidad de Misuri en 1910, en plena Primera Guerra Mundial (a los 19 años), hasta doctorarse ocho años después, para dictar cátedra y después de morir en 1956. En ese periplo supera los límites de la dura vida rural con los padres, se casa con la mujer equivocada, tiene una hija con la que se lleva bien (pero cuyo vínculo es destruido por su mujer), enfrenta la envidia y el bloqueo de su carrera por un alto funcionario jorobado, y culmina con la jubilación, poco antes de la enfermedad final.
El asombro que causa la lectura es el estilo minucioso o lírico, por el modo en que capta un contradictorio transcurso, donde Stoner vive una vida dura sin cambiar su destino con ningún tipo de heroísmo. Para el momento de su primera aparición, se vivían los intensos años ’60. Pero al reeditarse en los años 2000, los nuevos lectores lo reciben como actual, por la fuerte presión de fracasos sociales, transformados en contrapesos ante los que Stoner no puede reaccionar. En aquellos años habría sido casi incomprensible. Leída hoy, parece haberse convertido en una especie de máquina del tiempo, que en su decisión de registrar lo real como es, transmite una vida llevada a la más alta sensibilidad, a pesar de su opacidad, gracias al estilo.
Algún momento pasajero puede sonar repetido, como la larga, amarga y cruel rencilla con autoridades y colegas universitarios para discutir la aceptación de un alumno, para él digno de ser expulsado. O las páginas finales de enfermedad y muerte. Otros escribieron tramos semejantes algunos años después de Williams. Pero todo se impone con el tono sereno y firme de una obra maestra.

 

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