Costumbres / 25 de mayo de 2017

Minimalismo: la tendencia de vivir sin consumir de más

Para sus adeptos, reducir las compras ayuda al planeta y al alma. ¿Filosofía o moda?

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Pasaron tres semanas luego de finalizado el año sin consumo hasta que hice mi primera compra. Y aunque era un objeto necesario, me arrepentí”. Así se sincera y consolida el hábito Evangelina Himitian, coautora junto con Soledad Vallejos del libro “Deseo Consumido” (Sudamericana), donde ambas retratan sus experiencias en un año sin comprar nada que no fuera enteramente necesario. El suyo fue un experimento en pos de ponerle freno a la compra y al impulso constante de tener cosas nuevas, y también una investigación sobre el consumo en el mundo y en la Argentina. Porque no están solas en esa atracción incesante hacia nuevos objetos que cada vez van llenando más nuestras casas y espacios. Por fortuna, tampoco son las únicas preocupadas por este hiperconsumo. Alrededor del mundo, cada vez más personas comienzan a plantearse la necesidad de una vida minimalista, con menor cantidad de elementos y mucho menos influenciada por la publicidad y el marketing. Más llena, en cambio, de felicidad y sentido.

Costos ocultos

En la década del ’90, la globalización económica inundó el mundo de productos “made in China”, cambiando el sistema de producción, distribución y comercialización, y haciendo que industrias gigantes, como la de la moda, crecieran a pasos agigantados. Así nació también un nuevo tipo de consumidor, que cuanto menos valora aquello que le costó unos pocos dólares, más rápido lo descarta. Y a la vez, más pronto requiere un nuevo elemento que le produzca una sensación de (efímera) felicidad. El resultado es que compramos muchas más cosas que hace 30 años, pero tenemos una enorme insatisfacción porque esos objetos no nos aportan la vida que el marketing y la publicidad prometen. “Según una encuesta que encargamos para ‘Deseo Consumido’, 7 de cada 10 argentinos se compra algo nuevo por mes. 6 de cada 10 lo hace cada 15 días, y 4 de cada 10, todas las semanas”, ilustra Himitian. A este ritmo no sorprende que entre 2002 y 2008, la cantidad de prendas que un argentino promedio se compra por año pasó de 4 a más de 18. Siete kilos de ropa por persona.

Pero el mundo no tiene recursos ilimitados, y a este nivel de producción, estamos cerca de alcanzar ese límite. “Para hacer una remera se usan más de 3000 litros de agua, viaja miles de kilómetros para llegar a su destino final, y quizás nosotros nos ufanamos de decir que nos costó US$ 2 y la dejamos olvidada en el placard”, describe Himitian. Desde el trabajo de la persona que la hizo en las condiciones más deplorables hasta la enorme huella de carbono y uso de recursos, hay un costo oculto muy grande en todos los productos que consumimos.

Vivir con menos

La conciencia de esta gravedad, sumado al hastío del consumo, son las dos grandes variables que han puesto en escena al minimalismo. “Cuando hicimos el libro nos encontramos con muchas experiencias similares en otros países más desarrollados, en los que la celebración del consumo llegó a saturar”, apuntan las autoras de “Deseo Consumido”.

Uno de estos proyectos se presenta en el documental “Minimalism”, que por estos días es muy recomendado en Netflix y trata sobre el camino de “The Minimalists”, dos amigos que, en lo que el común de la gente consideraría la cresta de la ola (un muy buen trabajo, una vida llena de objetos “deseables”), se descubrieron infelices y empezaron a despojarse de cosas. Y bajo el subtítulo “un documental acerca de las cosas importantes”, presentan su gira contando su experiencia de vivir con menos, pero a la vez dan lugar a la difusión de otros en la misma búsqueda, como el Project 333 de Courtney Carver, que buscó vestirse con solo 33 prendas durante tres meses, o la consultora de arquitectura LifeEdited, que promueve vivir en ambientes más chicos pero mejor aprovechados. Fue el documental independiente más visto de Estados Unidos en 2016.

De la mano de este replanteo del consumo también llegaron las terapias del orden, con la japonesa Marie Kondo a la cabeza, pero también con grandes exponentes occidentales. Entre los locales resalta Mela Melhem, cuya cuenta de Instagram @organizarteomm ya tiene más de 38.000 seguidores. Para ella, el ascetismo oriental que propone Kondo no es del todo aplicable, pero sí hay una gran necesidad de orden y depuración en nuestra sociedad que debe ser respondida. “Los objetos deberían ser funcionales a nosotros, y no ser nosotros los que debamos ocuparnos de ellos”, apunta Mela Melhem. Y como sostienen The Minimalists, mejor amar a las personas y usar a los objetos. Al revés nunca funciona.

 

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