Libros / 13 de Mayo de 2017

El peregrino, vida y matanza de los halcones

De J. A. Baker. Sigilo, 220 páginas $ 340.

Por

★★★★ “Llegué tarde al amor por las aves”, dice el autor en las primeras páginas. Luego ese amor lo absorbió, en especial el que lo relacionó con el halcón peregrino. Por las dudas, menciona el carácter “depredador” de las aves en general: “Todas comen carne viviente en algún momento de la vida. Piensen en el zorzal de ojos fríos, ese carnívoro saltarín de los jardines, apuñalador de gusanos, verdugo exultante de caracoles. No deberíamos ponernos tan sentimentales con su canto como para olvidar la muerte que lo sustenta”.

Ese juego entre belleza y muerte es la bisagra sobre la que se mueve en el mundo de los halcones peregrinos este libro impar. “Seguí al peregrino durante diez años. Me había poseído. Para mí era el grial”, afirma. “Ahora ya está. La larga persecución se acabó”.

El carácter de obsesión aparece sobre todo en “La vida de caza”, que abarca todo el libro a partir de la página 41. Rasgos anteriores de estilo y observación fuera de lo común allí alcanzan su máximo desarrollo. Un lirismo filoso como un tajo para hablar de la naturaleza, una mirada fija y despejada, una precisión quirúrgica, en particular, para describir una y otra vez el estado casi ritual en que quedan las víctimas del peregrino, con detallada exposición de partes del cuerpo sobrantes y faltantes.

A su vez el libro, que apareció en 1967 por primera vez, registra una abundancia de vida natural en Inglaterra luego cada vez más sitiada por la explosión de la sociedad industrial y consumista. En las muchas páginas destinadas a recoger los recorridos por los paisajes de bosques, charcos y pantanos aparecen miles de pájaros moviéndose sobre el fondo. Y se registra con claridad el momento en que, como podía suponerse, los peregrinos, tan nítidos y asertivos, van perdiendo territorio.

Las virtudes repetidas del estilo siguen apareciendo hasta el final, provocando un contagio de la mirada obsesiva dedicada a las víctimas de los halcones, más adelante descriptas en cantidad más que en detalle. Los casos individuales tienen algo de relato de terror: “El halcón había comido la carne de la cabeza y casi toda la del cuerpo pero dejado la piel blanca, porosa por el cuidadoso desplume”. También figuran los momentos de sorpresa. La fuerza de ese estilo hace que páginas enteras queden grabadas como un poema, un recuerdo o una canción.

 

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