Ciencia / 19 de febrero de 2017

“La nostalgia y el ser reaccionario dieron impulso a la victoria de Trump”

Para Mark Lilla, el mundo sufre un shock, furto de los cambios tecnológicos y sociales. Y marcha detrás de corrientes reacionarias que buscan un pasado idílico y ficticio.

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Reaccionarios: Un arquetipo que se instala en la cultura global y de la que Trump es paradigma.

Mientras preparaba un libro sobre la atracción que los intelectuales sienten por los tiranos, el científico político, filósofo e historiador estadounidense Mark Lilla, de la Universidad de Columbia, advirtió  que hay una fuerza que también ejerce una gran influencia sobre parte de la intelligentsia: la nostalgia, el apego a un pasado grandioso.
Lilla percibió que tal sentimiento es la columna vertebral de la sustentación del ser reaccionario. “Consulte en cualquier biblioteca decente y encontrará centenas de libros que hablan sobre revolución. Sobre reacción, será difícil llegar a hallar una docena”, dice. Lilla se decidió entonces a estudiar la influencia de esa corriente política nostálgica desde la Revolución Francesa y hasta los días actuales.
El resultado está en su libro “La mente náufraga: sobre reacción y política”, que intenta explicar cómo la nostalgia y el ser reaccionario dieron impulso a la victoria de Donald Trump y tendrán impacto duradero en todo el planeta.
Periodista: ¿Qué explica que haya ganado el Brexit en Gran Bretaña y la victoria de Donald Trump en los Estados Unidos?
Mark Lilla: El mundo dio una vuelta, y eso sucedió como respuesta de una población que ya no se siente representada por los partidos políticos tradicionales, tampoco por sus principales líderes. En Europa, los partidos son herencia de las luchas por el legado de la Revolución Francesa. Socialistas y comunistas representaban a la clase trabajadora, mientras que los conservadores representaban a la Iglesia y a la antigua aristocracia. La nueva división se da entre aquellos que viven con confort y se benefician de la globalización y aquellos que carecen de confort o que no se benefician de esa globalización. Hay una sensación generalizada de descolocamiento, de desarraigo, que acabó dando como resultado el surgimiento de movimiento esencialmente antipolíticos.
Periodista: ¿Son movimientos reaccionarios?
Lilla: Están todos animados por un impulso fundamentalmente reaccionario, que es la nostalgia. “Vamos a hacer que X sea gran nuevamente” es el slogan demagógico de nuestro tiempo, y no solo el de Trump en los Estados Unidos. En mi nuevo libro, describo la existencia de una “conciencia náufraga”.
Periodista: ¿Qué es la mentalidad náufraga?
Lilla: La noción de que el tiempo es un río surgió en la mitología antigua y se puede ser aplicada como una metáfora también actualmente. Mientras las mentes politizadas ven al río fluyendo, los reaccionarios piensan que hubo un naufragio y que los escombros de un viejo paraíso están ahora flotando delante de sus ojos. Los reaccionarios están exiliados del presente. Los revolucionarios también creen en la ruptura del tiempo, pero confían en que el mundo será mejor a futuro. Los reaccionarios no. Ellos piensan que son los guardianes de algo que realmente existió y no profetas de una posibilidad. Ellos, entonces, se sienten ubicados en una posición política más fuerte que la de sus adversarios en el campo de las ideas. Son los caballeros de una realidad pasada, no de un sueño a futuro. Siempre digo: la esperanza puede llevar a la desilución, pero la nostalgia es irrefutable. En eso reside la fuerza actual de los movimientos reaccionarios. Trump opera un poco como si fuera un profeta. Todos los profetas de éxito -de Jesucristo a Marx- siempre fueron vagos acerca de lo que traería el futuro. Ellos dejan eso a la imaginación de aquellos que creen en ellos.
Periodista: ¿Le sorprendió la victoria de Trump?
Lilla: En parte sí, en parte no. Hay una generalizada falta de responsabilidad en los ciudadanos de los Estados Unidos, y la elección de Trump es en buena medida una consecuencia de eso. Lo que me sorprende y al mismo tiempo me preocupa es que jamás vimos la victoria de un candidato que haya quebrado tantos tabús de la democracia de los Estados Unidos. Nunca un candidato a la Casa Blanca tomó una postura tan agresiva en este aspecto. Trump llegó a defender medidas contrarias a la Constitución, como expulsar a los musulmanes del país. Por eso, no sería una exageración decir que la democracia estadounidense, en cierto sentido, ya está en riesgo desde hace algún tiempo.
