Libros / 28 de Mayo de 2017

Memorias tergirversadas, de Jorge Asís

Sudamericana, 293 páginas. $ 299.

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★★★★ En la página 233 Asís resume en dos líneas una trayectoria que él está convencido de haber tenido: “El narrador se asfixió con la literatura./ Quedó aferrado a la vida por la política”. Según él mismo, el libro que lo sobrevivirá será “Diario de la Argentina” (1984). Otros opinan que sería “Cuaderno del acostado” (1988), pausa larga semirreflexiva, porque de hecho ha demostrado ser un autor que nunca detiene su marcha. Durante un período la mezcló con la política, la dirección oficial de cultura o la diplomacia. Pero nunca abandonó el vicio de las palabras, en la televisión, o en los libros sucesivos.

Aquí el libro atrapa al comienzo como unas verdaderas memorias, aunque sean “tergiversadas”, es decir, un poco truchas. Pero el texto está generosamente mechado de chismes, chistes, y momento de franqueza, por ejemplo, acerca de una pierna doliente que lo tiene a mal traer y le impide una y otra vez llegar a una librería parisién.
Aparte de París, Madrid es una ciudad clave, aunque se la trate con cierto desdén o fastidio. Más puramente irradiante de buenos momentos es Lisboa. Toda la primera mitad se mueve con agilidad en esos tiempos y lugares cambiantes. Algún capítulo corto es desopilante, como “Escraches”, escrito con velocidad y goce. Una y otra vez aparece el fantasma del relato verbal en rueda de oyentes, pendientes, pero la organización está entre la literatura, el periodismo y el mejor humor.

En las últimas cien páginas, el libro cambia, y se entrega a cuatro relatos largos, armados como tales. El menos interesante es el primero, “Retrospectiva de Marcos Gottardi Usandivaras”, sencillamente porque el susodicho es poco interesante, y genera más repetición y aburrimiento que interés. “Por el ahijado” levanta la temperatura, en un tema clásico: la iniciación de un adolescente, rodeado de adultos cancheros y cargados de datos.

Pero los dos aciertos principales son “Aparición de Jardán, el amarillo”, resurrección mitológica muy bien pintada de un personaje clásico y sombrío a la vez del empresariado y la política argentina, plenamente reconocible para cualquiera con un poco de memoria. Y sobre todo “Pendeja para quilombo”, anécdota de muchacha enganchada con un hombre anciano de peso, contado con la verba y el estilo que hicieron la felicidad y el goce de escuchar o leer un relato en autores como Bocaccio, Chaucer o, directamente, las “Mil y Una Noches” con la salsa inconfundible de Asís.

 

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