Mundo / 11 de marzo de 2017

Trump, la delgada línea entre la autocracia y el impeachment

Aunque el presidente trate de moderar la postura rupturista con el establishment de Washington de su monje negro Steve Bannon, hasta su propio partido lo tiene en la mira.

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Trump abraza a Steve Bannon, el intelectual anti sistema que le da letra.
Trump abraza a Steve Bannon, el intelectual anti sistema que le da letra.

Ser o no ser. Como un Hamlet de este tiempo, Estados Unidos se pregunta si su sistema institucional seguirá siendo lo que fue durante más de dos siglos, o si Donald Trump barrerá con todo.
Esta es la pulseada que se libra en el escenario político norteamericano. Por un lado, una institucionalidad que estuvo siempre por encima del poder presidencial, y por el otro, un sismo que sacude a las potencias occidentales amenazando con derrumbar sus sistemas democráticos, para levantar sobre los escombros las autocracias, los procesos que desarmen la  integración e impulsen la desglobalización.

Esa pulseada, que se librará en las urnas de varios países europeos a lo largo del 2107, en Estados Unidos atraviesa un momento crucial. Con el codo apoyado en la Casa Blanca, un millonario grotesco y un ideólogo extremista, pujan contra la prensa, los demócratas y algunos republicanos institucionalistas, además de gran parte de la sociedad que no quiere ver caer la Constitución a los pies de un inédito despotismo.

La fuerza que pulsea contra Trump y su neurona política, Steve Bannon, se encolumna en la historia del país del norte, con retrocesos, luces y sombras, vicios y virtudes: el Congreso, la Corte de Justicia y la prensa han forjado pluralismo, diversidad, derechos, garantías y libertades.

Si la pulseada la gana Trump, el sistema que más ha perdurado en el mundo de los últimos tres siglos, será reemplazado por un poder autocrático que atenuará la libertad de prensa y la división de poderes. En ese caso, Estados Unidos tendrá un capitalismo autoritario como el de Rusia y el de China.

El triunfo de la “Alt-Right” (derecha alternativa) será también un triunfo de la desglobalización. Pero como la marcha hacia la aldea global es inexorable, por lo tanto sólo puede ralentizarse o, a lo sumo, detenerse momentáneamente, el éxito económico de la era Trump será temporal. Como todo populismo, de izquierda o derecha, funciona en el corto plazo, de modo que sólo puede ofrecer un presente sin futuro.

Ventrílocuo

Que la Casa Blanca esté en manos de Trump y su ventrílocuo, Steve Bannon, es la consecuencia final de la deriva extremista del Partido Republicano. Comenzó con el surgimiento de Tea Party y desembocó en un gobierno que podría parecerse a la distopía de la novela “La conjura contra América”:  en la ficción de Philip Roth Franklin Roosevelt en vez de derrotar a Wendell Wilkie, es vencido por Charles Lindbergh, el célebre aviador que se hizo nazi y propuso erradicar a los judíos de América.

Lo grave es que, cuando el extremismo deja de ser la excepción para volverse regla, doblega la capacidad de reacción y resistencia. Eso explica que, para buena parte de la prensa liberal norteamericana y mundial, el primer discurso que Trump dio ante el Capitolio como presidente haya sido considerado su primer mensaje “moderado”. Esa palabra se repitió en diarios, radios y televisión de todo el mundo. Sin embargo, fue un discurso extremista.

La única diferencia es que no estuvo plagado de estropicios, como todos sus discursos anteriores. Fue la más atildada, pero no la más moderada de sus intervenciones.

Al hablar como jefe de Estado al Congreso, Trump no gesticuló grotescamente ni agravió a nadie. Pero el mensaje tuvo dos componentes extremistas: la fobia y la utopía. La fobia fue, una vez más, contra el inmigrante. Lo prueba el anuncio de crear una Oficina de Atención a las Víctimas de Crímenes cometidos por Inmigrantes Indocumentados.

De manera engañosa, el nombre del ente anunciado parece dar centralidad a la palabra “víctima”, pero, en realidad, a la centralidad la tiene el concepto “inmigrante indocumentado”. ¿Qué diferencia a la víctima de un asalto o una violación cometidos por un ciudadano de origen anglosajón, de la víctima de esos mismos crímenes pero cometidos por indocumentados provenientes de México, Guatemala o Asia? La distinción es absurda.

La única lógica está en la demonización del inmigrante. Su estigmatización como criminal. La otra señal de extremismo está en la utopía. Y la de Trump consiste en hacer creer a los norteamericanos que es posible un retorno a los tiempos de las grandes industrias manufactureras que daban trabajo a la clase media y a la clase obrera.

Alt-Right

A mediados de los años ’90, en el libro “El mundo y sus demonios”, Carl Sagan describió la evolución científico-tecnológica de la producción norteamericana, llegando a la conclusión de que Estados Unidos estaba cerca de completar su conversión total en “una economía de información y servicios”, estadio del desarrollo en el cual las industrias manufactureras se van a otros países, llevándose sus puestos de trabajo.

Esa conversión ya se ha completado y una de sus consecuencias negativas, la desaparición de millones de puestos de trabajo para la mano de obra poco calificada, es la que allanó el camino a la “derecha alternativa” que promete obligar a las grandes empresas a desinvertir en el exterior para invertir en Estados Unidos y volver a crear empleos para los norteamericanos. Eso, más el proteccionismo y el fin de la era de los tratados de libre comercio, sería para la “Alt-Right” devolver “al pueblo el poder secuestrado por la elite global que controla Washington”.

Esa promesa es un espejismo. En Suiza y Escandinavia hay dirigencias que ya intentan inventar la sociedad sin empleo y a la vez sin desigualdad ni miseria. En Europa y Estados Unidos, la demora de la clase política en diseñar esa nueva sociedad, abrió la puerta a la utopía regresiva de los ultraconservadores.

En todo caso, puede tener un éxito momentáneo, pero a la larga será doblegada por la fuerza irreductible de la historia, del mismo modo que una pared cortando el curso de un río sólo puede detenerlo hasta que el agua la desborda.

No obstante, aunque el éxito sea breve, el presente sin futuro de Trump puede reemplazar una antigua democracia por una inédita autocracia. La posibilidad de que eso no ocurra, está en que a la histórica pulseada que se está librando, la gane la institucionalidad que convirtió a Estados Unidos en la mayor sociedad abierta y la principal superpotencia.

Ese triunfo podría concretarse de dos maneras. O bien el sistema termina absorbiendo a Trump y exorcizando el extremismo de Bannon, o bien los expulsa del poder mediante un juicio político.
Trump está obligado a derribar rápidamente el sistema institucional porque, de tardar, la fraudulenta injerencia rusa que lo ayudó a conquistar el poder, se convertirá en el cadalso de su gobierno.

 

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