Teatro / 19 de Mayo de 2017

“Los puentes de Madison”: La consagración de Araceli González

Basada en la novela de Robert James Waller. Con Araceli González, Facundo Arana y elenco. Dirección: L. Romero. La Plaza, Av. Corrientes 1660.

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★★ El principal inconveniente de esta propuesta reside en su raíz: un texto de frases bellas pero tono demasiado descriptivo, plagado de explicaciones y, por momentos, discursivo, cercano a lo retórico.
“Los puentes de Madison”, la exitosa novela de Robert James Waller, apenas tres años después de su publicación en 1992, tuvo una magnífica adaptación cinematográfica dirigida por Clint Eastwood, quien la protagonizó junto a Meryl Streep. Incluso, un par de temporadas atrás, Broadway la convirtió en musical.

En 1965, Francesa (Araceli González), la melancólica ama de casa italiana radicada en Iowa con su esposo, un granjero y veterano de guerra norteamericano, conoce a Robert Kincaid (Facundo Arana) el taciturno fotógrafo itinerante, asignado por la revista National Geographic para tomar imágenes de puentes cubiertos del condado de Madison. La trama aborda el encuentro amoroso de estas dos personas maduras y sensibles, pero narrada desde el presente, donde los hijos de la primera, reunidos para cumplir la voluntad de su difunta madre, a través de un diario personal y cartas, relatarán los pocos días de aquella pasión, hasta entonces desconocida para ellos, que no tuvo nada de efímera y mucho de visceral y profunda.
Sin embargo, además de lo narrativo, otros factores se suman para arrojar un resultado fallido en su versión porteña. Por empezar, el aparatoso diseño escenográfico resulta decididamente complicado, con un sinnúmero de peldaños y ninguna referencia a la iconografía del paisaje rural. Luego, el desparejo desempeño del elenco secundario, que, junto a los protagonistas, parece librado a su propia suerte porque la dirección no consigue amalgamar los diversos registros actorales.

Arana luce tenso, instalado en una sola cuerda expresiva y el vendaval existencial que dice atravesar, no se percibe. En cambio, González, al apropiarse y entender su personaje, concreta una labor consagratoria en un retrato potente, colmado de matices y sincera emoción. Su rotunda belleza física y espléndida madurez interpretativa, aunadas, hacen desear que, a futuro, pueda recorrer las tablas también en la piel de los grandes roles femeninos de la dramaturgia clásica universal.

 

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