Opinión / 5 de Marzo de 2017

La gran grieta norteamericana

Según James Neilson, el triunfo de Trump se debió menos a sus eventuales méritos propios o su hipotético carisma personal que a lo antipáticos que resultaron los defensores del orden establecido.

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Por Pablo Temes.

Puede entenderse el desconcierto, cuando no el pánico, que se ha apoderado de quienes ven en el presidente Donald Trump una especie de vengador populista resuelto a restaurar el orden social que regía en Estados Unidos más de medio siglo atrás. Hasta conocerse los resultados de las elecciones de noviembre pasado, estaban convencidos de que ya era irrefrenable su proyecto, el de Barack Obama y Hillary Clinton, el mundillo académico, Hollywood y los medios periodísticos más prestigiosos, sólo para despertarse en un país que pronto tendría como presidente a un sujeto que a su entender era un bufón cavernícola de ideas antediluvianas que quería privarlos de todo lo conquistado en los años últimos. Como no pudo ser de otra manera, se sienten víctimas de una estafa siniestra, de ahí la voluntad de tantos de atribuir el triunfo del magnate a los rusos.

No son los únicos a quienes les cuesta adaptarse a la nueva realidad. Todo hace pensar que Donald Trump mismo estuvo tan sorprendido como el que más por el éxito fulminante de la campaña que le permitió agregar por un rato la Casa Blanca a su ya enorme imperio inmobiliario, motivo por el que le ha sido difícil armar un equipo coherente. Por mucho que le encante al showman nato el papel del “hombre más poderoso del mundo” que el electorado le dio, ya entenderá que fue una cosa saber aprovechar en beneficio propio el rencor que sienten decenas de millones de personas por lo que ha sucedido en los años últimos pero que sería otra muy distinta restaurar el país supuestamente feliz de anteayer al que el grueso de sus simpatizantes quisiera volver. Así y todo, si bien Trump y sus colaboradores principales, hombres como el ideólogo Steve Bannon, se habrán dado cuenta de que no les será tan fácil como suponían hacer que Estados Unidos recupere “la grandeza” que creen perdida o, cuando menos, extraviada, la situación en que se encuentran sus adversarios progresistas es aún más angustiante.

Puesto que, con escasas excepciones, éstos se niegan a reconocer que el triunfo de Trump se debió menos a sus eventuales méritos propios o su hipotético carisma personal que a lo antipáticos que resultaron ser los defensores del orden establecido, es decir, ellos mismos, los demócratas y sus aliados han procurado reanimarse mofándose del pelo anaranjado del magnate, organizando manifestaciones callejeras de repudio y movilizando a militantes que ocupan puestos en los servicios de inteligencia, la justicia y reparticiones de la administración pública para que frustren sus iniciativas. Hablan de “resistencia”, como si su país estuviera en manos de un dictador equiparable con Benito Mussolini o, de tomarse en serio las palabras de los más exaltados, Adolf Hitler, respaldado por una horda de analfabetos. No sueñan con helicópteros sino con un juicio político salvador.

El más beneficiado por el desprecio patente de quienes lo consideran un imbécil que fue elegido por sus congéneres es, desde luego, el propio Trump. Sabe que el desdén que sienten sus enemigos más locuaces es un búmeran. Además de ayudarlo a mantenerse en el centro del escenario y asegurarle la solidaridad emotiva de sectores muy amplios, los ataques contra su persona, su esposa y sus hijos, están ahondando la fosa que separa a las elites del pueblo común. Es de esperar que exageren quienes dicen que, desde los días de la Guerra Civil de los años sesenta del siglo XIX, la sociedad de Estados Unidos nunca ha estado tan dividida como está en la actualidad, pero la retórica empleada por los halcones de ambos bandos hace temer que esté por empezar una etapa muy violenta. El que Trump haya exhortado a sus partidarios a hacer suya la calle dista de ser reconfortante.

Huelga decir que es caricaturesca la noción de que, en las elecciones presidenciales del año pasado, todos los norteamericanos inteligentes y cultos votaran por Hillary Clinton; según los análisis posteriores, en términos generales no hubo demasiadas diferencias educativas entre los partidarios de Trump y los de su contrincante. Tampoco fue cuestión de un levantamiento de pobres abandonados a su suerte en zonas rurales o desindustrializadas contra integrantes de la clase media acomodada que viven como la gente en ciudades prósperas.

