Salud / 5 de marzo de 2017

Cómo afecta la pobreza al desarrollo del cerebro de los niños

Las carencias dañan la mente infantil, pero la plasticidad cerebral permite superarlo.

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Hay un concepto que nos cambió la vida a todos: el de plasticidad cerebral. La comprobación de que el cerebro de los seres humanos va cambiando a lo largo de la vida, adaptándose, alimentándose de las emociones y experiencias hasta un segundo antes de la muerte llena de esperanzas. Es así como es posible recuperar funciones y capacidades aún luego de atravesar enfermedades discapacitantes. Es lo que permite que un área del cerebro tome el comando de las habilidades que antes eran dominadas por otra área, que por alguna razón quedó apagada.

Ese mismo concepto de neuroplasticidad es el que le permite a bebés y niños desarrollarse a lo largo de los primeros años de vida y hasta más o menos los 25 años. Para bien y para mal. Porque investigaciones dadas a conocer recientemente muestran cómo la pobreza reduce las habilidades y el desarrollo del cerebro infantil. Para mal, la plasticidad cerebral se adapta a un medio ambiente en el que las carencias son lo normal. La buena noticia es que ese mismo cerebro empobrecido por la falta de alimentos (y peor aún si a eso se agregan carencias afectivas) puede recuperarse si es estimulado. Cuanto antes, mejor. Todo en nombre de la plasticidad.

Poda neuronal

Al momento de nacer, el cerebro de los seres humanos está provisto de una gran cantidad de materia gris (células nerviosas) y de materia blanca (formada por los axones que transmiten las señales de una neurona a la otra, como si fueran cables de comunicación). De hecho, un bebé llega a la vida con más cantidad de material neural del que realmente necesita. Es durante el transcurso del desarrollo y del aprendizaje que algunas redes de comunicación cerebral se activan más, se refuerzan y por ende quedan, mientras que otras van siendo eliminadas debido a que no son utilizadas.

“Es como si el cerebro naciera casi sin forma, y toda la experiencia que va adquiriendo es lo que ayuda a la corteza cerebral a tomar una forma -explica el médico especializado en neuropediatría Claudio Waisburg, director del Instituto Soma. “Durante ese proceso, el cerebro funciona en red. Los descubrimientos científicos más recientes permiten entender que un ser humano no utiliza todas las áreas cerebrales al mismo tiempo, sino que se concentra en algunas, de acuerdo con el estímulo y los desafíos que ese cerebro tenga delante”.

Así, mediante ese proceso de activación y desactivación es que desde la infancia tardía hasta la edad adulta temprana hay una parte del cerebro, la materia gris neocortical, que adelgaza de manera constante. Esta área comprende seis capas de corteza que cubren el cerebro e intervienen en la percepción, el lenguaje, el pensamiento y la acción. Los investigadores creen que este adelgazamiento refleja una poda masiva de las células y también de las conexiones que se dan entre ellas. En esta etapa de la vida, además, la sustancia blanca se desarrolla de modo tal que mejora la conectividad de grandes redes que atraviesan todo el cerebro.

“El punto entonces es que si el cerebro no se mantiene en forma, ejercitado, por decirlo de algún modo, va verdiendo trofismo por falta de estímulo. Nuestra mente precisa del afuera para mantener el adentro. Esto implica que necesita de la nutrición y de los estímulos adecuados para desarrollarse”, describe Waisburg.

El cerebro de un niño se va mielinizando (la mielina es la sustancia que recubre y protege los axones o extremidades de las células nerviosas, las neuronas) desde que se forma y hasta los dos años y medio. Para que esa mielinización se cumpla adecuadamente y el cerebro logre contar con una mayor velocidad en la conducción de información entre sus neuronas, es imprescindible que bebés y niños ingieran ácidos grasos esenciales. Sin buena comida el cerebro no se desarrolla. Así como tampoco se desarrolla si no recibe estimulación tanto afectiva como cognitiva. Un chico sin contacto amoroso, sin juego, sin un feedback del mundo externo, es un chico que tendrá una reducción en ciertas áreas de su cerebro.

“Un cerebro que no se nutre adecuadamente, tanto a nivel alimenticio como emocional, es un cerebro que acusará ese impacto a lo largo de toda la vida -enfatiza Waisburg-. Aún cuando también existe el concepto de resiliencia neuronal, que permite superarse incluso a pesar de esas carencias”.

