Mundo / 12 de febrero de 2017

Evo Morales reaviva sus aspiraciones a una cuarta presidencia

Mientras Rafael Correa deja el poder el Ecuador, el presidente boliviano se afirma como el último pope del populismo.

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“Hay un solo Fidel, un solo Gandhi, un solo Mandela y un solo Evo”, lo ensalzan sus colaboradores más cercanos. En la palestra un chavista, pero en la práctica un lulista. O con el corazón a la izquierda y el bolsillo a la derecha, como lo definen los analistas a Evo Morales, el presidente del Estado Plurinacional de Bolivia.
En 2015 renovó para un tercer mandato (2015-2020), y todo indica que completará sin problemas los 15 años de gobierno (2006-2020), el período más largo para un jefe de estado boliviano en la historia de país.
En febrero del año pasado perdió el referéndum nacional para modificar la Constitución y así permitirse un cuarto mandato (hasta el 2025), sin embargo sus partidarios no se dan por vencidos y confían en que habrá una nueva chance de reforma hacia fines de 2017.

Números

La gran diferencia con otros populistas de la región es que a Evo no se lo comió el relato. Con el bolsillo a la derecha, a lo Lula, su principal  fortaleza es justamente haber devuelto la estabilidad económica a Bolivia (lo social y político van de la mano), que registra un crecimiento sostenido anual de alrededor de 5% desde que asumió la presidencia en enero de 2006.
Las claves: generación de grandes ingresos fiscales y el control del gasto público. Desde mayo de 2006, cuando el gobierno nacionalizó la industria de hidrocarburos, que significó un aumento en los ingresos de 673 a 5.800 millones de dólares (atado a la creciente demanda de gas natural de Brasil y Argentina), la economía boliviana nunca más sufrió.
Esos ingresos se orientaron a infraestructura y desarrollo social, para beneficiar a los de menores ingresos con subsidios y planes sociales. El resultado: la pobreza extrema bajó del 38% al 18 % (cifras que hasta el Banco Mundial aplaude). Evo ha establecido programas de pensiones para los adultos mayores; incentivos económicos para evitar la deserción escolar; y planes para reducir la mortalidad materno-infantil.
Todo lo anterior, en Venezuela y en menor grado en Argentina, implicaron adentrarse en una crisis económica que consumió reservas y potenció la emisión disparando procesos inflacionarios.
Pero en Bolivia los presupuestos están equilibrados: hay superávit fiscal y reservas (desde 2013 están en US$15.400 millones, el  nivel alto histórico de la economía boliviana). La inflación, la deuda externa y los gastos públicos están bajo control. Y tanto Evo como sus principales funcionarios dan muestras de austeridad al rebajarse sus salarios, y transparentar los gastos de su gestión. Los recurso mineros y energéticos juegan un papel importante en la economía boliviana. Hace pocos días, Morales anunció la creación de una Secretaría de Energía, que tendrá la responsabilidad de impulsar la generación de electricidad a partir de fuentes convencionales y alternativas. “El gas puede acabarse, las plantas hidroeléctricas, la energía solar, la energía eólica, la geotérmica, nunca se van a terminar”, explicó Morales en un acto público celebrado en La Paz.

Rerereelección

Entre 2007 y 2008, no fueron pocos los analistas que dijeron que él y su plan de “refundar” Bolivia estaban condenados. Entonces Evo no daba tregua y acusaba a sus opositores de “separatistas”, “terroristas”, “derechistas” y “neo liberales”. Pero el relato sólo es necesario cuando los números no cierran. Hoy, con la economía a su favor, el presidente boliviano se corre al centro.
Evo tiene 58% de imagen positiva, y aunque 63% rechaza que se postule por cuarta vez a la presidencia, confía en revertir la opinión a medida que se avance la segunda mitad de su mandato y no aparezca otro sucesor digno.
Su partido (MAS) estudia mecanismos constitucionales para habilitar su nueva candidatura. Mientras tanto, la oposición se muestra débil y poco aglutinada para representar una fuerza alternativa.
Evo “conducción” arrancó el 2017 con una reforma ministerial: nombró a diez nuevos colaboradores y ratificó otros diez con la perspectiva de habilitar su candidatura de cara a las elecciones 2019: el consejo de ministros que lo acompaña estará conformado por 20 autoridades (sólo cuatro son mujeres). “Hay que seguir trabajando y planificando”, remarcó en su último discurso Morales. El gobernante aseguró que el nuevo “gabinete político” está enfocado en la denominada “Agenda 2025”, considerada la mayor estrategia estatal del país andino. “Quiero que sepan, y lo digo públicamente: no queremos servidores públicos que estén chupándome las tetillas”, dijo a su grupo de ministros.

Soltar la Correa

Esta semana se celebrarán además las elecciones ecuatorianas (el 19) y habrá nuevo líder. Rafael Correa no quiso lanzarse a buscar un tercer periodo teniendo en cuenta, como reconoce en privado según los diarios ecuatorianos, “las experiencias negativas de Argentina y Bolivia”. “Sobre todo, el caso de Evo Morales, quien a pesar de contar con una alta aprobación en su gestión, perdió un referendo que le hubiese autorizado a lanzarse para un nuevo periodo presidencial. Correa, no quiso arriesgar y prefirió aplicar la jugada rusa: ser el poder detrás del trono”, explican. Así, el predidente apoyó la fórmula de sus ex vices, pero seguirá siendo el gran referente político.
Sin embargo, todo indica que el gobierno de Lenin Moreno tendrá otra impronta. “Lenin Moreno trabaja mejor en equipo, sabe escuchar, acepta las divergencias y busca acuerdos”, dicen miembros del actual gabinete. La crítica por elevación al actual mandatario se atenúa cuando las mismas fuentes coinciden en que “sin Correa no hubiese sido posible la revolución ciudadana”.

 

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