Economía / 15 de febrero de 2017

Una mirada brasileña sobre la economía de Macri

El populismo cambiario y la austeridad fiscal es el destino de las políticas liberales en países ricos en recursos naturales.

Por

Luiz Carlos Bresser-Pereira.

El pedido de renuncia que Macri le hizo a Alfonso Prat-Gray fue una reacción a la política liberal que él mismo adoptó y que agravó la situación de la economía argentina: la inflación subió al 42% por la fuerte depreciación cambiaria al momento del cambio de gobierno. Sin embargo, el peso ya está volviendo a recuperarse, el país volvió a caer en déficit en cuenta corriente (balanza comercial, de servicios, rentas de la inversión y transferencias corrientes), las empresas manufactureras perdieron competitividad y la producción industrial cayó 5%. La economía, que crecía paulatinamente, entró en recesión y el índice de pobreza alcanzó al 32%.
Los resultados negativos eran previsibles. Del mismo modo que sucede en Brasil y el resto de los países que sufren la ‘enfermedad holandesa’ (efectos perjudiciales del ingreso significativo de divisas por exportación de recursos naturales), el liberalismo económico no es compatible con el crecimiento de la economía. Solo será si creemos que estos países pueden desindustrializarse y crecer más rápido que los países ricos. Australia es una excepción, pero allí solo fue posible porque el país ya había conseguido industrializarse con el apoyo del Estado y porque los salarios en la explotación minera de hierro son tanto o más altos que los de la industria. Cuando esto sucede, la ‘enfermedad holandesa’ deja de ser un problema porque la transferencia de la mano de obra de la industria hacia la explotación minera no implica una reducción en la renta per cápita marginal.
Anticipé el fracaso del liberalismo económico en la Argentina en 2010, cuando la entonces presidente Cristina Kirchner buscaba cerrar un acuerdo con los fondos acreedores para volver a endeudarse en moneda extranjera. Los políticos con enfoque desarrollista clásico, como Kirchner, y aquellos con una perspectiva liberal, como Macri, creen en la política de crecimiento con endeudamiento externo, pero es una política populista y dependiente: populista porque una mayor apreciación de la moneda nacional se traduce en rentabilidad (salarios, intereses, dividendos, alquileres) más alta para todos y un mayor consumo, pero no implica más inversiones, incluso si el dinero extranjero entra al país como inversión directa; dependiente, porque el déficit en cuenta corriente legitima las inversiones de las multinacionales.
La verdadera legitimidad de las multinacionales se encuentra en la tecnología que traen o en la apertura de los mercados de otros países, pero sabemos cuán económicas son en estos dos puntos. La entrada neta de capitales solo se justifica en los escasos momentos que el país crece aceleradamente. Esta explicación se basa en la macroeconomía con enfoque neodesarrollista que economistas brasileños y argentinos han desarrollado en los últimos años. El enfoque desarrollista clásico definió el desarrollo económico como un cambio estructural, o sea, la industrialización. Pero los desarrollistas clásicos no conocían la ‘enfermedad holandesa’ ni tenían una teoría formada sobre la determinación del tipo de cambio. Ellos sabían que, una vez que se terminara el desarrollo a través de la exportación de commodities, desarrollar un país significaba industrializarlo, y tomaban todas las medidas que parecían dar resultados: aranceles elevados de importación, controles cuantitativos de importación, subsidios de varios tipos, múltiples tipos de cambio, política de minidevaluaciones. Al hacer esto pensaban que utilizaban el argumento de la “industria infante”, de Alexander Hamilton y Friedrich List, pero ésta era solo una parte de la verdad. Esas políticas también funcionaban porque neutralizaban la ‘enfermedad holandesa’ y lograban que la industria fuera competitiva.

E n los 90 los países latinoamericanos cambiaron su régimen de política económica de desarrollo por el liberalismo. Los mecanismos pragmáticos que neutralizaban la ‘enfermedad holandesa’, incluidos en el sistema comercial y financiero, se desarmaron sin que las autoridades responsables lo notaran, y las empresas industriales comenzaron a tener una gran desventaja competitiva, siempre que no fueran meras maquilas. La desindustrialización se desencadenó y fue desfavorable para los países latinoamericanos.
Actualmente vemos al presidente argentino frustrado: pagó caro a los fondos buitres para recuperar el crédito externo y vemos otra vez populismo cambiario combinado con austeridad fiscal. Este es el destino de los gobiernos liberales. Los gobiernos con enfoque desarrollista tienen una ventaja: no creen que el mercado sea tan eficiente como suponen los liberales, pero también sufren la tentación del populismo cambiario y fiscal. No sorprende que la Argentina, como los demás países latinoamericanos, se quede atrás de los países del este de Asia que pocas veces caen en déficits en cuenta corriente.

*Exministro de Hacienda y Reforma del Estado de Brasil.

 

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