Economía, Sitios Externos / 5 de Febrero de 2017

Desafío 2017: el laberinto de la macroeconomía

El arranque del segundo año de Macri pone en evidencia la complejidad de la herencia K y el precio a pagar por los errores propios.

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Los ajustes del 2016 no cumplieron con las expectativas PRO de recuperación. Ahora va por más, antes de la urgencia electoral.

“No hay nada más elástico que la economía”, le comentó el General Perón a Carlos Ibáñez, entonces presidente de Chile, en 1953. Siendo al extremo reduccionistas podemos decir que en el error de tomar por valida esa premisa falló el segundo gobierno de Cristina Kirchner. Pongámonos en la mente del policy maker que cree que la voluntad política está por encima de la lógica de la economía. La pregunta genérica que se hace es: ¿Puede ser la economía tan elástica como, digamos, un cuento, una narración, o un relato?

El kirchnerismo especificó esa pregunta así: ¿es posible mantener planchadas las tarifas de los servicios públicos y el tipo de cambio, e incrementar en forma sostenida los salarios a modo de cumplir el relato de “redistribución + mercadointernismo + vivir con lo nuestro = desarrollo”? La respuesta, largamente anticipada por los conocedores de la historia argentina, es que no: los atrasos en tarifas y tipo de cambio son como una bomba de tiempo: dan calma en el corto plazo pero mejor no mirar más allá. Las dudas sobre la sostenibilidad suelen manifestarse en un creciente desequilibrio en las cuentas macroeconómicas: en el frente fiscal por el rezago tarifario y en el frente externo por el rezago cambiario.

Persistentes déficit fiscales y externos pueden mantenerse por un tiempo si hay financiamiento disponible y los niveles iniciales de deuda son bajos. Con mercados financieros cerrados por el default post-crisis de 2001, el kirchnerismo optó por refugiarse en políticas de posguerra: “cepo” a la demanda de divisas para controlar el desequilibrio externo y emisión monetaria para financiar al déficit fiscal. Nada salió como el gobierno pensaba: los resultados, en vez de mejorar, empeoraron. El cepo, por ejemplo, era completamente ajeno en su diseño a las complejidades de los comportamientos en el mercado de divisas; terminó sin sorpresa por restringir las importaciones ligadas al nivel de actividad.

El resultado fue un anacronismo impensado: un “Stop & Go” que abortaba cualquier atisbo de crecimiento sostenido.

En los primeros meses de gobierno, Mauricio Macri trató de atacar todos los frentes simultáneamente: el período presidencial se inauguró con una fuerte devaluación a fines de 2015, a la que le siguió un drástico ajuste tarifario a comienzos del segundo trimestre de 2016. Además, el gobierno cumplió el compromiso de remover el cepo cambiario, concluir la renegociación con los holdouts y cortar la monetización del déficit fiscal.

Pero a poco camino hubo que virar el rumbo. Se puso rápidamente de manifiesto que el ajuste fiscal requerido para estabilizar las cuentas públicas llevaría la tensión social a niveles difíciles de administrar para una coalición que se estrenaba en la política nacional y contaba con minoría en ambas cámaras del Congreso. El gradualismo fiscal pasó entonces de ser una opción de política a convertirse en garante de la gobernabilidad. La suba del tipo de cambio requerida para revertir el déficit de cuenta corriente, a su vez, nunca llegó a materializarse por la fuerte entrada de capitales, motivada a su vez por el gradualismo fiscal que demandaba la política.

Tres conclusiones resaltan de este primer año de gobierno. La primera, que el diagnóstico oficial inicial subestimó la magnitud de los problemas a enfrentar: se creía a pesar del ajuste del tipo de cambio y de las tarifas la economía iba a crecer y la inflación se iba a moderar. Había mucho de apuesta de Pascal en esa actitud: en Argentina los shocks de devaluación y ajuste tarifario llevaron a recesión y aceleración inflacionaria (salvo en 1967, con represión salarial, devaluación compensada y controles de precios). La segunda, que no existió un plan sistémico que revele las relaciones entre las variables mencionadas: cada área económica se ocupó exclusivamente de sus objetivos, sin siquiera medir la magnitud del “fuego amigo”. La tercera, que la contracara del gradualismo fue el tibio avance en las correcciones de los precios relativos.

Las perspectivas macroeconómicas para 2017 están determinadas en buena medida por la agenda de la política –más específicamente las elecciones de medio término–. Todo lo que sirva para maximizar la afluencia de votos en la elección de 2017 tiene la preferencia. ¿Qué tipo de macroeconomía alentaría un gobierno en los meses previos a una elección? Si la corrección de los desequilibrios tiene efectos negativos para la macro de corto plazo, el oportunismo político demandaría un sendero diferente. En esta línea, es más esperable un mix de políticas que privilegie la recuperación rápida de la economía, sin demasiada atención sobre la sostenibilidad posteleccionaria de dicha dinámica.

Así, un gobierno oportunista en términos políticos retrasaría la suba de tarifas, necesaria para balancear las cuentas fiscales y energéticas en el mediano plazo. El oportunismo político también lo tentaría a utilizar al tipo de cambio nominal como ancla para los precios, aún a costa de una profundización del desequilibrio en las cuentas externas. Se buscaría una expansión salarial por encima de la inflación, de manera que el consumo privado aparezca como un determinante del crecimiento. Además, el componente discrecional de la política fiscal mostraría sesgos expansivos, de manera que el consumo público apuntale la recuperación. Quizás algo de inversión pública podría acompañar esta dinámica. Otra vez, un crecimiento basado en el consumo no está destinado a durar en el tiempo.

Esta estrategia presenta dos riesgos en términos macroeconómicos.

El primero, que el oportunismo político impone costos a la macroeconomía postelecciones, asociados a la profundización de los desequilibrios externo, fiscal y energético. Dos opciones aparecerán allí: aprovechar la pequeña ventana que se abre antes de que se piense en las presidenciales de 2019 para corregir la macro, o jugar las fichas a dejar la corrección para el próximo gobierno. En el primer caso, se pagarán costos de procrastinación, por ejemplo a través de una aceleración de la inflación. En el segundo, habrá que ver si el sendero de endeudamiento lo permite.

El segundo riesgo macroeconómico es más de corto plazo: la estrategia tenía sentido con una economía internacional de tasas de interés casi-cero y precios de commodities relativamente altos, un mundo que difícilmente estará disponible este año. Mercados financieros volátiles, reversiones de financiamiento y el vuelo a la calidad implicarían para el gobierno financiamiento externo caro y escaso.

¿Hay formas de salir de este laberinto? Quizás sí: se podría definir y comunicar un sendero temporalmente consistente de corrección de los desequilibrios macroeconómicos. Las decisiones de los principales actores económicos dependen menos de resultados inmediatos de dudosa sostenibilidad que de la confianza en la perdurabilidad de la estrategia adoptada. Sólo si se trabaja en ese sentido será posible discutir estrategias de crecimiento sostenido.

Poco ha avanzado el gobierno en este camino. Esperemos que eso sí cambie.

*Economista e investigador asociado del CEDES

 

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