Cultura, Opinión / 2 de Marzo de 2017

Discépolo globalizado: la historia del éxito internacional de “Yira, yira”

Sergio Pujol, autor de la biografía del escritor, cuenta cómo sus tangos llegaron a favoritos del príncipe de Gales en los años 30.

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A un siglo del primer tango canción –la historiografía del género porteño ha fijado el estreno de “Mi noche triste”, de Pascual Contursi y Samuel Castriota, como el año cero de la vertiente poética del género porteño–, la obra de Enrique Santos Discépolo recobra un espesor que, en verdad, nunca perdió del todo. Su caso es particularmente interesante, por varios motivos. Obviamente, tangos como “Secreto”, “Cambalache” y “Uno” ocupan los primeros puestos en el cuadro de honor de la canción argentina de todos los tiempos. Pero también puede afirmarse que la expansión internacional de los primeros tangos discepolianos ayudó a que las formas vocalizadas nacidas al fragor de “Mi noche triste” tuvieran alguna chance internacional. Después de la “tangomanía” previa a la Primera Guerra Mundial, que situó al baile de los suburbios argentinos en el menú de las aficiones europeas, llegó la canción. Su recepción no fue tan impactante como la de los cuerpos lúbricamente abrazados –es lógico, estaba la valla del idioma–, pero entre los años ’20 y ’30 del siglo pasado el mundo se enteró de que Buenos Aires tenía letra y voz.

Discépolo en el mundo: un tema algo intrigante, toda vez que sus letras sellaron un pacto de lectura íntimo con los argentinos. En principio, cuesta imaginar que esa complicidad haya podido involucrar a oyentes alejados de las penurias vernáculas. Pero así sucedió, de un modo diríase fulminante. Seguramente hoy nadie se sorprenderá al saber que “Cambalache”, nuestro verdadero himno nacional, ha sido grabado en los modos más disímiles –de los brasileños Caetano Veloso y Raúl Seixas a los españoles Joan Manuel Serrat y Raphael–, a menudo alterando levemente su letra para actualizar su “mensaje”. Tampoco puede sorprender demasiado el itinerario latinoamericano de “Uno” –música de Mariano Mores, letra de Discépolo– casi un bolero si lo pensamos fuera de la Argentina. Menos conocida, sin embargo, es la historia de la recepción internacional de “Yira, yira”.
A pocos meses del estreno de su primer tango, “Esta noche me emborracho”, los españoles ya sabían quién era Discépolo. La pieza llegó incluso a disgustar al dictador Miguel Primo de Rivera, tan aficionado a los excesos etílicos como el sujeto de la canción de marras. Un par de años más tarde, “Yira, yira” se convirtió en un hit en la Europa de principio de los ’30. Ninguna otra canción argentina de la era pre-internet –con la probable excepción de “La cumparsita”– tuvo una expansión tan veloz e inmediata. Fue tema favorito del príncipe de Gales, fascinó a los despreocupados veraneantes de las playas selectas del Mediterráneo, obligó a Julio de Caro a repetirlo tres veces frente al público italiano y se tradujo al francés (“Passe, passe”) para que su partitura entrara amablemente en los hogares de la burguesía ilustrada.
¿Qué hizo de “Yira, yira” un tema ciudadano del mundo? Quizá fue la insistencia contagiosa de su ritmo –Discépolo era un compositor sagaz– o la feliz circunstancia de que uno de sus primeros intérpretes fuera Carlos Gardel, el artista argentino de mayor prestigio internacional. Esto ayuda, al menos parcialmente, a entender el éxito de un tango que expresa como pocos el desencanto de la vida urbana: “Verás que todo es mentira/ verás que nada es amor/ que al mundo nada le importa/ Yira… yira…”. Si bien escrito y estrenado en el filo de los años locos, “Yira, yira” encontró su auditorio y su razón social en los infames años ’30. Esto le agregó un sentido profético o anticipatorio. Algo que suele decirse del arte en general.

En diciembre de 1934, Discépolo y Tania emprendieron una gira por Europa. Ella cantaba, él dirigía una orquesta “ad hoc”. Se presentaron en algunos de los mejores teatros de Lisboa, Madrid, Barcelona y París, para luego, antes del regreso a Buenos Aires, darse una vuelta por Marruecos. Allí Discépolo comprobó el grado de globalización –en aquel tiempo no se empleaba el término– que había conquistado su música. De paseo por el Zoco, el barrio morisco de los mercaderes de Tetuán, un babuchero le ofreció unos calzados típicos del norte de África. Fue entonces cuando Enrique escuchó de una vitrola del fondo de la tienda los compases de “Yira, yira”. “Al salir de ahí, di por bien empleados los desvelos que me habían costado mis tangos”, escribiría más tarde. Todo era poco para pagar aquel momento que me había conmovido hasta las lágrimas. Al salir a la calle con un nudo en la garganta, todos los minaretes me parecieron enanos, y en la voz de los almuédanos me pareció escuchar ‘Qué vachaché’”.

*Historiador y escritor. 

 

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