Faltantes

Hace muy poco tiempo que los científicos comenzaron a investigar cómo es que el estatus socioeconómico (ES) influye en el curso normal del desarrollo cerebral. El ES es una construcción compleja que se mide combinando nivel educativo, ingresos económicos y ocupación. Pese a las diferencias que hay en cada caso particular, los estudios verifican que una SE muy baja suele ir de la mano con una salud en parte debilitada, inestabilidad familiar y alto estrés. También puede conllevar malnutrición o desnutrición, atención médica limitada, poca estimulación intelectual y del lenguaje en el hogar y menores expectativas sociales. Estas condiciones afectan el desarrollo neural y cognitivo del chico.

Experimentos realizados en la década del ´60 con roedores en la Universidad de California (Estados Unidos) ya habían demostrado que los ambientes adversos en épocas muy tempranas de la vida dañan el cerebro. El neurocientífico Marian Diamond encontró que ratas criadas en un ambiente empobrecido, sin juguetes y sin oportunidades para socializar, tenían un menor desarrollo cerebral y menos habilidades para aprender.

Tales estudios serían poco éticos en los seres humanos y por ende no se practican, pero el seguimiento hecho a largo plazo en niños rumanos que habían sido abandonados en orfanatos estatales de muy mala calidad dió resultados similares. En el 2001, psicólogos del desarrollo de las universidades de Harvard, Maryland y Tulane compararon a los niños que habían permanecido atrapados en ese sistema con otros que fueron adoptados por familias que les brindaron cuidados y contención emocional y afectiva: confirmaron que el ambiente le da forma al desarrollo cognitivo y cerebral. También, que una intervención temprana, en los primeros años de vida, mejora sustancialmente los efectos de las privaciones que pudieron haber tenido antes.

“La mayoría de los niños que crecen en la pobreza enfrentan situaciones de adversidad, pero rara vez son tan extremas como la ausencia de interacción humana y de enriquecimiento como el experimentado por los huérfanos rumanos -advierte John Gabrieli, especialista en cerebro y ciencias cognitivas del Instituto Tecnológico de Massachusetts, MIT-. Sin embargo, los estudios muestran que incluso la privación moderada puede alterar el desarrollo cerebral”. De hecho, Gabrieli lo pudo comprobar en su laboratorio del MIT por medio de imágenes de resonancia magnética. “En ningún área cerebral esto es más notable que en la corteza. Investigamos a 58 chicos de octavo grado de bajos recursos y los comparamos con otros cuyas familias tenían ingresos medios a altos. Y comprobamos que el grupo de menores ingresos económicos tenía un córtex más delgado en una amplia cantidad de regiones del cerebro”, explica Gabrieli.

Soluciones

Los científicos aclaran que la experiencia en los primeros meses y años de vida no determina los resultados posteriores, sino que influye en su probabilidad. “Teniendo en cuenta que hay una enorme variación en las respuestas que cada niño da ante la adversidad que vive, no podemos y no debemos hacer suposiciones acerca del potencial que tiene simplemente basándose en los antecedentes de su crecimiento -aclara Gabrieli-. El cerebro es plástico y sigue cambiando durante toda la vida, en base a las experiencias. Lo que sí podemos afirmar es que cuanto más esperemos para empezar a brindar estimulación cognitiva, afectiva, emocional, nutricional, más esfuerzos habrá que hacer para poder contrarrestar los efectos de la adversidad temprana”.

“Cuando somos chicos, el cerebro va empujando al hueso para crecer a razón de dos centímetros mensuales en los primeros seis meses, y de un centímetro hasta el año de vida. Lo que no se crece en perímetro cerebral en ese momento no se recupera. Pero aclaremos que el cerebro no crece a expensas del número de neuronas, sino que lo hace debido a la generación de interconexiones entre las células nerviosas. Es la mielinización lo que genera el engrosamiento y crecimiento del cerebro”, advierte Claudio Waisburg. Es decir, comida, juego e interacción amorosa.

La mejor solución para proteger las mentes de bebés y niños es, entonces, la prevención. Y si no se llegó a tiempo, lo que hay que buscar es una remediación lo más temprana posible para contrarrestar los malos efectos de las carencias alimentarias, afectivas y sociales. La estimulación, en ese caso, es fundamental y tiene que llegar cuanto antes. Lo mismo sucede si el chico tiene trastornos de diferente tipo, desde un síndrome de Down (eminentemente genético) hasta una dislexia. “En este camino, la intervención temprana de los neuropediatras y de los terapistas es fundamental, porque cuanto más temprano suceda, más cambios generará. Pero también hay que tener en cuenta que no se estimula igual a todos los chicos -advierte Claudio Waisburg-. Hay que hacerlo respetando la personalidad de cada uno, la singularidad que todos traemos desde el nacimiento mismo y también la forma en que se desarrolla nuestro cerebro”.

 

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