Mundo, Opinión / 25 de Febrero de 2017

El Odebrecht coreano

Corea del Norte perpetró un crimen tipo película de James Bond, mientras Samsung purga la política surcoreana.

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Kim jong-um y el asesinado Kim jong-nam, hermano mayor del Líder Supremo. La Policía de Malasia tiene en la mira a un diplomático norcoreano.

Ni siquiera se preocupó por hacer “que parezca un accidente”. El asesinato del medio hermano del líder norcoreano se pareció a eso: un asesinato. Y un asesinato que sólo pudo ser ordenado por Kim Jong-un.

Dos mujeres lo abordaron en el aeropuerto de Kuala Lumpur y lo rociaron con un aerosol. Momentos después, Kim Jong- nam moría en una ambulancia camino al hospital. Como en una película de James Bond, pero sin ningún misterio sobre el autor intelectual del asesinato. A la orden de matar al miembro desapareado de la dinastía Kim sólo pudo dictarla su medio hermano.

A esta altura, Kim Jong-un es un criminal serial. Inauguró su gestión haciendo ejecutar a su tío, Jang Song-thaek. Después le tocó el turno al ministro de Defensa, Hyong Yol-chol, por dormirse durante un discurso del dictador. A nadie le extraña que Kim Jong-un haya ordenado el asesinato de su medio hermano. Kim Jong-nam era un desventurado que llevaba años desplazándose por países asiáticos, sabiendo que los agentes del régimen creado por su abuelo lo buscaban para eliminarlo.

Su deriva comenzó en el 2001, cuando en el aeropuerto de Narita lo detuvieron por usar un pasaporte falso. Nadie entendió por qué intentó ingresar a Japón como si fuera dominicano, ni por qué se justificó diciendo que quería conocer el Disneylandia tokiota. De por sí, su posición en la dinastía era endeble, porque su nacimiento fue consecuencia de una fugaz relación extramatrimonial de su padre con una actriz surcoreana que, para colmo, estaba casada. Por eso, al morir Kim Jong-il, su primogénito caído en desgracia huyó a China y comenzó a vivir cambiando de país, para no ser secuestrado o asesinado. Vivió más que nada en China y Macao, pero también en Indonesia, Malasia y Singapur.

A nadie sorprendió que, finalmente, los agentes de Pyongyang le dieran caza. Lo que sorprende es que no hayan disimulado el crimen. Lo asesinaron como se asesina en las películas de espías y en los libros de intrigas y espionaje, con el agravante de que había un solo interesado en eliminarlo: el régimen norcoreano, al que la víctima llevaba años criticando.

Samsung al banquillo

Mientras Corea del Norte ejecutaba un asesinato político en Malasia sin disimular el crimen, el Estado surcoreano daba la prueba de institucionalidad más importante de su historia: por orden de una Fiscalía, fue detenido el heredero y actual conductor del imperio Samsung.

Al influyente y poderoso Lee Jae Yong lo interceptó la policía de Seúl, le puso las esposas, lo cargó en un patrullero y lo llevó a un destacamento donde quedó arrestado como cualquier hijo de vecino.

En los papeles, su padre, Lee Kung Hee, es quien preside el conglomerado de empresas, pero por la fragilidad de su salud, en los hechos es su hijo quien maneja el gigante que se destaca mundialmente en la tecnología de avanzada. ¿Y de qué se acusa al heredero del imperio empresarial creado por su abuelo en la primera mitad del siglo pasado? De disfrazar de donaciones lo que en realidad serían millonarios sobornos para que el gobierno le autorice una controvertida fusión empresarial.

Concretamente, la Justicia surcoreana sostiene que 36,3 millones de dólares en donaciones a diversas fundaciones, en realidad eran pagos a quien operaba esas supuestas entidades sin fines de lucro. Y quien las operaba es Choi Soon Sil, amiga de la presidenta surcoreana a la que llaman “rasputina” por la oscura influencia que ejerce sobre el gobierno. De hecho, la jefa de Estado está cerca del juicio político por casos de corrupción y de arbitrariedad que se le atribuyen.

Desde que fue arrestado, Lee Jae Yong se ha convertido en la versión asiática de Marcelo Odebrecht, encarcelado por los sobornos que pagó para acrecentar el imperio de la construcción creado por su abuelo, Norberto Odebrecht, también en la primera mitad del siglo pasado. Y así como Odebrecht está purgando la política brasileña, Samsung podría purgar la política surcoreana. No obstante, el hecho de que una presidenta esté tan cerca de ser removida del cargo por corrupción y de que el poderoso conductor de una de las empresas más poderosas del mundo haya quedado detenido, muestra que en la Península de Corea el Paralelo 38, más que separar dos Estados, separa dos mundos.

En el mundo que está al sur del Paralelo 38, desde que se produjo la partición de la península hasta finales de la década del ochenta, los gobiernos fueron autoritarios. No hubo democracia ni con Syngman Rhee, el primer presidente, ni con los generales que luego llegaron al poder por medio de golpes de Estado, Park Chung-hee y Chun Doo-huan. Lo que hubo fue un proyecto desarrollista que se convirtió en política de Estado y que hizo de ese país pequeño y pobre, una potencia económica. La democracia empezó con Roh Tae-woo, plagada de vicios pero en un trayecto de consolidación que muestra su vigor ahora, con el acoso judicial que padece la presidenta Park Geun-hye, así como su turbia colaboradora y el empresario más poderoso del país.

Las razones de Kim Jong-un

En cambio, en el mundo que está al norte del paralelo 38 una gerontocracia rodea a un joven tirano que se hizo adicto a ordenar ejecuciones y asesinatos. Su medio hermano decía que Kim Jong-un es manipulado por algunos miembros de su entorno. También criticaba el sistema dinástico que había creado su abuelo, Kim Il-sung, que había heredado su padre Kim Jong-il y que lo habría encumbrado a él pero terminó encumbrando a su medio hermano.
No obstante, si sus críticas fueran la razón de su muerte, al crimen lo habrían disimulado. Por caso, hubieran intentando, como tiempo atrás, arrollarlo con un auto. Pero no fue así. Pyongyang perpetró un crimen para que se sepa que fue un crimen. Eso prueba que la razón fue otra. ¿Cuál? Enviar un mensaje a China, el país que protegía a Kim Jong-nam porque, posiblemente, planeaba impulsar una conspiración que sacara al impredecible Kim Jong-num y pusiera en el poder al miembro de la familia más dispuesto a dejarse manejar desde Beijing.

Es difícil imaginar que Kim Jong-nam pudiera conducir el régimen norcoreano, ni siquiera dirigido por China. Pero que eso es lo que temía el régimen lo prueba su muerte. Que el asesinato se haya perpetrado sin maquillaje alguno, parece un mensaje a China, cuya paciencia con Kim Jong-un está cerca de agotarse.

De qué otra forma explicar ese crimen que parece inspirado en películas de James Bond y, como si fuera una obra de arte, muestra la firma de su autor intelectual. Un mensaje a China es lo único que podría explicar que el líder norcoreano ordenara asesinar a su hermano, sin recomendar a los ejecutores “que parezca un accidente”.

 

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