Música / 5 de marzo de 2017

Orquesta Imperial: Entre la danza y el canto

Por primera vez, actuó en Buenos Aires en el CCK la agrupación que creó Kassin hace 15 años en Río de Janeiro.

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Carnaval en el CCK. La Orquesta Imperial debutó en nuestro país frente a una sala Sinfónica colmada.

★★★★ En Argentina conocimos al músico brasileño Kassin cuando hace algunos años llegó con su proyecto “+ 2”, que compartía con Moreno Veloso y Domenico Lancelotti. Pero, más allá de sus planes solistas o con sus colegas Lancelotti y Pedro Sá (con quienes, en esta visita, también se presentó en el club La Tangente de Buenos Aires), en su jugoso currículum figura el ser productor de artistas como Caetano Veloso y Adriana Calcanhotto, entre muchos otros. En 2002, fundó una agrupación que bautizó Orquesta Imperial para rescatar, con una mirada moderna, los sambas bailables y la música “gafiteira” (big bands de samba) de los años ’40 y ’50. Desde entonces, mezclándolo con otras actividades, sostuvo este proyecto que ya se presentó en muchos escenarios del mundo, que grabó discos y que contó como invitados con varios artistas de la escena pop de Río de Janeiro, donde la banda tiene su base.
Finalmente, la Orquesta debutó en nuestro país frente a una sala Sinfónica colmada. Se trata de un combo numeroso, con 16 personas sobre el escenario, bajo la dirección de Kassim y con una formación de tres trombones, trompeta, saxo, teclados, dos guitarras, bajo, voces masculinas, mucha percusión (acústica y electrónica) y tres bailarinas cantantes (o viceversa). Las ropas coloridas e intencionadamente kitsch de las chicas o los disfraces de algunos de los músicos (Batman, un árabe, ropas ridículas de filiación indefinida) ponen un marco carnavalesco a esta propuesta que, sin embargo, no actúa para esta fiesta en su país. En Buenos Aires, al menos, funcionó más como una orquesta de concierto que como una de baile, más allá de que las mujeres bajaran a la platea para intentar algunos pasos con el público.
Cuesta explicar efectivamente lo que ocurrió con “la Imperial” en acción. En unos 90 minutos de música circularon temas más o menos conocidos aunque no tan populares por acá, hubo varios instrumentales y las voces cantantes se repartieron fundamentalmente entre las tres mujeres (Nina Becker, Maira Freitas y Emanuelle Araujo) y el tecladista Rubinho Jacobina. Y probablemente en esa indefinición esté la dificultad, también, de asir y disfrutar lo que hacen estos músicos con enormes espaldas. Porque en ese juego de mezclar el pasado acústico y bailable con el presente experimental y electrónico, el samba con el pop, las voces con la improvisación instrumental, la canción con la danza, la fiesta con el concierto, la Orquesta Imperial termina por no ser claramente algo. Y así de confuso se mostró el público, que tímidamente hizo palmas pero no logró jamás engancharse del todo, que no pudo seguir los temas cantándolos porque no son lo suficientemente conocidos por aquí, que apenas pudo soltar un poco más los pies sobre el final. Pero, sobre todo, porque la orquesta –sin particulares destrezas técnicas a la vista ni particular solidez en los “tutti”– nunca logró la necesaria contundencia que podría significar tanta gente en escena.

 

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