Lo que sí incidió fue el grado de adhesión a lo que podría calificarse del “proyecto progresista” y “la política de la identidad” favorecida por los demócratas que trataron de construir una mayoría permanente sumando minorías étnicas, religiosas y sexuales a su juicio reprimidas por una tiranía conservadora anglosajona. Desgraciadamente para Hillary y sus simpatizantes, no sólo el grueso de los trabajadores blancos sino también muchos negros e hispanos se rebelaron contra la estrategia divisiva impulsada por universitarios izquierdistas y contra los excesos a menudo ridículos de los comprometidos con “la corrección política”.

Es un fenómeno que no se limita a Estados Unidos. Algo similar está ocurriendo en muchas partes del mundo desarrollado. También en Europa son cada vez más los contrarios a lo que, hasta hace menos de un año, parecía ser la ideología hegemónica en los círculos gobernantes y una multitud de instituciones afines, de ahí la irrupción de movimientos políticos habitualmente denunciados como “ultraderechistas” o “extremistas” por los medios periodísticos más influyentes.

Aun cuando sus dirigentes más célebres de tales agrupaciones, personajes como el holandés Geert Wilders y la francesa Marine Le Pen, no consigan emular a Trump y los partidarios del Brexit en las elecciones que pronto se celebrarán en sus países respectivos, ya han forzado a mandatarios como Angela Merkel y François Hollande a modificar su postura frente a la inmigración masiva de africanos y asiáticos mayormente musulmanes. Un tanto tardíamente, reconocen que el “multiculturalismo”, basado como está en la idea de que a los europeos nativos les corresponda cambiar sus propias costumbres y creencias para compatibilizarlas con aquellas de los recién venidos, ha fracasado.

Trump entiende tan bien como cualquier discípulo de Antonio Gramsci que en última instancia las modalidades políticas dependen más de la cultura, en el sentido amplio de la palabra, que de la evolución de la economía. Puede que nunca se haya dado el trabajo de leer los libros de los especialistas en la materia, pero es claramente consciente de que, para consolidarse en el poder, tendrá que derrotar a quienes se aferran a las ideas que subyacen en el orden que se ha propuesto desmantelar, de ahí la guerra, por suerte sólo verbal, que está librando contra medios “liberales” como el New York Times y el Washington Post, además de las cadenas televisivas CNN y la BBC de Londres. Según Trump, tales medios son sistemáticamente mentirosos, fabricantes de noticias falsas, razón por la que sería mejor no prestarles atención.

¿Lo son? Sólo si uno cree deshonesta la propensión de todos los medios periodísticos a subrayar la importancia de datos que los ayudan a difundir opiniones que suponen apropiadas y pasar por alto otras que les parecen inconvenientes. Como Trump sabe, en una época como la nuestra que se ve signada por una sobreabundancia de noticias de todo tipo procedentes de centenares de países, regiones y ciudades, quienes se sienten comprometidos con causas determinadas, sean progresistas o reaccionarios, no tienen que inventar nada. Les es más que suficiente concentrarse en hechos que a su juicio son impactantes como, por ejemplo, una muerte fotogénica que sirva para respaldar una causa particular.

En la batalla contra los diarios y canales televisivos que no lo quieren, Trump cuenta con la ayuda de los llamados “medios sociales” que, con rapidez, están desplazando a los tradicionales. Es adicto al Twitter: mal que les pese a los responsables de los grandes diarios opositores, no les cabe más alternativa que reproducir los mensajes rudimentarios que, día tras día, envía urbi et orbi. También se ve beneficiado por los problemas económicos de la prensa gráfica amenazada por cambios provocados por el avance inexorable de la tecnología; los diarios impresos se sienten mucho más vulnerables que en otros tiempos en que tenían un virtual monopolio de las noticias y podían presionar a los gobernantes.

Para colmo, en Estados Unidos los periodistas en su conjunto son considerados tan poco confiables como los políticos profesionales y los sindicalistas, acaso porque durante años los más célebres brindaban la impresión de subordinar demasiado a su propia militancia política por suponer que, tarde o temprano, todos aprenderían a compartir sus prejuicios. Es por tal motivo que muchos ataques mediáticos contra Trump, un blanco casi cómicamente fácil, resultan ser contraproducentes. Lejos de herirlo, las diatribas de quienes lo odian tanto que no disimulan su deseo de ver a su país convulsionado por una crisis gigantesca imputable a la torpeza de un multimillonario inepto hacen más convincente la imagen que ha confeccionado de ser un pobre hombre del pueblo, víctima de la hostilidad de una banda de elitistas privilegiados que se creen superiores a todos los demás. Al fin y al cabo, fue merced a dicha imagen, y la ayuda que le prestaron sus adversarios, que Trump logró derrotar a una combinación de fuerzas que en buena lógica deberían haberlo aplastado.

 

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