Ciencia / 25 de Abril de 2017

La peligrosa moda de los electroshocks cerebrales

Los estimuladores cerebrales funcionan aplicando corriente eléctrica en el cerebro. Una moda que se vende sin control de calidad ni aprobación en EE.UU y Europa.

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Todo comenzó hace alrededor de diez años, aunque muy pocos pudieron imaginar que iba a suceder lo que pasa hoy. Fue cuando algunos ingenieros e inventores por vocación empezaron a jugar con tecnologías eléctricas cuyo objetivo era potenciar las funciones cerebrales. O, mejor dicho, ciertas funciones cerebrales. La movida empezó en garages (tal y como algún día lo hicieron Steve Jobs y Stephen Wozniak cuando crearon Apple), y ahora incluye a ingenieros con experiencia que han invertidos cientos de miles de dólares para crear dispositivos vestibles (wearables, técnicamente hablando). Al mismo tiempo que todo esto sucede, se fortalece la idea (entre grupos de científicos y de desarrolladores industriales) de que aplicar corriente eléctrica sobre algunas áreas del cerebro ayudaría a tratar ciertas condiciones médicas y hasta a mejorar funciones como la memoria o el aprendizaje. Y todo, en la comodidad del propio hogar.

Esa pregunta, la central, ¿sirve esto de darse pequeños electroshocks a voluntad para tener una mente más poderosa? No tiene una respuesta final. Pero lo que sí conocemos son contraindicaciones y limitaciones.

Comienzos experimentales

El término científico para estas intervenciones sobre el cerebro es estimulación transcraneal de corriente continua, o tDCS. El cerebro se lleva de electricidad. Las células cerebrales acumulan cargas que impulsan señales químicas a través de las sinapsis, esos pequeños puntos de contacto que hay entre las neuronas.

Cuando una persona aprende algo, las sinapsis involucradas se vuelven más sensibles al proceso de encenderse o activarse más rápidamente, y la teoría es que la tDCS fortalece tal proceso. Las ínfimas corrientes eléctricas que usan los aparatos de estimulación transcraneal (generalmente de uno o dos miliamperes) no pueden desencadenar los impulsos químicos que originan una sinapsis, pero aún así algunos investigadores creen que los tDCS fortalecen las conexiones sinápticas a punto tal de hacer más eficiente el aprendizaje.

Es cierto que hay algunos estudios de laboratorio hechos sobre muy pocos voluntarios que sugieren hay un leve aumento en el estado de vigilancia y una reducción en los tiempos de reacción. “Las personas logran tener un mayor impacto de la inversión mental que han hecho en una tarea si combinan el entrenamiento convencional para concentrarse, con el uso de tDCS”, asegura Maron Bikson, docente de bioingeniería médica en el City College de Nueva York (Estados Unidos).

El movimiento pro estimulación vía electroshock casero comenzó con un paper o documento científico publicado en el año 2000 por los neurofisiólogos alemanes Michael Nitsche y Walter Paulus. El estudio solo involucró a una veintena de personas sanas y lo que sugiere es que las neuronas de esas personas podían reaccionar con mayor o menor excitabilidad según recibieran débiles corrientes eléctricas a través del córtex motor cerebral. Antes de eso, los efectos de los tDCS solo se habían probado en animales.

Otra investigación realizada en el año 2003 mostró que una estimulación de este estilo podía mejorar una habilidad cognitiva que los psicólogos denominan secuencia de aprendizaje, que no es ni más ni menos que el proceso de adiestramiento del cerebro de acuerdo con una secuencia precisa de pasos que se requieren para interactuar con el mundo a través de la escucha o la ejecución de algún movimiento.

De estos hallazgos es que diversos laboratorios de la Harvard Medical School y de los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de los Estados Unidos tomaron algunos puntos para llevar a cabo ciertos estudios que sugirieron la posibilidad de que la tDCS fuera (tal vez) efectiva en casos de rehabilitación luego de un accidente cerebrovascular (ACV) y para aliviar el dolor crónico.

Otros usos

Para el 2006, los dispositivos implantables en el cerebro ya se usaban para tratar a ciertos enfermos de Parkinson. Un ingeniero biomédico que trabaja en NeuroPace, una firma cuya sede está en el Silicon Valley (Estados Unidos) comenzó a pensar por qué no usar neurotechnología en personas sanas. Sugirió “trabajar en un producto de consumo legítimo que la gente pueda sacar de la caja y usar”. Polémico es un adjetivo suave, si pensamos en la historia y en la imagen que el electroshock ha tenido y aún tiene en la historia de la salud mental.

Un grupo de experimentos de electrofisiología publicados todos juntos en el 2009, mostraron que un campo eléctrico suave es capaz de sincronizar la actividad en una red neuronal. Tales ideas inspiraron a Wingeier y a otros investigadores que trabajan para focalizar el tDCS en áreas específicas del cerebro.

Desde que el estudio de Nitsche y Paulus fuera publicado, alrededor de otros tres mil papers sobre tDCS vieron la luz, un tercio de ellos en los últimos dos años.

Delivery informal

El problema empieza (como en la vida misma) cuando a un puñado de buenos resultados se le agregan dosis copiosas de mercantilismo. Así es como, de pronto, la estimulación transcraneal que en los experimentos es realizada por especialistas y bajo condiciones y cuidados muy específicos, es vendida bajo la consigna marketinera newage que grita “hazte inteligente y saca al genio de tu interior por tí mismo, ahora”.

En 2013 apareció en el mercado el primer tDCS de uso personal: un auricular para jugadores. Desde entonces, más de una docena de empresas han comenzado a vender productos tDCS. Algunos ofrecen kits de 40 dólares que contienen cables, electrodos y vendas para armar en casa.

Hasta hay un foro en internet que recibe la visita de entre cinco mil y diez mil usuarios mensuales para discutir sobre artículos científicos y publican y piden videos que muestran cómo colocar electrodos en la cabeza y durante cuánto tiempo para lograr resultados. Así, como quien pide la receta de las cool hamburguesas de lentejas con arroz yamaní que podemos comer en un restó palermitano.

La mayoría de los dispositivos tDCS de los consumidores no se comercializan con fines clínicos, sino para el ocio y la mejora cognitiva. Ninguno de los kits de consumo ha sido sometido oficialmente a los procedimientos de prueba que un medicamento o dispositivo médico deben ser sometidos. Los usos previstos pueden ser ambiguos: las empresas que los comercializan afirman que su dispositivo tDCS “aumenta la concentración” o “incrementa la función cerebral”. Es decir,  no dicen nada que pueda comprometerlas; el márketing promete, y las etiquetas se cuidan de potenciales acciones legales.

No hay nada que pruebe que ponerse una de las vinchas con electrodos que se comercializan, y activarlas en la soledad del hogar, transforme a una persona en otra más inteligente, veloz, capaz de concentrarse mejor. Lo dicen los científicos más serios. Una cosa es colocar un implante cerebral que ayude a controlar los movimientos desbordados de la enfermedad de Parkinson, y otra, creer que esos electrodos pueden darle salida a una personalidad escondida. Aún cuando una encuesta realizada de manera online indique que el 87% de quienes la respondieron hayan dicho que usarían dispositivos caseros de estimulación transcraneal antes de ir a la universidad o a una presentación en el trabajo.

Como quien toma un vaso de agua para hidratarse luego de hacer running. Con la diferencia de que hidratarse es imprescindible, darse dosis de electroshock, no.

 

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