Mundo, Opinión / 16 de abril de 2017

El regreso del sheriff Trump

Trump tomó la decisión de castigar a Assad enviándole un enjambre de misiles por el ataque con armas químicas a una localidad ocupada por rebeldes. El análisis de James Neilson.

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Bashar Al Assad, el tirano sirio, por Pablo Temes.

A juzgar por las declaraciones escuetas que envía a través de Twitter y los esporádicos intercambios de opinión con periodistas, Donald Trump nunca ha sentido mucho interés por los asuntos internacionales. A su modo, es un maniqueo: supone que por un lado se encuentran los buenos, comenzando con los trabajadores norteamericanos, por el otro están “los malos hombres”, una categoría que incluye al extravagante tirano norcoreano Kim Jong-un, los carniceros del Estado Islámico que se ha propuesto exterminar “muy pronto” y también al dictador sirio Bashar al-Assad, aunque hasta hace poco daba a entender que lo consideraba el mal menor en comparación con los fanáticos. Sería de suponer, pues, que no le gusta para nada ser acusado de aliarse tácticamente con el Estado Islámico y grupos afines que están librando una guerra a muerte contra Assad.
Sea como fuere, a diferencia de Barack Obama que creía que el intervencionismo norteamericano sólo servía para agravar los problemas del resto del planeta, razón por la que inició su gestión pidiéndoles perdón por lo hecho por sus antecesores, Trump acaba de convencerse de que, como jefe de la superpotencia reinante, le corresponde defender ciertas “líneas rojas”, de ahí la decisión de castigar a Assad, enviándole un enjambre de misiles Tomahawk, por el ataque con armas químicas a una localidad ocupada por rebeldes. La reacción inmediata de Trump ante la difusión de imágenes de hombres, mujeres y niños pequeños que morían envenenados por un gas tóxico, dejó boquiabiertos a todos, por tratarse de la iniciativa de un aislacionista nato que no querría involucrarse en los conflictos entre musulmanes, pero los aliados, tanto europeos como árabes, de Estados Unidos se apuraron a manifestarle su satisfacción por lo ocurrido.

Tienen sus motivos. Si bien a muchos les molesta que, con la excepción notable de Obama, a partir de la Segunda Guerra Mundial los presidentes norteamericanos hayan dado por descontado que es su deber cumplir el papel de gendarme internacional, son cada vez más los conscientes de que la alternativa, que consistiría en permitir que buena parte del mundo quedara como una inmensa zona liberada dominada por aventureros sanguinarios, podría ser infinitamente peor. Si bien pocos ven en Trump la persona indicada para actuar como el “líder del mundo libre”, entienden que sería ridículo imaginar que podría hacerlo alguien como Angela Merkel.
Fue merced a la actitud apaciguadora de Obama que Vladimir Putin, el régimen teocrático iraní, el norcoreano Kim Jong-un, los genocidas del Estado Islámico y muchos otros sintieron que en adelante no tendrían que preocuparse por la eventual reacción de Washington. Las consecuencias de la pasividad norteamericana frente a los desafíos geopolíticos, ya que para Obama eran mucho más importantes fenómenos como el cambio climático, pudieron preverse. Si el presidente de Estados Unidos se limita a expresar su desaprobación de quienes procuran hacer tambalear el crónicamente precario orden internacional, la anarquía no tardará en propagarse por lo ancho y largo del planeta. Los europeos no están en condiciones de hacer nada sin la ayuda de sus primos transatlánticos y la ONU no es más que un teatro en que se celebran debates rencorosos que con frecuencia culminan con otra condena a Israel por los asentamientos en territorios disputados.

