Sociedad / 5 de Febrero de 2017

El hijo de un ex director de NOTICIAS le escribe al hijo de Cabezas

Los dos se llaman Juan y tienen la misma edad. Un testimonio conmovedor del periodista más joven de NOTICIAS sobre dos historias de vida cruzadas por el brutal asesinato del fotógrafo.

Por

Documento. Cabezas (de pie), Gustavo González, Silvia Fesquet y Héctor D'Amico entrevistando a Menem.

Los dos nos llamamos Juan. Ambos tenemos 24 años. Seguramente nos gustan cosas parecidas. El fútbol, los amigos, una cerveza fría, una noche larga. Cosas de pibes de nuestra edad. Quizás piense, como yo, que Charly García y Diego Maradona son de lo mejor que le pasó al suelo argentino. Pero quizás no: en verdad no lo conozco. De lo que estoy seguro es que nuestros viejos sí tenían algo en común. Uno y otro decidieron, en algún momento de sus vidas, dedicarse a hacer preguntas que parecían no tener respuestas, y a contar lo que los de arriba no querían que se sepa. Ese camino los cruzó y los hizo conocerse en los pasillos de la misma redacción. El papá de Juan inculcó en el mío algo que sé que no es fácil de lograr en él: profundo respeto. “No sé cómo hacía para inventar esas fotos espectaculares”, me contó mi viejo más de una vez.

Me acuerdo cuando conocí al papá de Juan. Debía tener algo más de diez años, y entraba por primera vez al lugar donde el hombre que me engendró se pasaba más de la mitad de su vida y perdía aceleradamente el pelo. Apenas pasé el umbral de la vieja redacción de Chacabuco, el padre de Juan me estaba mirando. Tengo el vago recuerdo de que me impresionaron esos ojos, que no sabía a quién pertenecían, pero que vigilaban desde un muro a todos los que entraban en aquel lugar. Desde ese momento, cada vez que iba a visitar a mi padre a su trabajo me pasaba un rato mirando al de Juan.

Con los años me fui enterando de su historia. Haciendo memoria, se me aparecen las difusas imágenes de un verano de 1997 que mis padres pensaban pasar en Villa Gesell, pero que hubo que cancelar a las corridas en los días previos. Luego de eso vino una época donde mi papá no estaba casi nunca en casa y donde veía a mi vieja sacando canas, aunque en verdad no entendía demasiado lo que estaba pasando. Lo que sí me acuerdo a la perfección fue el momento en el cual me empecé a interesar realmente por el papá de Juan. Debía ser el 2010 y mi viejo se levantaba todos los días a las seis de la mañana para escribir a contrarreloj el libro que contaría la historia del medio donde conoció al padre de Juan. Sabía que algo no andaba bien por esa forma asturiana que tiene mi papá de tragarse los problemas y aguantárselo sólo, que se nota aunque él piense que no. Estaba en fecha de entrega, había terminado todo el libro, pero le faltaban dos capítulos y la editorial lo apuraba. “Es que no los quiero escribir. Me cuesta”, me contó una mañana, y adiviné el dolor en sus ojos, la pesada tarea de tener que volver a revivir esa tragedia.

Escribo esto desde Pinamar, trabajando para la revista donde José Luis y Gustavo se conocieron, y cerca de donde asesinaron al primero. Tuve la desgracia –no hay otra manera de decirlo- de entrevistar a uno de los asesinos del papá de Juan y encontrar a otro. Ambos están libres, con sus familias y con la lejanísima posibilidad de volver a prisión. Compartí cuarto, comida, y cientos de horas de trabajo con Eduardo Lerke, el fotógrafo que en ese 1997 cubría la temporada para la revista Caras. “El Flaco” vivió muy de cerca toda la tragedia: fue el último en despedirse de José Luis en la tristemente famosa fiesta de Oscar Andreani, y luego se quedó en la costa para cubrir, valerosamente y con el dolor a cuestas, el caso. Gabriel Michi, amigo y compañero de José Luis, me dijo en estos días, cuando tuve la suerte de conocerlo: “Vos sos yo hace veinte años”. Ambos, todos, lagrimeamos a escondidas en algún momento de este verano, con sensaciones diferentes, pero siempre con la sombra del papá de Juan presente.

Hace poco me llegó el nombre del hijo de José Luis. Estaba en medio de una nota cuando uno de los entrevistados me reveló que el descendiente del fotógrafo había trabajado a sus órdenes. Me pareció un dato curioso y me prometí averiguar más, pero después se me traspapeló en medio de los apuros del trabajo. Luego tomó fuerza cuando leí el nombre del hijo de José Luis en una revista. Días después los engranajes se habían empezado a mover, sin que yo lo supiera, y en un momento encontraron forma definitiva: hablando, a metros de la cava de General Madariaga donde asesinaron al papá de Juan, con Cristina, la viuda, descubrí que no sólo compartíamos nombre sino también edad. Empecé a preguntarme un montón de cosas.

Fue mi padre el que un día de 1991 decidió, cantándole retruco al poder, empezar a investigar a Alfredo Yabrán. Fue también él el primer periodista que lo entrevistó y el que lo volvería a hacer en tres ocasiones distintas. Fue Gustavo, mi viejo, a quien Yabrán le dijo, mirándolo a los ojos y con una mesa de distancia, que sacarle una foto a él era como pegarle un tiro en la sien. Es decir: la peligrosa amenaza que el oscuro empresario le hizo a mi padre se materializó en el padre de Juan. Fue mi viejo quien describió a Yabrán, por primera vez, y fue el papá de Juan quien lo sacó a la luz con su cámara.

¿Podría haber sido mi viejo la víctima de esa mafia que trabajaba bajo el amparo del poder político? ¿A Yabrán alguna vez se le ocurrió matar a Gustavo? ¿Hubiera sido mi viejo al que esa banda delincuente hubiese llevado esposado, golpeado, a un agujero de tierra para rematar de dos tiros? ¿Dirían “No se olviden de González” las pancartas? Y la contracara de estas preguntas: ¿Sería este, el que escribe, el Juan sin padre? ¿Tendría que haber pasado yo mis 24 cumpleaños sin su presencia? ¿Hubieran sido los ojos miopes de mi viejo los que miraban al otro Juan en esa vieja redacción? ¿Sería quien soy hoy?

También hay otras incógnitas aún más dolorosas. Lo que podría haber sido si no hubieran sido solo nuestros padres, y algunos valientes periodistas más, los que hubieran investigado a Yabrán. Si la mayoría de los medios, los políticos de turno y la Justicia no hubieran hecho la vista gorda. Si mi padre, o el de Juan, hubieran tenido en aquellos años ’90 el amparo sociopolítico que todo periodista debería tener. Quizás, si todo eso hubiese pasado, hoy conocería a Juan en el mismo lugar donde nuestros padres se conocieron. Quizás, como yo, el otro Juan hubiese heredado la profesión de su padre, y así compartiríamos una temporada, algunos trabajos y varias risas. Pero quizás no: en verdad no lo conozco, aunque seguro algún día lo haré.

 

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