Danza / 26 de Mayo de 2017

‘Hamlet ruso’: De Rusia a Montevideo

Música: Ludwig van Beethoven y Gustav Mahler. Coreografía: Boris Eifman. Intérpretes: Ciro Tamayo, María Riccetto, Gustavo Carvalho y elenco. Ballet Nacional del SODRE / Uruguay. Director: Julio Bocca. Teatro Ópera.

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★★★★ En su tercera visita a nuestro país, el Ballet del SODRE ofreció una obra completa que conjuga espectacularidad técnica y fuerza dramática: se trata del “Hamlet ruso”, que el siberiano Boris Eifman estrenó en 1999. Autor de profundas revisiones de clásicos como “Giselle” o “Don Quijote”, Eifman apela a un lenguaje inscripto en el neoclasicismo fundido con elementos teatrales de gran impacto. Bajo su óptica, el manejo de los conjuntos funciona como mecanismo de relojería, creando imágenes de gran potencia y belleza; mientras que los personajes individuales tienen una elaboración dramática sumamente compleja, que requiere de intérpretes sólidamente formados en actuación y técnica.

La historia del príncipe Pablo, quien luego sería el zar Pablo I, sus luchas de poder con su madre Catalina la Grande, sospechada de asesinar a su marido el zar Pedro, presenta puntos de contacto con la de Hamlet, que fueron inteligentemente puestos de manifiesto por Eifman. Hay escenas muy logradas, como la de Pablo descubriendo la infidelidad de su esposa entre trasluces y humo; la utilización de la larga capa de Catalina para dominar a su hijo, envolverlo, dominarlo y expulsarlo; las pirámides humanas, símbolo del poder de la emperatriz, pero también del fantasma del zar, que atiza la venganza. Todo, con el apoyo de un fastuoso vestuario y una escenografía en perspectiva que no precisa cambios gracias a la colaboración de una inteligente iluminación.

Luego de su “renacimiento” en 2010, con dirección de Julio Bocca, hoy podemos hablar del nivel internacional del Ballet del SODRE, de la perfecta disciplina de sus filas y de la calidad artística de sus solistas. Como Pablo, descolló Ciro Tamayo, bailarín español cuya espléndida técnica está en perfecta conjunción con sus condiciones para componer un protagónico que no da respiro. María Riccetto, segura y perfecta en su danza, fue una Catalina convincente en los momentos más torturados del personaje. Gustavo Carvalho, bailarín de impecables recursos, encarnó al favorito.

El único impedimento para calificar como excelente este espectáculo fue el aspecto musical. Por la arbitraria utilización y poda de movimientos de sinfonías de Beethoven y Mahler, y por la normalización del sonido de las grabaciones utilizadas, que despojaron a las obras de sus matices y contrastes, y se vieron estentóreas.

 

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