Cultura / 16 de Febrero de 2017

Festival en Corrientes: el chamamé de fiesta

Artistas locales e invitados renuevan la celebración del gran ritmo del Litoral. La sombra de Cosquín.

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Fue una pena que la mayor celebración del chamamé en el país tuviera semejante rebote a partir de unas expresiones desafortunadas del Chaqueño Palavecino –un par de chistes sexistas y de tintes homofóbicos que el músico dijo durante su show–. Este encuentro, que es el epicentro de la gestión cultural de la provincia –en cabeza de Gabriel Romero, presidente del Instituto de Cultura, y de Eduardo Sívori, director y productor general– es el hermano menor de Cosquín por su repercusión nacional; por caso, la TV Pública transmitió el festival serrano todos los días y emitió sólo un extenso resumen del correntino. Pero es, al mismo tiempo, una propuesta que se recorta por su personalidad, por su independencia, por su orgullo de pertenencia y por sostener en alto al género que le da título.
La que concluyó fue la “27ª Fiesta Nacional del Chamamé” y la “13ª Fiesta del Chamamé del Mercosur”. Hubo más de 100 propuestas artísticas y más de 2.000 personas pasaron por el escenario Osvaldo Sosa Cordero, entre cantantes, músicos y bailarines. El anfiteatro Mario del Tránsito Cocomarola volvió a ser testigo de la presencia de visitantes paraguayos y brasileños y a recibir a artistas que pueden tener su origen en otros géneros, más o menos cercanos, pero que tienen que cumplir con la condición de incluir chamamé en sus repertorios. Y con ese orgullo localista, los conductores de las largas jornadas musicales y dancísticas, hablaron de la “Capital nacional del Chamamé” y de la “Nación chamamecera” y exaltaron una música que, al menos con ese nombre, es de las más nuevas que tiene el folklore argentino. Una curiosidad nomás, pero la primera vez que se publicó un disco con esa denominación fue para “Corrientes Poty”, una pieza de 1930 de Diego Novillo Quiroga y Francisco Pracánico, un bonaerense de San Fernando que logró su fama sobre todo como compositor y músico de tango.
Para la crónica, puede agregarse además que de las diez noches de festival propiamente dicho –este año fueron nueve porque una debió suspenderse por cuestiones climáticas–, este encuentro incluyó las bailantas –juntadas populares de danza y artistas más o menos consagrados en los municipios de Santa Ana, San Cosme, Riachuelo y El Sombrero–, las “retretas” y “serenatas” –actuaciones más libres en diferentes puntos de la ciudad y el interior–, un festival de cine temático y un foro de cultura chamamecera. Hubo toda una actividad previa de preselección de bailarines, cantantes y músicos en las “prefiestas”. En esta edición, pagaron entradas, a $ 100 por noche, unas 150.000 personas, que pueden llegar a 200.000 si se suman las que participaron de las demás actividades.

Repertorio

Como otras veces, integraron la grilla unos cuantos artistas con chapa nacional, más o menos “foráneos” de la región y de esta música: Los Nocheros, Lito Vitale, Juan Carlos Baglietto, Soledad, Luis Salinas, Raúl Lavié, el citado Palavecino –que actuó acompañado por Los Alonsitos–, la mediática bailarina Cinthia Fernández con su partenaire Gabo Usandivaras, Juan Falú, Marcelo Moguilevsky, Elena Roger, Soledad Villamil, Hilda Lizarazu, Opus Cuatro, etc. Pero fueron realmente minoría frente a la gran cantidad de créditos locales y además, como decíamos, tuvieron que aceptar la condición de incluir chamamé en su lista de temas. El público correntino festejó a muchos de estos nombres conocidos a nivel nacional, pero también a muchos otros, de puro cuño regional: Raúl Barboza, Antonio Tarragó Ros –en plena acción proselitista para ganar la gobernación por Cambiemos–, Rudy Flores, Mario Bofill, María Ofelia, las Hermanas Vera, Joselo Shuap, Quique Llopis, Los de Imaguaré, Ernestito Montiel, Ramón Ayala, el brasileño Luis Carlos Borges, el Bocha Sheridan, Tupá, los Hermanos Núñez, y tantos otros no tan conocidos, en una lista enorme que sería imposible de incluir en su totalidad.
A los ojos del cronista porteño, el “Chamamé correntino” tiene unas cuantas particularidades: lo que suena, lo que se ve, lo que se baila –con destacadas presencias del ballet oficial y del Ballet Folklórico Nacional– apunta fuertemente a lo tradicional. Puede aparecer algún teclado, alguna guitarra eléctrica, alguna batería y por cierto el bajo eléctrico reemplazó al voluminoso contrabajo en casi todos los conjuntos. Pero la impronta general es la del sonido de las guitarras de caja, los bandoneones, los acordeones, las voces y el “sapukay”, el grito festivo para el que algunos grupos cuentan con un especialista. Luego, en el público, conviven con total comodidad y una armonía que parece diferenciarse de otros encuentros multitudinarios, personas de diferentes edades y clases sociales. Los mayores disfrutan sentados o bailando en los costados. Muchos van porque es el lugar en el que hay que estar. Los jóvenes copan el fondo en una especie de “rave chamamecera” donde se conjugan las relaciones sociales y los juegos de seducción. La mayoría porta sus conservadoras en las que se les permiten ingresar bebidas y alimentos sin condiciones. La novedad de esta temporada fue el “chori-mbocá”, un sabroso –e inevitablemente muy calórico– sándwich de chorizo con la conocida masa de harina de mandioca cocinada a las brasas.
Hablamos de una fiesta popular que tiene una personalidad definida y que no se parece a ninguna otra de las que suceden en el verano en otro lugar del país, de un encuentro que apunta a la tradición y a la conservación de una identidad. Aunque para sorpresa del visitante, en Mburucuyá realicen pocos días después el más antiguo “Festival del auténtico chamamé tradicional” y unos cuantos consideren que el de la capital, en verdad, ha arriado las banderas.

 

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