Cultura / 7 de Mayo de 2017

Abelardo Castillo, formador de escritores

El autor, que murió esta semana, dirigió un taller toda su vida donde se estudiaron muchos de los grandes de la literatura argentina. Aquí el testimonio de uno de sus discípulos más jóvenes.

Por

Castillo por Ale López.

Los buenos escritores construyen mundos, lugares, que funcionan con leyes que obedecen a la manera en que el autor ve la realidad. Entrar en la obra de Abelardo Castillo, en sus cuentos o novelas, es entrar en un lugar donde los personajes viven de manera intensa, se enamoran de una forma literaria, trascendente, y viven iluminados por epifanías que tienen su origen en el lenguaje y sólo después se trasladan a la realidad. Y es que Abelardo era un hombre esencialmente verbal. Su sentido del humor era muy verbal y también lo eran sus reflexiones, que muchas veces eran partes de una misma pieza. Por ejemplo, me acuerdo que una vez dijo: “Kafka quería escribir como Dostoievski. Por supuesto, no le salió, pero le salió ser Kafka, que no es poca cosa. Hay que ver a cuántos que intentan escribir como Dostoievski les sale ser Kafka”. Detrás del chiste había, también, una lección. O dos: uno no escribe como quiere, sino como puede, y que muchas veces una obra falla en lo que propone, pero en esa falla puede estar su verdadero valor.
Fui a su taller estos últimos dos o tres años. Muchos lo conocían mejor que yo, y de mucho más tiempo, así que no hablo de cómo era él sino de cómo marcó a un chico (entre muchos otros, sin duda) de veintipocos años como yo. Cuando entré, el primer día, me pidió que les contara a todos por qué quería estar en el taller. Torpemente, dije que una de las razones era que no tenía mucha personas con las que hablar de literatura, “salvo una, que es mi novia, pero bueno, es una”. Me contestó, riéndose: “Y claro, si tuvieras cinco novias para qué querrías escribir, ¿no?”. Ese es el tipo de cosas que me marcaron, comentarios sutiles que tenían detrás una ética, una manera de entender la literatura.
Otro aspecto llamativo de Abelardo era su forma de leer. Decía, por ejemplo, que en Los hermanos Karamazov, de Dostoievski, todo indica que el asesino tendría que haber sido Aliosha, el hijo más bueno y religioso. O que el principio del cuento “El aleph”, de Borges, parece escrito por Carlos Argentino Daneri. Eran –son- observaciones que hacen que uno no pueda volver a leer esas obras de la misma manera. Lo recuerdo, o casi diría que lo veo, diciendo esas cosas desde la punta de la mesa en donde daba el taller, o estirado en el sillón, con un pie enredado en el otro. Porque otro de los lugares de Castillo era su casa. Uno podía llegar con los problemas del día o con poco entusiasmo, pero salía con ganas de escribir, sentía que nada importaba salvo la literatura. Ese hombre que fijaba la vista en un punto más allá de su interlocutor no solo conversaba sobre literatura, sino que la construía a medida que hablaba. Y a un chico entusiasta como yo, eso no puede causarle otra cosa que fascinación. La alegría que me daba el taller tenía que ver también, de nuevo, con el sentido del humor. Se reía de todo, hacía muchos chistes. Parecía que estaba fuera de la realidad, todo lo al costado que se necesita estar para no tomarse las cosas demasiado en serio. Nada era tan importante como para no merecer un chiste y, a su vez, nada era tan poco importante como para no relacionarlo con Poe, Tolstoi, Malcolm Lowry o cualquier otro gran escritor. Son las dos lecciones más importantes que me dejó.

 

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