Así y todo, es una cosa reconocer que sería catastrófico que Putin continuara tratando de reconstruir el imperio de los zares a costa de Ucrania y, tal vez, de los países bálticos, que Kim y los ayatolás iraníes lograran pertrecharse de arsenales nucleares y los medios necesarios para alcanzar las capitales de sus muchos enemigos, que los yihadistas del Estado Islámico y otras bandas similares multiplicaran sus atentados asesinos y que se hiciera rutinario el empleo de armas químicas y biológicas, pero es otra cosa muy distinta coincidir en lo que debería hacerse para impedir que tales calamidades se concreten en los años, cuando no los meses, próximos.
Por desgracia, no hay soluciones evidentes. De haberse acordado hace diez años los gobiernos de Estados Unidos, los países europeos, China, Rusia y Japón que no les convendría en absoluto que la anarquía se apoderara del planeta y que por lo tanto sería preciso formar una gran alianza destinada a defender una versión del statu quo, las perspectivas actuales serían menos pesadillescas de lo que claramente son, pero en aquel entonces a pocos les pareció urgente intentar algo tan ambicioso.
Irónicamente, los rusos, iraníes y norcoreanos aparte, los más indignados por el activismo repentino de Trump resultaron ser simpatizantes que habían festejado su voluntad aparente de dejar que el resto del planeta se cocinara en su propia salsa. Temen que, como el actor que siempre ha sido, Trump ha abandonado el rol que cumplió con éxito el candidato electoral para adoptar aquel de un presidente republicano más o menos normal parecido a Ronald Reagan.
Puede que los trumpistas defraudados estén en lo cierto. Aunque sólo fuera por el impacto emotivo de lo que vio en un noticiero televisivo sobre el sufrimiento de las víctimas de un ataque químico, el magnate inmobiliario transformado en “el hombre más poderoso de la Tierra” llegó enseguida a la conclusión de que, por ser virtualmente la única persona que sería capaz de hacer algo más que hablar del asco que le motivó la matanza, tendría forzosamente que actuar.  En aquel momento puso fin al repliegue estratégico que fue iniciado por George W. Bush en la fase final de su gestión y que, para malestar de muchos demócratas, entre ellos Hillary Clinton, profundizó Obama. Aunque voceros del gobierno norteamericano insisten en que a lo sumo fue un rapapolvo, de alcance limitado, uno “quirúrgico”, para que Assad y sus patrones rusos aprendieran a respetar los tabúes supuestamente vigentes en el mundo actual, pronto podría sentirse obligado a defender otras “líneas rojas”.
Para los resueltos a hacer pensar que Trump es sólo un títere manipulado por Putin, un tema que durante semanas obsesionó a quienes lo toman por un intruso indigno, el zarpazo contra Assad, y por lo tanto contra el mandamás ruso, resultó desconcertante. Aunque siempre fue absurdo suponer que un narcisista como Trump se subordinaría anímicamente al líder de un país que es mucho más pobre y débil que Estados Unidos, quienes juraron estar resueltos a impedirle gobernar con la esperanza de voltearlo, un juicio político mediante, encontraron irresistible la noción de que una banda de hackers con su cuartel general en Moscú se las había arreglado para derrotar al aparato político demócrata, a los medios de prensa más prestigiosos que lo habían respaldado con entusiasmo desbordante, a un ejército de celebridades hollywoodenses y a los moderados republicanos. A su juicio, culpar a los rusos por el triunfo electoral de Trump haría menos penoso su propio fracaso.
De todas formas, aunque Putin afirma sentirse sumamente enojado por lo hecho por Trump, no extrañaría que aprovechara el episodio para alejarse de Assad, un aliado nada confiable que, por supuesto, antepone sus propias prioridades personales y las de sus correligionarios alauitas a aquellas de su protector ruso que está procurando brindar la impresión de ser líder de una gran potencia plenamente equiparable con Estados Unidos o, por lo menos, con China.
Además del expansionismo ruso y las guerras atroces que están desgarrando tantos países musulmanes, Trump tiene que prepararse para enfrentar una eventual ofensiva norcoreana. Aunque muchos norteamericanos, europeos y japoneses quisieran creer que lo único que tiene en mente el joven Kim es seguir amenazándolos con un holocausto nuclear para que le ofrezcan más concesiones, los hay que sospechan que preferiría desatar una conflagración catastrófica a parecer dispuesto a batirse en retirada, lo que en su caso sería literalmente suicida.

Para hacer aún más complicada la situación imperante en el Oriente extremo, ni los chinos ni los surcoreanos quieren que Corea del Norte se desintegre de golpe; una implosión, aun cuando no se viera acompañada por una guerra civil feroz, los obligaría a encargarse del destino de por lo menos veinte millones de refugiados famélicos. He aquí una razón por la que hasta ahora China ha sido reacia a asfixiar económicamente a un vecino cuya beligerancia histérica no la beneficia. Otra es el temor a que, una vez consolidada, una Corea reunida se erigiera en una potencia regional de fuste, una que, para más señas, ayudaría a fortalecer la supremacía norteamericana en su propio patio trasero. A los chinos les habrá alarmado el que, horas después de bombardear con misiles la base aérea siria desde la cual, según el Pentágono, salieron los aviones con las armas químicas que se usaron contra los habitantes de Khan Shaykhon, Trump haya ordenado una flotilla de buques de guerra acercarse a la costa de Corea del Norte. Según el secretario de Estado norteamericano, Rex Tillerson, ha llegado a su fin la etapa de “paciencia estratégica” hacía Kim, aunque, para no asustar ni a los chinos ni a los muchos norteamericanos que son reacios a asumir responsabilidades internacionales engorrosas, asegura que no se trata de buscar “un cambio de régimen”.

 

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