Periodista: ¿Por qué cree que la ola reaccionaria ganó fuerza ahora?
Lilla: Porque en todos los lugares del mundo, incluida Argentina, estamos viviendo un choque psicológico como consecuencia de los cambios en la tecnología, en la economía, en la sociedad, cambios que recuerdan una revolución permanente. Observemos la rapidez con que la homosexualidad se volvió un comportamiento natural en las sociedades occidentales. Era imposible imaginar, hace treinta años, que el casamiento gay sería una realidad. Para las personas de más edad, criadas con valores más tradicionales, eso es profundamente chocante. El papel que los medios de comunicación social asumieron en nuestra vida es otro ejemplo. Ver a personas sosteniendo un smartphone todo el tiempo nos lleva a pensar que tal vez nos creció un quinto miembro en el cuerpo. El mundo está presentado y representado por medio de esos celulares y actualizado a cada minuto.
Periodista: La realidad que usted describe está ausente en muchos países aún, ¿no cree?
Lilla: Pero la ansiedad delante de este proceso extremadamente dinámico se volvió una experiencia universal. Por esas razón es que las ideas reaccionarias atraen adeptos en todo el mundo, que no tienen prácticamente nada en común, pero que parte de algo esencial: el sentido de tradición histórica según sus respectivos países y valores. Toda gran transformación social que ciertos grupos defienden deja atrás un edén que sirve como objetivo nostálgicos para los demás.
Periodista: ¿Cuál es la diferencia entre ser reaccionario y ser conservador?
Lilla: Son corrientes de pensamiento diferentes. Los conservadores siempre verán a la sociedad como una especie de herencia por la cual son responsables. Para ellos, los cambios deben ser realizados a través de pequeñas transformaciones en las costumbres y tradiciones, jamás a través de proyectos reformistas osados. Ellos también creen que la historia nos mueve, y no que nosotros movemos la historia. Los reaccionarios, que hoy responden por los movimientos de la derecha global, no piensan de esa manera. Ellos son tan radicales y tan destructivos como los revolucionarios, con la diferencia de que vuelven sus ojos hacia el pasado y no hacia el futuro. El papel que los reaccionarios se atribuyen es el de impedir que la sociedad encuentre su desgracia, al revertir procesos que destruían la armonía de un estado feliz y bien ordenado del pasado. Es la era de la nostalgia.
Periodista: ¿Los reaccionarios son necesariamente de derecha?
Lilla: De ninguna manera. Desde el colapso de la Unión Soviética y el fin de la esperanzas revolucionarias, la izquierda cambió su retórica de esperanza en el futuro por una retórica de la nostalgia de las grandes revoluciones, de las revueltas y de los levantamientos del pasado. Y a eso es a lo que adhieren los movimientos de la izquierda nostálgia actuales. Grupos como los ecologistas, los movimientos antiglobalización y el nuevo degrowth, que defiende un crecimiento menor para crear una economía más sustentable sin recurrir a los recursos naturales, son los principales representantes de una izquierda nostálgica que, en una palabra, se ha vuelto reaccionaria.
Periodista: ¿Y entonces por qué solo la derecha parece estar ganando con esta onda reaccionaria?
Lilla: Ninguno de los nuevos partidos de izquierda antiglobalización de Europa (Podemos en España, Syriza en Grecia, el Movimiento de las cinco estrellas en Italia) consiguió presentar un programa remotamente plausible para el futuro de sus países. Es necesario entender que la izquierda vive una crisis de identidad mucho más profunda de lo que se imagina. No es solamente una cuestión de falta de candidatos o de líderes que cautiven al electorado. No hay ya un cuadro teórico general para la izquierda como el marxismo, que estableció una estructura que explique la naturaleza humana, la relación del individuo con la sociedad y las fuerzas profundas que mueven a la historia. A falta de eso, la izquierda no consigue adaptarse al mundo en el que vivimos hoy, basado en la economía de mercado y en la democracia liberal. Las experiencias, como la Unión Soviética, en el pasado, o Venezuela, recientemente, terminaron en un desastre completo. Y es así cómo la izquierda actualmente se concentra en su pasado y, en especial, en sus nobles derrotas. Antes de pensar en liderazgos y candidatos fuertes, la izquierda precisa encontrar un nuevo armazón teórico que permita refundarla. Mientras eso no ocurra, será difícil imaginar que consiga mayores resultados electorales.

 

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